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TRIBUNA

Cuando caiga el telón y estalle la tormenta

miércoles 23 de junio de 2021, 21:09h

Corren por el mundo aires de tormenta. En España los truenos los fabrica un ventrílocuo insolvente, como ronquidos o pedorretas. En un conocido artículo de 1917 Ortega indicaba que todo lo malo que acontece en el mundo, alcanzaba en España una intensidad extrema. Aludía entonces al hundimiento de la cortesía. ¡Qué diría hoy! cuando la cortesía se juzga mala en sí misma, signo de dominación, huella entre tantas de un patriarcalismo atroz.

Hoy lo malo que acontece en el mundo no encuentra en España mayor eficacia, sino una versión deformada y esperpéntica, un absurdo sin gracia. Pero no podríamos ya señalar ni lo malo, ni lo bueno porque se nos dice que no tenemos derecho alguno a definir “lo que está mal en el mundo”. No hay bueno, ni malo, sino estimaciones subjetivas sin otro fundamento que la voluntad de cada cual, al parecer prístina, originaria, indeterminada. En este sálvese quien pueda, en que se resuelve la única exigencia de que cada uno haga lo que le venga en gana, España se encuentra a la vanguardia. Tenemos abierta una vía de agua en el fondo mismo de la civilización.

El agónico estado social se manifiesta dolorosamente en la lengua. Gris y estereotipada, rígida como una arquitectura de lugares comunes. Desde antiguo se ha juzgado ese estado social antesala de un nuevo ciclo en el curso de los regímenes políticos. De la oclocracia a la monarquía y vuelta a empezar. Pero los cambios de régimen y, especialmente los cambios extremos, que anuncian un comienzo de ciclo a nueva escala, no se producen sin sufrimiento.

No me atrevo a poner ejemplos de nuestro esperpento, porque tengo la certeza de que mañana serán superados. Deformación de la realidad, confusión de historia y ficción que tiene por resultado no ya una tragedia, porque la tragedia no podría ser ridícula, ni una comedia porque el sufrimiento y el dolor no permiten la risa franca: es el esperpento que tolera una risa sardónica: una convulsión sin humor, ni alegría. España es un parque temático en ruinas, atractor de turistas a un escenario impostado – vaciado de toda substancia histórica – en el tiempo del turismo restringido y el rostro enmascarado.

De España queda un rescoldo en el corazón de algunos lectores, como de la antigua Atenas o de Roma, un eco remoto que apenas escuchan los que saben apreciarlo en textos que apenas se editan si no es para la simple ostentación o a modo de reliquia, pero que conservan algunos como el cálido resto de una llama extinguida.

Y lo que hoy llamamos España es el teatro de una pantomima, que se observa con desprecio fuera de nuestras fronteras. “¡Americanos, vienen a España gordos y sanos! ¡Viva el tronío y viva un pueblo con poderío!”, le canta D. Pedro a Joe Biden.

Aquí pueden presentarse a elecciones partidos que programan la secesión y que, con alguna coherencia, tratan de realizar ese programa una vez que disponen de los medios. El Estado se defiende entonces, con gestos exagerados de actor de la vieja escuela, pero para no irritar a nadie rebaja la secesión a sedición. A continuación, el gigante de cartón piedra que es nuestro Estado teatral se dirige al auditorio para bramar que la sedición es una categoría decimonónica (todo lo antiguo en España es “decimonónico”) y que indultará a los sediciosos. Como si el indulto fuera menos “decimonónico”. El gesto se reclama magnánimo, pero cuando el gigante se agacha se le ven unos calzones sucios que desatan la risa del espectador. Entonces se endereza y mira con gesto furioso al público que no puede dejar de reír ante su boca desdentada y su rala cabellera.

¿Acaso los que se ríen ignoran que el drama está a punto de saltar de las tablas al patio de butacas? ¿Ignoran que se les helará la risa cuando al ventrílocuo insolvente, a cargo de esos truenos como flatulencias, lo haya arrastrado el huracán de la historia? Porque por el mundo corren aires de tormenta que, si no oímos, es porque estamos entretenidos en nuestro espectáculo sin gloria, entregados al entertainment gubernamental. El coro de líderes y lideresas que nos asombran cada semana con sus momos y jeringotes, con sus payasadas de ilusionista, que suben la luz, pero se preocupan por el género del que plancha, que nos dictan el recuerdo correcto del 36 de hace un siglo y nos organizan la agenda del próximo 30, que indultan sediciosos con ínfulas europeístas, que han elevado a los altares su democracia morbosa, que no dejan de buscar aquí y allá razones de su sinrazón porque – como saben bien – el espectáculo debe continuar. Hasta que estalle la tormenta.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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