www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Aristocracia y feminismo

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 25 de junio de 2021, 20:24h

A Cristina Seguí

Desde 1789 hasta 1793 la Revolución Francesa otorgó una serie de derechos civiles a la mujer, como la ley del divorcio, aprobada en septiembre de 1792, y que fue la fuente de todos los derechos de la mujer posteriores – pues que como contratante del contrato matrimonial la ley la situaba con la misma capacidad civil que el hombre – y el desarrollo de los cuales cortó en seco el golpe de Estado de la extrema izquierda, los jacobinos, en el sanguinario año de 1793. Un jacobino sanguinario y homosexual como Chaumette combatirá con todo su poder contra los derechos de la mujer, al entenderlos como “un resto galante de la odiada aristocracia”. Sólo el ala derecha de la Revolución, la Gironda, con miembros como Nicolás Condorcet, Pierre Guyomar y Gilbert Romme, miembros cuyas manos jamás se mancharon de sangre, lucharon por la emancipación femenina, proponiendo sin éxito la participación efectiva de la mujer en la República, tanto mediante el voto como en calidad de candidata. Quizás el jacobino más antifeminista fue Andrè Amar, todo un dechado de criminal de Estado, gracias al cual la guillotina cercenó miles de cabezas, pero con una enorme baraka, que le permitió morir de enfermedad en la cama tras la caída de Napoleón.

A menudo son los enemigos los que mejor descubren la naturaleza de nuestra alma, aunque el descubrimiento se haya hecho para agraviarnos. Es así que el sentido aristocrático que tuvo el primer feminismo según el rubio jacobino Chaumette, alto y de grandes ojos azules, el jacobino más hermoso que tuvo la Revolución, según la historiadora Elisabeth Badinter, nos revela que el feminismo de la Revolución Francesa estaba conectado con humanismo liberal y con los grandes modales galantes y corteses que habían comenzado a respirarse en la corte de Luis XIV, en los aledaños de la cual se escribió la mejor prosa en francés, la de las cartas de Madame de Sevigné ( las mejores escritoras de Francia fueron contemporáneas del Rey Sol ), y que poco a poco tales modales se extendieron entre todo el pueblo francés. La mujer en la Francia de los últimos borbones ocupó el mismo lugar que la mujer en la Creta minoica.

Contra el sensato y humanista feminismo girondino que iba peligrosamente creciendo en la Convención, los jacobinos organizaron, gracias a Claire Lacombe y Paulina Leon, la Sociedad Republicana Revolucionaria, que tenía por objeto matar a palos a toda girondina que viesen sin la cocarda tricolor, y que llegaron a azotar desnuda ante la Convención a la gran feminista Théroigne de Mericourt, bajo la única acusación de que era girondina. Estas criminales despiadadas organizaron el culto a Marat con el que aterrorizaron a todo París el 13 de julio, con celebraciones horripilantes y macabras. Aquella pestilencia de mal llamado feminismo sólo armonizaba con la horda de hombres asesinos. Las flagelaciones públicas a mujeres girondinas colmó el vaso de la paciencia de la propia Convención jacobina. Chabot y Basire hablaron desde la Tribuna con desprecio de las mujeres “impúdicas” de aquella Sociedad Republicana Revolucionaria que habían cruzado todos los límites de la mínima decencia y que estaban poniendo en palmario peligro a la propia Revolución. Basire incluso aludió a su desvergonzada lujuria. Y el propio Robespierre escribió: "Ellas son las encargadas de enseñar al universo que el pudor es un prejuicio, que la distinción entre los talentos y ocupaciones no es más que una invención de la aristocracia. Son estériles como el vicio; pero por otro lado, son una auténtica vergüenza para los fundadores de la República y no se puede consentir que calumnien a los representantes del pueblo y ensucien el nombre de la República con su abyección y barbarie”. ¡Esto lo decía el propio Robespierre!

El 30 de octubre de 1793, la Convención utilizó el pretexto de una nueva pelea entre la turba de ciudadanas revolucionarias y las mujeres de Les Halles – las mujeres de derechas que rehusaban llevar distintivos republicanos -, por el uso de la gorra roja, para acabar de una vez por todas con las veleidades políticas de las mujeres. Es Fabre d´Eglantine quien abre fuego: "Exigen llevar la escarapela, luego el gorro rojo. Pronto querrán el cinturón con las pistolas". Estas mujeres no son ni madres, ni hijas, ni hermanas que se ocupen del hogar. Son "aventureras errantes, muchachas que han escapado de sus hogares, delincuente gentualla". Ante estas palabras, la Convención estalla en aplausos.

La Convención aprobó inmediatamente la prohibición de los clubes y sociedades populares de mujeres. Dos semanas después, el 17 de noviembre, el hermoso Chaumette pronunció un gran discurso a las mujeres del municipio, mitad moralizante, mitad amenazante, que aprobaba plenamente la decisión de la Asamblea Nacional. La advertencia final les fue dada brutalmente en la Hoja de Salvación Pública, órgano de aquella Convención del terror. Al comentar las sucesivas ejecuciones de tres mujeres tan distintas como Marie-Antoinete (16 de octubre), Olympe de Gouges (3 de noviembre) y Madame Roland (18 de noviembre), el diario de la Convención concluyó que estas tres damas habían merecido la guillotina por haber querido involucrarse en la política, y olvidarse de las virtudes específicas de su sexo...

De este modo la Revolución en manos de la extrema izquierda terminó con las esperanzas que había levantado la Gironda y grandes pensadores desde Luis XIV. Las mujeres francesas tendrán que esperar 150 años para ser ciudadanas de pleno derecho. Cuatro veces bajo la Tercera República, el Senado se negó a concederles el derecho al voto. En 1919, 1925, 1931 y 1932, la Cámara de Diputados votó para otorgar a las mujeres el derecho al voto. Pero estos proyectos fracasaron ante el Senado, que siempre había pospuesto su discusión. Por fin, después de una votación de la Asamblea Consultiva de Argel de la Francia Libre - que incluía a doce valientes mujeres de los movimientos de Resistencia - una ordenanza del Gobierno Provisional de fecha 21 de abril de 1944, cuyo contenido fue solemnemente repetido por el general De Gaulle, el alma francesa más galante y aristocrática del siglo XX, el 25 de agosto, cuando llegó a París, otorgó a las mujeres francesas el derecho a votar y presentarse a las elecciones sin restricciones. Es así que aquellos jacobinos asustados por sus hembras asesinas llegaron a quedar insensibles a la paradoja brillantemente denunciada por la bellísima Olympe de Gouges: las mujeres tenían derecho a subir a la guillotina, pero no a la tribuna...

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (21)    No(0)

+
1 comentarios