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Ensayo

Mariana Enríquez: Alguien camina sobre tu tumba

domingo 13 de junio de 2021, 18:26h
Mariana Enríquez: Alguien camina sobre tu tumba

Anagrama. Barcelona, 2021. 400 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 11,99 €.

Por Francisco Estévez

Algunas lecturas superficiales no han considerado que el presente libro es una edición ampliada del aparecido en 2005, y consta ahora de un total de veinticinco textos si contamos además el epílogo (con innecesario subtítulo: “Los cementerios que quiero ver antes de morir”). A la zaga del éxito en nuestro país que implicó la ficción de Enríquez, ya antes pero en especial desde los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego (2016) y el afianzamiento novelesco de Nuestra parte de noche (2019), que le hizo ganadora del Premio de la Crítica, se reeditan estos viajes a cementerios donde algunos desean ver elementos deudores de obra posterior. Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios es anterior a las ficciones referidas y lo que se aprecie aquí debe considerarse como precursor y nunca como deudor de su posterior producción.

La construcción de estos capítulos necrófilos emula las notas íntimas de viaje a caballo entre el diario emocional, la guía turística de cementerios, con sus leyendas y anécdotas mortuorias, incluidas algunas páginas fallidas de voluntad sociológica, y la crónica periodística repleta de manida cultura pop, retoques mitómanos y convenidos clichés políticamente correctos. Siendo todo lo anterior al mismo tiempo no resulta nada de ello y queda el conjunto ciertamente algo emborronado, confuso y ebrio de la propia mirada narradora. Sea como fuere, Enríquez plantea directamente cómo superar los referentes narrativos aludidos y de los que pretende distanciarse “antes de que tours taponaran la avenida donde está sepultada Eva Duarte y se dedicaran libros sobre las curiosidades del cementerio”.

Para ello, en especial la mirada narradora, pero también la atmósfera recreada y circunstancias del viaje al cementerio de turno, a la postre, adquieren igual o mayor relieve que el propio cementerio y sus historias en sí, siendo este posible hilo rojo de identificación entre autora y narradora el vehículo distintivo de estas prosas. Así las cosas Eros y Thanatos aparecen ligados de forma tópica, la necrofilia siempre es erótica, en la primera historia, donde al calor de un enamoramiento físico (de Enzo) surge otro más duradero “me enamoré de los cementerios”, de tal forma que visitará buena parte de cementerios con distintas parejas, aunque también llega a otros cementerios gracias a algunas amistades que le proporcionarán, según los casos, alojamiento e información, así R. en Praga, M. en Barcelona o la pareja homosexual cubana en la visita a la Necrópolis de Colón en La Habana, cuya narración de pretensión jocosa e irreverente es en 2021 un conjunto ya tópico y desmayado.

Tiene la narradora una explícita idea de belleza explicada con sinestesia: “Turbia y pálida y elástica, oscura y azul, un poco moribunda, pero alegre, más atardecer que noche” muy legítima en lo personal que enlaza con su renuncia al orden y ligamen con el prometedor caos (opción hoy que ocupa el centro del canon por representar lo más común) en el recuerdo de sus visitas a cementerios: “Podría reconstruirlo: es fácil conseguir algunas guías de Staglieno. Sin embargo, quiero conservar este caos en mi memoria”.

Quizás desde esa lógica, personal, emocional, son comprensibles ciertas declaraciones que de otro modo pudieran menguar en tópicos: “Este viaje es mi fin de juventud […] visitar el cementerio [del Highgate en Londres] sacarme una foto en la tumba de Marx”, así como ciertas referencias enclavadas sin posibilidad de redención en el tópico: “Lo acompañé con zapatillas All Star, también negras”, observaciones que ayer (2005) pudieran ser una nota desvaída de colorido pop, hoy representan la tendencia mayoritaria devorado por las marcas y mañana, quién sabe, nomás una nota manida de época. Por otra parte, las referencias literarias no se despegan de lo consabido para el tema. Distinta cosa sería si recordara, por ejemplo, la extraordinaria charla de difuntos Cré na Cill, de Máirtín Ó Cadhain (1949), obra maestra irlandesa, guiada por la voz de la viuda Caitríona desde el pequeño cementerio de Connemara que enraíza una maraña de historias donde vida y muerte son todo una.

Más preocupante resultan simplezas como plantear que toda la diferencia de clase existente hoy día es tener un Iphone o tener un Motorola. Peor si cabe inferir la visión de la colonización española como genocida, el rasgo de implacable voluntad exterminadora es claramente sajón y le conviene a Enríquez revisar sus prejuicios, o al menos, ya que visita la tumba de José Carlos Mariátegui leer sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), siquiera para tener idea más cabal de una realidad poliédrica.

Con todo, estas páginas de profunda ligereza, valga el oxímoron en su polisemia, tienen algún fogonazo de lucidez como el de anotar el jet lag como un extraño cruce entre la pereza y la indecisión, que al final se desboca en pura indolencia: “Sigo sin hacer nada durante el día”, o describir con acierto a los australianos como gente que huele a verano todo el tiempo (debido al abuso paranoico de cremas solares). En suma, catamos poco de literario y meditado y mucho de voluble en estos apuntes cuyas posibles bondades aparecen en agraz. Asumido lo cual, si las ficciones de Mariana Enríquez resultan inquietantes, con su punto álgido en Nuestra parte de noche, estas “recreaciones” de sus viajes a cementerios resultan, por plúmbeas, prescindibles en lo literario y de escaso interés como crónica en sus ligerezas.

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