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Golpe de Estado en Chile: el fin del sueño de Allende
jueves 11 de septiembre de 2008, 13:58h
La figura de Allende dejó no sólo impronta en la historia de Chile sino en el imaginario político de cualquier país, de cualquier tiempo: su mil día de presidencia del país provocaron emociones contradictorias y profundas discusiones. Ya desde su elección era evidente que la situación en Chile era convulsa y fragmentada. En las elecciones de 1970, debido al estrecho margen de diferencia en los votos recibidos entre los diferentes candidatos, la elección del nuevo Presidente fue ratificada por el Congreso: finalmente, el 24 octubre de 1970, Allende, que se presentaba por la cuarta vez a la Presidencia del país, fue proclamado Presidente.
Según la formula "togliattiana" de los años sesenta, el objetivo del nuevo mandatario era llevar a cabo un programa socio-político que culminase en la “vía chilena al socialismo” (la revolución con sabor a “vino tinto y empanadas” según un discurso del mismo Allende) y que consistía en la realización de diferentes puntos: primeros, en la estatización de algunas áreas claves de la economía con la eliminación de monopolios (sobre todo extranjeros); secundariamente en la nacionalización de la Gran Minería del Cobre y en la aceleración de la reforma agraria. Finalmente se planteaba una modificación de la Constitución con la creación de una cámara única. Sin embargo, la socialización de importantes empresas hasta entonces en manos privadas (nacionalismo económico), la expropiación de tierras y la nacionalización del cobre provocaron la enemistad de parte de los tradicionales sectores dominantes del país y de los grupos extranjeros afectados por las medidas.
Sin embargo, en los años setenta, la sociedad chilena se iba polarizando: las fuerzas reaccionarias del Congreso, las fuerzas Armadas y los sectores económicos extranjeros se aliaron para conspirar contra el Presidente. Además pudieron contar con dos factores: por un lado, el “apoyo indirecto” de un amplio sector de la izquierda, que exigía cambios radicales de forma inmediata y sin respeto de las reglas democráticas; por otro lado, la posición del gobierno estadounidense muy critica hacia esta nueva experiencia (antes de las elecciones de 1970, el secretario de estado Kissinger había declarado: “No veo por qué tendríamos que observar impasibles como un país se hace Comunista debido a la irresponsabilidad de su gobierno”). El 11 de septiembre de 1973, el general Augusto Pinochet, contando con el apoyo de la CIA, encabezó un golpe militar. Mientras el ejército golpista bombardeaba el palacio de la Moneda, sede del gobierno, Allende rechazó las exigencias de rendición, suicidándose.
En un contexto de creciente polarización interna de la sociedad chilena, Allende actuó siempre en el marco de las instituciones constitucionales, apoyando el cambio social y respectando las reglas democráticas. Sin embargo, se enfrentó a la paradoja de un país donde el Gobierno no contaba con la mayoría para realizar los cambios profundos al que anhelaba su Presidente y que, al mismo tiempo, no existía una mayoría parlamentaria para poner fin a ese intento. De ahí, el recurso a la fuerza y un golpe militar tan violento cuanto impetuoso: en pocas horas las fuerzas golpistas tomaron el Palacio de la Moneda, mientras Allende, republicano convencido, se quitaba la vida, en un gesto que confirmaba su afán de realizar “una revolución en democracia”. De hecho, el ícono de este golpe, más que la imagen de La Moneda en llamas, fue la un hombre que había asumido un compromiso: cambiar un país por la vía democrática.
Este año en que se cumplen también los 100 años de su nacimiento, la memoria y el nombre del político chileno asumen gran valor: la coherencia entre su pensamiento político y su acción lo llevaron al suicidio, contribuyendo a crear una imagen romántica del personaje. El pensamiento y la acción política de Allende fueron determinados por el respeto de los derechos humanos, por el desarrollo de la democracia como “fundamento de cualquier sistema de convivencia política” y por la defensa de la soberanía nacional frente a una política de ingerencia extranjera. Su batalla por la legalidad y la posibilidad de llegar al socialismo por la vía pacifica contribuyeron a formar la imagen de un revolucionario alternativo, simple y culto. Probablemente como ha escrito Gabriel García Márquez: “La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado”. Con el tiempo parece evidente que el ex Presidente cayó en La Moneda en defensa de las instituciones democráticas y de las libertades, frente al ataque golpista de Pinochet. La defensa de la democracia contra el uso de la violencia fue probablemente la mayor lección que nos quiso dar el político chileno.
El gesto de Allende de entregar su vida para salvar la imagen de la revolución pacifica, de la “vía chilena al socialismo”, suscita gran admiración en los jóvenes de cualquier país y edad. Según Eduardo Galeano, las tragedias son algo atemporal donde se “perdieron vidas, se perdieron potencialidades, pero sobre todo se perdieron proyectos”.