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ESCRITO AL RASO

La ansiada inmunidad de rebaño

David Felipe Arranz
lunes 02 de agosto de 2021, 20:19h
Actualizado el: 08/03/2021 15:57h

El 13 de diciembre del año pasado, el entonces ministro de Sanidad y hoy candidatísimo socialista a presidir Cataluña, Salvador Illa, dijo que a finales de verano habríamos alcanzado la inmunidad de rebaño, con un 70% de la población española vacunada, inmunizada, protegida, pinchada, esperanzada, arrasadora… Lo que no sabíamos entonces –o sabían unos pocos– es que el político-filósofo roquerol estaba a punto de salir disparado con impaciencia desde la meta de salida COVID-19 en el madrileño Paseo del Prado al coronelato de los comicios catalanes, a disputarle la presidencia a los hijos putativos de Pujol y Artur Mas. Es decir, que ahora, a comienzos de este agosto con variante “delta”, nadie se acuerda ya de aquello, si bien las hazañas de los isleños de las tentaciones se guardan en las memorias centennials y en las de sus mayores como oro en paño. El tirón mayestático de la política es eso: surfear en una pandemia letal y echarle mucho rostro a la cosa. Perdimos la salud en sí misma, la salud salutífera, y nos la cambiaron por propaganda y papeletas.

Illa, a la búsqueda de un acomodo político más sosegado, decía por entonces que estábamos al principio del fin, pero hoy, con las variantes del virus –muy infectivas, porque el bicho muta y evoluciona–, los médicos y científicos andan todavía detrás de buscar un medicamento que pueda ser aprobado. En este tropel nuestro, que se protege en grupo contra el sarampión, la difteria y la viruela, pero no contra el coronavirus, hay perros, lobos y perros-lobo, como los de Moderna –de 19 a 21 euros– y BioNTech/Pfizer –de 15 a 19,5 euros–, que a la vista del negocio ya han subido el precio de sus dosis hasta un 25% en esta segunda vuelta de contratos que ha firmado con ellos la Comisión Europea. Para eso promueven además un debate sobre la dosis de “recuerdo” para los ya vacunados, porque el ARN mensajero en el mercado se ha disparado y tienen que hacer caja. La vacuna es una divisa vibrátil, como el euro, el dólar de los estadounidenses o los petrodólares de Arabia Saudí.

La correlación de contagio ha subido de tres a nueve personas por cada enfermo, según un reciente informe del Centro de Control de Enfermedades de los Estados Unidos. Y en el Departamento de Enfermedades Infecciosas del King’s College de Londres ya aseguran que esto del hato ovino aplicado al coronavirus no vale, que es muy teórico, al punto que aseguran unos y otros que de esto saben más, Universidad de Navarra y Universidad de Harvard inclusive, que no vamos a erradicar el virus, que será endémico y que a vacunarse toca las veces que haga falta. Añádase además una observación nada baladí que hace la ciencia: las vacunas no impiden el contagio. De manera que todo lo que digan nuestros gobernantes es papel mojado, porque ni siquiera en la medicina ni en la virología hay consenso con respecto a esta peste, año y medio después, dudas e incertidumbre que caen a plomo sobre nuestras cabezas, como una sentencia precedida por el verdugo.

Los españoles se echan a las playas calientes del verano, boqueando en un mar de infecciones, sin mascarilla, entre brotes y mutaciones que sobredoran las olas, los días y sus noches en la Costa Brava. Quizá la manada, ese rebaño hispánico, trata de dejar ahora la precaución a un lado y vivir el estío como si no hubiese pasado nada. Del confinamiento severo a la repetición de la canícula loca y a bañador quitado. Porque la salud aquí, todo el mundo lo sabe, es una cosa de ida y vuelta… si se sobrevive, Amore, salvando a Fernando Simón, que es el icono pop e incombustible de este siglo, el último de los monstruos míticos de la epidemia cuché. De la grey lanar lo hemos alcanzado todo, sí, menos la inmunidad.

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