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ESCRITO AL RASO

Lope de Vega según Ignacio Amestoy

David Felipe Arranz
lunes 19 de julio de 2021, 19:40h

Todo lo que hace el maestro Ignacio Amestoy es bueno o muy bueno: de Cierra bien la puerta a Dionisio Ridruejo. Una pasión española, su dramaturgia es un canto a la inteligencia y a la cultura, porque Amestoy ha conseguido ese difícil equilibrio que pocos alcanzan entre docere y delectare; es decir, entre eso que algunos llaman la alta cultura y el deleite y pasatiempo del buen teatro, que es siempre acervo de lo social aunque el enfoque sea surrealista o de vanguardia. Total, que en este verano de amores dispersos y pandémicos ha triunfado en el Corral de comedias de Almagro con Lope y sus Doroteas o Cuando Lope quiere, quiere, como no podía ser de otra manera. La puesta en escena –actual, luminosa, agilísima, brillante, ocurrente y grácil– es de Ainhoa Amestoy D’Ors, y se nota aquello de que el talento a veces se transmite genéticamente. A uno le parece, en fin, que padre e hija hacen un tándem poderoso y que esta fiesta debería continuarse.

Los Amestoy nos meten de rondón en la casa de Lope de Vega (Ernesto Arias), donde hay trasiego de mujerío –convive el Fénix de Amestoy con su hija-sobrina Antoñita (Nora Hernández) y con su ama de llaves Lorenza Sánchez (Lidia Otón). Y por allí viene a requebrar a la joven Cristóbal Tenorio (Daniel Migueláñez), un mozo bien relacionado con las altas esferas; viene a molestar a Lope, vamos, porque es celoso con todo lo que ronde a la niña de sus ojos. Todos están sublimes, en unos registros que van del melancólico al del caricato, de la tristura a la parodia, de lo picaresco a lo humorístico, pero siempre todo en su lugar; es decir, que a las dotes naturales del fenomenal y proteico Arias, la inmensa Otón, el incombustible Migueláñez y la gentil Nora, se les añade una dirección escénica soberbia. Y les ha salido así un Lope lleno de palabras de luz, como si el madrileño, el Monstruo de Naturaleza –según Miguel de Cervantes–, viniese ya aproximando la verbena de la comedia española, pero sin saborearla del todo. Aparécense al final a este Lope “dickensiano”, a manera de fantasmas del invierno, todas las mujeres de su vida, que fueron muchas y de entre las que descuellan Elena Osorio o Marta de Nevares, que son el alfa y omega del femenil recuento.

Ignacio Amestoy ha redimido no solo la comedia lopesca, sino todo el teatro del Siglo de Oro que hoy se estrena en las tablas ibéricas y que a algunos no “les entra” –que así dicen–, pues que ha sido el suyo un acierto de enfoque, sacándola del rigorismo académico sin caer en la parodia o en la desubicación y apuntándola en el canon nada más estrenarla. Que no es moco de pavo. Incluso ya corre impresa una preciosa edición en Oportet Editores que todos deberían comprar y leer para saborear el texto después de visto, que es el complemento de todo buen teatro que se precie. Los dramaturgos nunca han tenido a Lope tan claro y meridiano como este “Amestoy”, que ya habría que hablar así de ir a ver su obra, como se va a ver un Calderón o un Lorca al Español, al Valle-Inclán o a la Comedia. Esta clasificación aporta ya dos escenarios cuando uno entra al teatro: con o sin Amestoy. Igual que vamos a ver ya una comedia con o sin Ernesto Caballero, Juan Mayorga, Alfredo Sanzol, Laila Ripoll, Angélica Liddell, Alonso de Santos… y así con todos los buenos estrenos, cada cual con su cosecha de aplausos. Porque cuando el teatro del siglo XXI principiaba a ser modernísimo, Amestoy ya venía de allí. Es decir, que la España beneficiada por las oleadas de la buena literatura, por la ojiva del conocimiento, se reconoce en este imperio dramático. Lo cual que, volviendo a los Amestoy y de este estío caliginoso, su Lope refrescará y alimentará allí por donde pase. En cualquier caso, a Ignacio Amestoy lo ha poseído el espíritu de Lope, lo ha leído y entendido muy bien, porque Lope y sus Doroteas es un homenaje de maestro a maestro, cuatro siglos mediante. Ha definido, en definitiva y perfectamente, lo lopesco: esa mezcla de genio, cachondeo, donjuanismo y rigorismo responsable, a caballo entre la fe y el amor, que vienen a ser –como bien sabe Amestoy– la misma cosa.

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