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En la FRONTERA

Los obispos también lloran

sábado 10 de julio de 2021, 19:44h

Y sufren. Como ahora le está sucediendo al primer obispo, al de Roma, el PAPA tras su complicada intervención quirúrgica. FRANCISCO también llora, supongo, cuando ve como algunos no comprenden su Pontificado dedicado a los más débiles, que ahora son los que precisamente deber ser los que más rezan por su pronta recuperación.

Los casi 5400 obispos católicos que hay en el mundo lloran por muchos motivos. Supongo que el primero será el no poder atender debidamente a sus diocesanos y a las dificultades emanadas de sus relaciones con una sociedad que hoy no comprende muy bien las distancias, que respecto a sus fieles marcan muchos de esos prelados, que hablan y mueven las manos de una forma diferente de cuando eran sacerdotes y no han entendido todavía lo del “olor a oveja” que proclama FRANCISCO.

Lloran también, y es comprensible, cuando dejan de ser titulares de las diócesis y pasan a ser eméritos. Una situación que otros muchos no entienden y que se resisten a aceptar, pues quieren seguir con oropeles de antaño y buscan nuevo techo y refugio en mansiones que valen en ocasiones cientos de miles de euros, pudiendo ir a residir a casas sacerdotales o a sus lugares de origen, para acompañar al sacerdote que tiene que ir de pueblo en pueblo para poder oficiar la Eucaristía. Es el caso del otrora poderoso José Sánchez, que fue secretario general de la Conferencia Episcopal Española, y que ahora ayuda en su pueblo natal salmantino de Fuenteguinaldo.

Otros, por el contrario y como decíamos, cambian pisos por casonas y palacios y siguen con su influencia en asociaciones. Estos últimos, sin “olor a oveja” deberían haber asistido a la Semana Española de Misionología, para oír al cardenal de Rabat, el español y salesiano, Cristóbal López, que habló de “la fraternidad necesaria y de que el diálogo interreligioso no es una moda, sino una actitud tan antigua como la Revelación misma”. Estas palabras habrán resonado, es lo que espero en muchos de nuestros prelados que lloran, pero también ríen y son capaces de acoger y acompañar a sus seminaristas a peregrinaciones como ha hecho el obispo de Ávila, mientras otros siguen ocupados en justificar errores muy graves que hacen necesaria la presencia de un obispo coadjutor que solucione esos errores, como tener ahora que cerrar temporalmente el seminario, por graves problemas económicos.

Yo he visto llorar a varios obispos cuando les he hablado de su soledad, tras su paso a eméritos, y no tener ya ningún familiar vivo. Pero también les he visto sonreir cuando les he dado un abrazo.

Ahora, en este fin de semana pido por todos ellos. Por su lágrimas y risas y sobre todo por la pronta recuperación de FRANCISCO.

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