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Competencia y excelencia

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 12 de septiembre de 2008, 21:22h
De acuerdo con el clásico discurso platónico-protagóreo llamamos competencia a la adquisición de un saber o destreza fruto de la interacción humana. Es decir, la competencia es un producto intrínsecamente social que los ciudadanos poseen porque otros ciudadanos se lo han enseñado, bien mediante la institución escolar, bien mediante el núcleo familiar o bien mediante otras estructuras sociales (amistad, asociaciones variegadas, medios de comunicación, etc. ). Es así que la competencia no es un legado del patrimonio genético, sino un bien social que se puede tener en distintos grados en función, eso sí, de la propia naturaleza y disposición de cada uno.

En una sociedad abierta, más “avanzada” quizás que la de tipo popperiano, todos serían más o menos competentes en algún campo del saber o habilidad (technê ) y del mismo modo competentes, al menos teóricamente, en la esfera de la política, que se definía como el conjunto de destrezas públicas básicas que todo hombre civilizado, humano, tiene para garantizar la vida en común pacíficamente. Y es cada día más evidente que todos tenemos la competencia de la política, que todos somos políticamente competentes. Sólo hace falta mirar un poco a nuestra clase política (gobierno y oposición ) para darse cuenta que la competencia política, la competencia de las competencias, ya es absolutamente universal, y por lo que se ve no más dificultosa – hay centenares de ejemplos – que jugar al parchís, hacer una lavadora, sacar dinero del cajero o encender la vitrocerámica. Decididamente, empero, aquí no es lo mismo ser técnicamente competente que políticamente competente.

Lo malo es que la evanescente y universal competencia política en nuestras sociedades llegue a contagiar y corroer el sentido que tiene las distintas competencias técnicas. Y eso podría ocurrir si en el modelo educativo europeo de la Unión Europea, centrado en los conceptos de competencias básicas, se aniquila la excelencia, que es el único soporte verdadero de nuestro bienestar e hipóstasis del “milagro” occidental. Pues que nuestro bienestar, su secreto, no se funda en ciudadanos simplemente competentes, sino en la excelencia científica y tecnológica de algunos pocos ciudadanos excelentes. De nada servirá la conquista de las competencias propias de ciudadanos medios, consumidores y votantes, si el sistema educativo, la auténtica clave del éxito occidental, no fomenta la consecución de la excelencia, basada, eso sí, en el patrimonio genético del ciudadano particular, pero que sin la institución escolar quedaría ese magnífico patrimonio baldío e improductivo, como el famoso talento del esclavo estúpido.

El horizonte propio de la escuela será siempre la excelencia, formar ciudadanos excelentes, aunque luego el resultado real, y con mucha suerte, será el de lograr ciudadanos competentes. Y el desarrollo de nuestra sociedad, de nuestro mundo, cada vez hace más necesaria y urgente la búsqueda – y la inversión financiera en esa búsqueda – de la excelencia. La competencia apunta al hombre como animal social, la excelencia al hombre en su “humanitas”; esto es, en su misión esencial de creador.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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