El agujero
miércoles 10 de septiembre de 2008, 22:54h
El verano pasado, mientras buscaba el camino que conduce a una pequeña ermita en ruinas enclavada en lo alto de un monte, me topé con un extraño accidente geográfico: había avanzado solo unos pocos metros desde el borde de la carretera, entre las ramas de las encinas que pueblan buena parte del campo burgalés y, de repente, me encontré delante de un gran agujero excavado en el suelo. Era un hueco de unos tres metros de diámetro y poco más de un metro de profundidad, y recuerdo que lo primero que pensé al verlo es que no tenía ni la más remota idea de qué pintaba aquel socavón allí. Salté dentro y me quedé un rato observándolo, tratando de hallar en vano una explicación que justificara su presencia. Nunca encontré el camino que buscaba, así pues, dándome por vencida, decidí regresar a casa.
Sin embargo, la casualidad quiso que al día siguiente diera con la solución a la incógnita de la zanja. Entré en un bar y, desde la puerta, me alcanzó el rumor de una conversación que mantenían, sentados a la barra, dos tíos míos: – Es imposible -decía uno-, ¿cómo va a haber una fosa de la guerra civil aquí? ¡Lo tendríamos que saber! – Mira, léelo tú mismo -reponía el otro, agitando en el aire una noticia de prensa-: el periódico dice bien claro que hay registrada una fosa de ocho cuerpos en este pueblo. Cuando el primero volvía a insistir en que debía de tratarse de una equivocación, yo, colapsada por la revelación que acababa de tener, irrumpí de golpe en el debate: – Yo la he visto -tercié.
Después supe que no era la única que conocía la existencia de aquel paraje. Algunos lugareños aseguraban que, tiempo después de haber sido exhumados los cuerpos, todavía podían encontrarse monedas, botones, fotos y otras pertenencias que los fusilados republicanos perdieron allí junto a la vida. Esa tarde regresé al mismo punto para mostrárselo a mi padre, pero las sensaciones ya no eran las mismas del día anterior. Mientras abandonaba la cuneta de la carretera para internarme en el bosque, pensé en esas ocho víctimas. Me pregunté qué sentirían antes de morir, cuando su fatídico destino ya les era cierto. Cómo recorrerían esos últimos metros, antes de sentir el sabor de la pólvora en la boca ¿Se derrumbarían? ¿Conservarían la entereza? ¿Hacia quién dirigirían sus últimos pensamientos? Me pregunté también por sus familias, por la espera infinita, por la ausencia jamás resuelta, por las décadas de miedo y silencio. Luego escarbé en la tierra en busca de algo que delatara su existencia, de una prueba de vida que les ligara a este mundo: sin éxito. Quién sabe cuántos años permanecerían allí, cubiertos de tierra y olvido; quién sabe cuántos años más fueron buscados por sus mujeres, padres o hijos.
Me gusta pensar que nada queda de las viejas rencillas del ayer, aunque a veces me da la impresión de que algunos se sienten herederos del fascismo que se hizo fuerte en Burgos. Solo así puede entenderse que se den por aludidos y reaccionen a la defensiva cuando un juez decide reabrir las fosas (que no las heridas) de la guerra. Y, aun a riesgo de ser tachada de radical, y a pesar de que la razón me ha hecho renegar de lo que ahora voy a decir, reconozco que, aquella tarde, sobrecogida por la rabia, mientras mis pies pisaban la tierra que un día cubrió los huesos de ocho infelices, no pude reprimir estas cuatro palabras: “ni olvido, ni perdón”.