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Gitanos, “morenos”, moros

viernes 12 de septiembre de 2008, 21:27h
Tradicionalmente se ha dicho y repetido que España y los españoles no somos racistas. Que la discriminación étnica ha estado siempre fuera de nuestras costumbres.
Un simple repaso a nuestra historia demuestra que ni en el Norte de África, ni en América Latina ni en otras latitudes por las que pasó el conquistador o el visitante español la discriminación por raza o costumbres era un fenómeno aislado y superficial. No hay que echar mano a nuestros libros de historia o a nuestros usos y costumbres cotidianos para demostrar lo que para muchos constituye una evidencia.

Las cosas han cambiado sin embargo en los últimos años con la irrupción del fenómeno migratorio y eso acabamos de verlo en ciertos y sangrientos incidentes como los sucedidos en el El Ejido hace tres años o en Roquetas hace apenas unos días.

Claro que la pregunta que había que hacerse inmediatamente es si estos usos discriminatorios de raíz racista o incluso fascista fueron el resultado del comportamiento irracional de algunos grupos de españoles. La respuesta es “no”.

Al respecto, sin embargo, habría que distinguir cuidadosamente sobre quién discrimina y por qué. En el caso de Roquetas, por ejemplo, el enfrentamiento racista se produjo entre emigrantes de origen africano –casi todos ellos senegaleses- y entre gitanos.

La violencia con que se procesaron estos sucesos sólo se entendería si partimos de un hecho mal conocido y peor entendido: en una zona relativamente pequeña como es El Ejido conviven (mal) mas de cien nacionalidades distintas, africanos, europeos, latinoamericanos, argelinos y marroquíes, portugueses y un largo etc.

Tradicionalmente los “norenos” (negros) tienen difíciles relaciones con los “calós” (gitanos) entre otras razones porque trabajan en las mismas labores (recogida de frutas), están sometidos a condiciones de vida detestables y carecen de organizaciones estables de convivencia. Basta con que alguna chispa de violencia estalle para que se produzca el motín y que inevitablemente salgan a relucir las navajas.

Las fuerzas de orden de la zona conocen perfectamente el proceso y saben mejor que nadie las dificultades existentes para controlar un una batalla campal que empezó por razones confusas y suele terminar con sangre.

Es obvio que los gitanos aunque en su gran mayoría son de origen y nacimiento español no están desgraciadamente integrados en la vida cotidiana de los españoles del campo y la ciudad.

He aquí una asignatura pendiente de la sociedad española que a lo largo de los años los diversos gobiernos tanto de la democracia como de la pre-Constitución han sido incapaces de resolver. Hay en la etnia caló un arraigo de violencia que a veces hace su aparición inesperada y que arrastra consigo sangre y fuego. En casi todas las ciudades españolas ha habido problemas con los “calós” y aunque finalmente se han ido apaciguando el caso es que el polvorín sigue presto entre otras razones porque nuestros gitanos malviven en chabolas, no tienen trabajo, su cultura es nula y sólo las organizaciones humanitarias o caritativas hacen lo posible para adaptarlos a la convivencia cotidiana. Ni que decir tiene que si las pésimas condiciones de vida de nuestros gitanos mejoraran y los gobiernos invirtieran algo más que palabras en reconvertir sus poblados chabolísticos en zonas residenciales habitables, las cosas serían muy diferentes y la violencia que a veces alcanza algunas zonas sociales especialmente sensibles, sería menor e incluso desaparecería., Hay experiencias muy positivas de integración gitana en toda España aunque desgraciadamente aun permanecen por las razones objetivas de las que hablaba (paro, incultura, viviendas insalubres, etc.) como ejemplos aislados y no siempre bien entendidos por la sociedad en general.

Al desarraigo y la pobreza de nuestros gitanos se unió en los últimos años un problema de enorme importancia y más difícil solución: la droga. Aunque se trate de grupos marginales y no muy numerosos, las mafias gitanas de la droga “trabajan” con las mafias turcas de la heroína en toda España -Madrid no es una excepción pese a los esfuerzos que los patriarcas calós han hecho en el pasado para acabar con este innoble comercio. Droga y violencia conforman un cóctel explosivo y cuando otros sectores marginales de la emigración –eso fue lo que sucedió en El Ejido en varias ocasiones- participan en el negocio, los brotes de violencia son inevitables.

Acabar con el desarraigo gitano, facilitar un alojamiento digno a los emigrantes e integrar a los niños de estas familias en nuestra cultura constituye un objetivo nada fácil. Pero mientras no se ataque a los aspectos estructurales de estos fenómenos la violencia reaparecerá periódicamente. El gobierno y las autoridades civiles deberían encargarse de mejorar las condiciones de vida de moros, morenos y gitanos con la mayor generosidad posible. ¿Lo hacen? No desde luego, ahora ¿Lo harán? Me parece imprescindible si queremos evitar motines y violencias colectivas entre comunidades distintas. Lo que está claro es que si las cosas siguen como están habrá más incidentes entre etnias como ha sucedido hasta ahora.

Alberto Míguez

Periodista

ALBERTO MÍGUEZ es periodista

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