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TRIBUNA

Leopoldo Marechal en mi recuerdo

viernes 23 de julio de 2021, 20:10h

Soy poco fisonomista. Si me dedicara a la política sería un fracasado, ya que una de las aptitudes de esas personas, por lo general incompetentes y tramposas, es memorizar caras de personas que ven de frente o perfil (además de sonreír todo el tiempo con dentifricados dientes, aprobar aumentos de impuestos, fomentar convocatorias a elecciones y la división entre compatriotas). Sin embargo, mi memoria literaria no es lábil ni perentoria; diría que es atemporal y acaso envidiable. Una de las virtudes que me reconozco -si es que tengo alguna otra-, es la de recordar poemas completos en diversas lenguas. Algo que sinceramente me enorgullece.

Sin ir más lejos, hoy me desperté repitiendo los endecasílabos de una de las piezas líricas más bellas de la literatura hispanoamericana, el soneto “Del amor navegante”, cuyo artífice es el poeta Leopoldo Marechal.

Porque no está el Amado en el Amante
Ni el Amante reposa en el Amado,
Tiende Amor su velamen castigado
Y afronta el ceño de la mar tonante.

Llora el Amor en su navío errante
Y a la tormenta libra su cuidado,
Porque son dos: Amante desterrado
Y Amado con perfil de navegante.

Si fuesen uno, Amor, no existiría
Ni llanto ni bajel ni lejanía,
Sino la beatitud de la azucena.

¡Oh amor sin remo, en la Unidad gozosa!
¡Oh círculo apretado de la rosa!
Con el número Dos nace la pena.

Hace más de ciento veinte años (el 11 de junio de 1900) nació en Buenos Aires el poeta Leopoldo Marechal. Sus padres fueron Lorenza Beloqui, una argentina de ascendencia vasca y Alberto Marechal, un uruguayo con antepasados franceses. Sus biógrafos dicen que fue un escritor precoz y que a los doce años había escrito sus primeros poemas. Él ni lo confirmaba ni lo negaba. Sonreía. Se jactaba, mejor dicho, se regocijaba contando que fue especialmente un hábil jugador de fútbol.

De familia muy humilde, a los quince años ingresó como operario en una fábrica textil, donde rápidamente dio muestras de sus ideales humanitarios al impulsar a sus compañeros para que exigieran mejores salarios y condiciones laborales adecuadas; debido a ello, los propietarios lo despidieron sin vuelta de hoja al considerarlo responsable de una posible revuelta.​

También evocaba las vacaciones que con su familia, durante los tórridos meses de verano, pasaba en la ciudad de Maipú, ubicada en el centro de la provincia de Buenos Aires, donde sus compañeros de juego lo apodaban “el Pibe Buenosaires”, pues era el único niño envidiablemente porteño entre ellos. En 1919 se recibió de Maestro y durante los primeros años de la década del ‘20, fue bibliotecario y profesor de enseñanza secundaria. Junto a Jorge Luis Borges y Francisco Bernárdez, sus dos grandes amigos de aquella época, formó parte de la generación que se nucleó alrededor de la revista Martín Fierro, donde Leopoldo dio a conocer sus poemas. En 1922 publicó Los aguiluchos, su primer libro y cuatro años después Días como flechas, con clara tendencia vanguardista; pero en sus Odas para el hombre y la mujer, de 1929, es donde transita un camino propio, que va desde la novedad a lo clásico. Ese inspirado volumen le valió el Primer Premio Municipal de Poesía.

Recordemos que Días como flechas fue recibido por Borges en las páginas de Martín Fierro no solo con elogios sino con muestras de cariño y coincidencias: “Sentencias que nos obsequian mundos hermosos, tierra imaginada que puede volvérsenos patria y recordaremos después -en la plataforma de un tranvía cuando anochece, en las hendijas de una tarea- como si hubiésemos andado sus campos; tierra que merecerá nostalgias y dudas: esa es la labor originalísima de Marechal. Sin el menor asomo de mundología quiero elogiarlo. Mis versos son un quedarme para siempre en Buenos Aires, los suyos son un continuo partir (…). La belleza infatigable de su poesía es el único argumento válido que le reconozco. Y eso -claro está- basta y sobra”.

Fueron los años de entrañables amistades literarias; no sólo la de Borges y Bernárdez, sino también la de Roberto Arlt y Córdoba Iturburu, Jacobo Fijman y Oliverio Girondo, el pintor y astrólogo Xul Solar y el reflexivo Scalabrini Ortiz. En 1926, con algunos ahorros y la corresponsalía de un diario cruzó el Océano con destino a París, donde estrechó la mano y trabó amistad con importantes escritores y pintores, tales como Breton y Valery, Picasso y Juan Gris. “A Pablo Picasso lo visité varias veces en su taller -recordaba-. Nos hicimos amigos y asistí a la inauguración de dos exposiciones suyas. Escribí sobre él y difundí su obra en mis artículos. Era un hombre cordial y generoso”. En la “ciudad de la luz, o del amor”, tomó contacto con otros dos pintores argentinos radicados allí: Héctor Basaldúa y Antonio Berni. Tampoco olvidaba mencionar a Christine, la muchacha de Montmartre, que aceleró su corazón. Un problema familiar lo devolvió a Buenos Aires.

Pero París tiraba con cuerda pasional. En 1929, después de dos largos años en su patria, con unas monedas en el bolsillo, Leopoldo decidió regresar a Montmartre para reencontrarse con amigos y su amor; pero ella ya no estaba. Por esos días frecuentó a más artistas plásticos que escritores. “Eran compatriotas que estaban allí trabajando duro, en busca de reconocimiento, algunos varados; era una gran bohemia argentina la que pululaba por esos quartieres atrapadores. Yo recuerdo los nombres de Aquiles Badi, Alfredo Bigatti, Horacio Butler, Juan del Prete, Raquel Forner y Víctor Pissarro. Nos reuníamos en la brasserie de La Rotonde”, evocaba con nostalgia. En ese grupo también estaba el escultor José Fioravanti, quien luego llevaría al bronce el busto del poeta. Fue, en ese mismo año cuando inició la escritura de Adán Buenosayres, su novela fundacional, la cual no publicaría hasta 1948. “Debido a un afán o una manía perfeccionista de mi parte, que me llevó muchísimos años de elaboración”, se justificaría.​

El 8 de enero de 1934, afianzado en su ciudad y más precisamente en Villa Crespo, su siempre añorado barrio natal, Leopoldo Marechal se casó con María Zoraida Barreiro, con quien tuvo dos hijas: María de los Ángeles y María Magdalena.​ Pero nadie está a salvo de las misteriosas puñaladas de esta vida; su esposa, con una cruenta enfermedad terminal, falleció en 1947.​ Sin embargo, por suerte existen las recompensas. “Después de esa desgracia, conocí a Juana Elvia Rosbaco, a quien yo bauticés ‘Elbia’, ‘Elbiamor’ y ‘Elbiamante’; y a quien asigné un espacio interlocutorio y apelativo en muchos de mis textos y dedicatorias”.

Hacia mediados de la década del ‘60 yo tuve el privilegio de conocer a don Leopoldo Marechal. Fue en “La primavera de las Letras”, que el entusiasta y empeñoso librero Francisco Gil, organizaba en las puertas de la librería El Ateneo, en plena calle Florida. Recuerdo que con cierta impertinencia juvenil, me atreví a decirle que me interesaba más su poesía que su prosa. El maestro Marechal, dándome una palmada en el hombro, me respondió con una piadosa sonrisa de indulgencia dejándome desconcertado: “Sabe que yo también; de manera que comparto su opinión, y hasta estoy dispuesto a seguir su consejo si tiene alguno para darme”. Era un hombre cordial que sabía reír, correctísimo en el trato, nada rígido y, como se ve, con notable sentido del humor.

Algún tiempo después, el encendido poeta Miguel Ángel Bustos -un hermano para mí, y “el gran fiel de la amistad” para don Leopoldo-, que lo visitaba asiduamente y él consideraba como un hijo, me llevó hasta su departamento de la calle Rivadavia, a pocas cuadras de la Plaza Once, donde el poeta tenía su hogar (junto a Juana Elbia Rosbaco, Elbiamor o Elbiamante), rodeado de libros fraternales e íntimos objetos y de pipas, que fumaba constantemente (yo aún conservo, con un cuidado maternal, “la fumarola genovesa” que me obsequiara una lluviosa tarde de otoño).

En una de esas visitas, me atreví a proponerle fundar una revista literaria, que quedó en veremos. Le hice, sin embargo, una entrevista para un hebdomadario uruguayo, donde el amable don Leopoldo, asintió a que habláramos de todo; vale decir, de sus amigos y sus no tan amigos escritores, que por su posición política se habían apartado de él. Verbigracia Borges y Victoria Ocampo. “La gente es así qué le vamos a hacer -se resignó con un gesto de indulgencia-. La política sirve para separar y no para unir. Por otro lado, el ser humano es indescifrable; hoy está con uno y mañana quiere destruirlo y lo critica hasta el cansancio. Me duelen muchas cosas, pero por salud mental estoy más allá de esas ‘patéticas miserabilidades’, como decía Yrigoyen”.

En 1969, en el encuentro de escritores que se realizó en Valparaíso de Chile, coincidí con él y compartimos un micro especial desde esa ciudad hasta Isla Negra donde estábamos invitados a un almuerzo por Pablo Neruda. En el dilatado viaje tuve ahí la oportunidad de dialogar otra vez largo y tendido con el afable poeta. Excelente conversador, don Leopoldo pertenecía a la particular raza de Borges, Mujica Lainez y Silvina Ocampo; esto es, a la de los grandes conversadores y memoriosos de Buenos Aires. Feliz en su evocación, se alborozó al revivir los días casi idílicos en los que desde un escritorio cercano al suyo, en la redacción del diario El Mundo, se divertía con Roberto Arlt. Tentado por la risa me contó dos sabrosas anécdotas sobre el autor de Los lanzallamas y Los siete locos.

Era cierto ese rumor que corría sobre las faltas de ortografía de Arlt. Una tarde me preguntó a los gritos si la palabra ‘hambre’ iba con ‘hache’ o sin ‘hache’. Creo que tenía muchas dudas sobre y el idioma; lo cual no invalidaba para nada su genio literario. La sensibilidad poética en la prosa de sus Aguafuertes porteñas es conmovedora y ni hablar de sus novelas”.

Otra vez, a altas horas de la madrugada, recibió un imprevisto llamado telefónico de Roberto Arlt que lo imponía de una novedad que él como escritor y periodista no se podía perder. “¿Leopoldito, qué estás haciendo?” Y yo le respondí: “¿Qué querés que haga a estas horas? Estoy durmiendo, viejo”. Y Arlt le propuso imperativo: “Levantate y vení enseguida, che. Vos tenías curiosidad por conocer delincuentes; bueno, estoy en un café con tres que son auténticos y me cuentan unas anécdotas increíbles. Ya le avisé a Conrado (Nalé Roxlo) y a Policho (Cayetano Córdoba Iturburo) para que también se sumen y están en camino. No te la podés perder, viejo”.

Cabe mencionar que además del enorme poeta, novelista y dramaturgo, que seguimos releyendo, Leopoldo Marechal fue un pensador. En El Banquete de Severo Arcángelo, aparece su preocupación por el consumismo; la desmesurada compra de electrodomésticos y de mercancías que, según él, acaban sometiendo al hombre a lo que llamaba “la ratonera de la vida ordinaria”. Recuerdo que tomé nota de sus palabras y hoy las rescato de un amarillento cuaderno. Don Leopoldo consideraba que esa avidez de productos hipotecaban al hombre que, acelerado y sin freno, entraba en “el velódromo de un periodismo superficial que respondía a la requisitoria de la televisión dominante”.

Al escribir mi Adán Buenosayres no entendí salirme de la poesía -me explicó-. Desde muy temprano, y basándome en la Poética de Aristóteles, me pareció que todos los géneros literarios eran y deben ser géneros de la poesía, tanto en lo épico, lo dramático y lo lírico. Para mí, la clasificación aristotélica sigue vigente. Entonces fue cuando me pareció que la novela, género relativamente moderno, no podía ser otra cosa que el sucedáneo legítimo de la antigua epopeya. Con tal intención concebí Adán Buenosayres y lo ajusté a las normas que Aristóteles ha dado al género épico”.

Me habló también de sus recientes lecturas, en especial de Guy Debord, a quien había leído hacia poco tiempo. Mario Vargas Llosa e Ignacio Valente, un jesuita chileno, crítico literario del diario El Mercurio de Santiago de Chile, que nos acompañaban en aquel momento, se interesaron y coincidieron con sus pareceres. Gracias a Marechal yo descubrí al filósofo francés, Guy Debord, autor de La sociedad del espectáculo y me convertí en su lector.

Fue memorable el almuerzo en Isla Negra, Neruda, buen lector y seguidor de Marechal, lo recibió con el afecto y la admiración que merecía. Muy a la chilena, de manera ceremoniosa (y ‘paila marina mediante’), le dio la merecida bienvenida como su invitado de honor. Don Leopoldo estaba emocionado y no pudo contener las lágrimas. “Eres bienvenido a esta casa, querido, admirado y noble amigo; aquí todo celebra tu presencia, gran Leopoldo. Hasta el cielo de Isla Negra está de fiesta y te recibe con su mejor sol radiante”.

“Nadie es profeta en su tierra”. Por años, su patria le negó ese bien ganado y merecido reconocimiento. Si hacemos memoria, la publicación de Adán Buenosayres, exceptuando el comentario elogioso de Julio Cortázar y de algunas otras voces entusiastas y amigas como las de los poetas Rafael Squirru y Fernando Demaría, pasó bastante desapercibida.​ Las cuestiones políticas no fueron ajenas a tales actitudes; más bien se diría que fueron las causantes. Considerando la abierta simpatía del escritor hacia el peronismo, todo rechazo resultó posible. Recuerdo que cuando regresábamos de Chile, bosquejó ante mí con un dejo de tristeza: “¡Qué le vamos a hacer, amigo Alifano, hay que saber soportar todo; quizá algún día cambien de opinión, aunque tal vez yo no esté para verlo!”.

Ante Borges y su madre comenté un día la situación de Leopoldo Marechal. “Sí, seguramente lo persiguieron después que cayó Perón -comentó doña Leonor-. Pero no hay que olvidar que bajo ese gobierno también mucha gente fue perseguida. Victoria Ocampo, mi hija Norah, yo y otras mujeres fuimos encarceladas por repudiar los atropellos del régimen peronista”. Una de cal y otra de arena, como se dice popularmente. Borges, con un poco de tolerancia hacia su viejo camarada, cerró la conversación con estas sabias palabras: “Lo menos importante en un escritor es su posición política”.

Unos meses después de aquel encuentro en Chile, el corazón le jugó una mala pasada a don Leopoldo. Bajo pesadas nubes que impedían la salida del sol, falleció un melancólico 26 de junio de 1970 en la misma ciudad que había nacido y amaba. Su ausencia aún perdura en su entrañable Buenosayres. Felizmente, el genial Leopoldo Marechal hoy ocupa el sitio que merece en la literatura de lengua española. Las nuevas generaciones, es decir, la posteridad, saben de él y de su obra inmortal.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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