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EN LA FRONTERA

¿Y si el Espíritu Santo se hubiese equivocado?

sábado 03 de julio de 2021, 20:30h

Esta pregunta está siendo recurrente en los últimos meses. Una cuestión que muchas veces me hacen conocidos, amigos e incluso algún eclesiástico, todos con el ánimo de provocarme. Está claro que estos conocidos, amigos y eclesiásticos no llevan muy bien este magnífico pontificado que se inició en la tarde del 13 de marzo de 2013. Son conocidos , amigos y eclesiásticos que desearían una Iglesia hecha a su particular medida, sobre todo si esa medida está tintada de caracteres políticos.

Lo que está claro es que si estos conocidos, amigos y eclesiásticos se llaman católicos y creen en la Santísima Trinidad, no pueden ni deben, creo yo, dudar de la influencia del Espíritu Santo en la elección del sucesor de Pedro. Siempre he afirmado que “mi Papa es y debe ser el elegido en Cónclave”. Y así deber ser, como lo ha sido siempre y con amor filial recibir a un hombre que guie los destinos de las Iglesia. Cada Pontífice, cada hombre, que ocupa la silla de Pedro tiene sus propias iniciativas y las pone en marcha para el bien de todos.

He tenido la gran fortuna de informar desde el Vaticano de los últimos cuatro Cónclaves y cuando he visto la “fumata blanca” he sentido la misma emoción. El Espíritu Santo había iluminado a los cardenales que habían elegido a hombres como Albino Luciani, Karol Wojtyla, Josep Ratzinger o Jorge Bergoglio. ¿Por qué poner en duda ahora en duda el valor de esas elecciones?. Cada uno de los elegidos fueron y es una bendición para la Iglesia y el pueblo que la conformamos. Juan Pablo I, San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco son diferentes, pero en todos ellos existió y existe la voluntad de servicio y la busqueda del bien común.

Ahí tenemos el último ejemplo con la reciente Encíclica de FRANCISCO “Fratelli Tutti”. El mismo Papa advierte que “en la misma no se pretende resumir la doctrina sobre el amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos. Entrego esta encíclica social como un humilde aporte a la reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras”.

Tal vez, los que ponen en duda la valía de FRANCISCO es porque atenta contra sus principios basados en olvidar a los que sufren y volver la vista cuando las graves crisis humanitarias pueden atentar contra su fantástico mundo de bienestar. Y no me extraña, porque FRANCISCO da donde más duele cuando advierte que “reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías. Exigen la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles. Cualquier empeño en esta línea se convierte en un ejercicio supremo de la caridad. Porque un individuo puede ayudar a una persona necesitada, pero cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos, entra en «el campo de la más amplia caridad, la caridad política»”.

Más claro agua, queridos conocidos, amigos y eclesiásticos. El Espíritu Santo no se equivoca.

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