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TRIBUNA

El atraque final de Bernard Devos, bizarro argonauta de la empresa y el arte

viernes 06 de agosto de 2021, 19:41h

Bernard Devos fue un empresario textil belga por tradición familiar que un buen día, en los albores de la década de 1990, decidió cambiar la fábrica de paños en su país natal por una inmensa finca en el sur de España, de la misma especie natural que La Almoraima, a la que Paco de Lucía dedicó un disco único.

Más allá de canjear la pirámide racionalista de la sede empresarial en Waregem por una jungla efervescente de alcornoques cerca del Estrecho de Gibraltar, lo que realmente modificó fue su concepto de vida y trabajo: nunca más el negocio por el negocio.

No es mi pretensión cuajar un retrato exhaustivo del hombre que, en cualquier caso, no dejó de ser personaje y que, en cualquier otro lugar, habría sido una auténtica leyenda. Ya sólo cabe la posibilidad de que lo sea post morten, como suele ocurrir en este país, si es que el destino lo decide.

Cuando conocí a Bernard Devos —Bernardo en adelante— Rosa y yo recién salíamos de un percance con tintes trágicos que nunca quedó esclarecido; un incendio que el perito de los bomberos calificó de intencionado. Por entonces, Bernardo vivía felizmente instalado en su finca Zanona, en el Parque Natural de Los Alcornocales, en el término gaditano de Los Barrios.

A Bernardo me lo presentó en Chipiona otro amigo añorado, Guillermo (Willy) Serra, en una velada celebrada en su casa —Igay se llamaba—, el verano de 1996. La casa lindaba con el legendario Hotel Cruz del Mar, antiguo Curricán, que había sido adquirido por el padre de Bernardo en la villa natal de la gran Rocío Jurado.

Willy había hablado a Bernardo de mi pintura. Willy nos quería mucho a Rosa y a mí; habíamos formado un grupo que sabía divertirse, comportándose, en torno a Liana Romero Swirsky, la hija de la espía rusa más famosa del Estrecho. Nos reuníamos asiduamente junto a Juan de Mata López de Meneses, Mariluz e Ignacio Darnaude, Mili Peruyera, los hijos de Willy Serra y los de Liana y, ocasionalmente, con otras raras y geniales aves como Blanca y Juanjo Benítez, Joselito Blázquez de Cádiz, Rafael Gómez Bermúdez o el fotógrafo belga Koen Snauwaert y su esposa.

En otro encuentro inolvidado del grupo, en junio de 1997, Willy Serra se pasó el día con el ABC de aquel domingo en la mano enseñando a todo el mundo una entrevista que Luis María Anson me había publicado a toda página, repitiendo: “¡Pero qué famoso, Dios mío! ¡Hay que llamar a Bernard Devos ahora mismo!” …y lo llamó. Era esa clase de fama de la que Guillermo Pérez Villata abomina, pero resulta que yo no nunca tuve el prestigio contemporáneo.

De Bernardo se decía que era inmensamente rico. A mí me costaba creerlo con aquella pinta que tenía de niño grandón… Piruletón; ¡como si los niños grandones y piruletones no pudieran ser ricos…! Francamente, me sorprendió que alguien tan adinerado tuviese ese carisma tan imberbe. Su apoyo fue pronto determinante para nuestro afianzamiento en aquellos años primeros y en un lugar donde la bonanza del ladrillo estaba convirtiendo la cultura en una experiencia novelera como ahora la convierte en mobiliario turístico.

Sólo tres años antes, Mario Antolín Paz me había dicho en Madrid: “la gente me pregunta: ¿pero este tío dónde estaba? Yo les he dicho que tú has salido de allí abajo arañando… ¡Arañando!”. Bernardo me ayudó a fortalecer las uñas.

Mi compadre, el poeta y fiscal Jesús García Calderón escribió que la juventud es “la ingrata espera de las cosas”. Mucho más de lo que yo esperaba entonces que viniese me llegó entre las manos de Bernardo, que terminaron por ser, paradójicamente y con el tiempo, un problema importante para él mismo por la pérdida de sensibilidad que sufría.

Hay quien propone contar la vida con valentía, fijándola como un escrito. Y hay quien recomienda acotar el cuadrilátero de la existencia cuanto antes; definir bien los límites —las medidas del ring—, pues podría resultar determinante para no ser acorralado fácilmente y para volver a entrar si te sales o te echan.

Bernardo trazó un mapa preciso de sus vivencias y escenarios vitales en dos libros que reunían belleza, sinceridad e ironía. El primero fue un homenaje a Zanona, su finca gaditana de alcornoques; lo creó con la colaboración de su amigo el gran fotógrafo Koen Snauwaert, quien también colaboró conmigo en algunas publicaciones. La belleza gráfica de este álbum apaisado, preñado de paisajes bellísimos, es todo un logro artístico que Bernardo supo jalonar con comentarios frugales de gran emotividad.

El segundo libro —en francés— fue una narración reflexiva autobiográfica usando, eso sí, nombres inventados, protagonizada por Christian Diop, su álter ego; lo tituló Le spermatozoïde éternel y se lo dedicó a Coumba, una buena amiga suya, africana bellísima. En él se advierte, desde las primeras páginas, su despierta consciencia —casi profética— de los brutales procesos naturales de supervivencia, desde la azarosa carrera sin piedad de las células reproductoras para originar la vida hasta las difíciles relaciones entre el patrono y sus subalternos en las fincas de trabajo, plagadas de juego sucio.

Dijo Voltaire, en La Pucelle, que “la divina y profunda sabiduría humilla a los orgullosos”. Bernardo trataba de vivir su día a día enmascarando esta amenaza patente bajo la costra de su natural positividad, que era auténtica. Decía que, en otra vida anterior, ya había bregado lo suyo cuando fue un piloto ruso de guerra. Así que, en ésta, sólo pensaba empuñar una copa de vino.

En aquellos tiempos, jamás habríamos imaginado el dificilísimo último trecho de su vida. Yo habría sido capaz de intuir mis propias dificultades, pero nunca las suyas. En Zanona, en los noventa, se le veía feliz y arraigado, rodeado de buenas obras de arte y berreantes ciervos en celo; nos invitaba a menudo.

Desayunábamos en la gran terraza del caserón casi desleídos en una bruma mística ya enredada en los alcornoques desde la madrugada. Aquello tenía tintes de ensoñación. El rugir del viento sobre la espuma vegetal de aquel mar de árboles ponía el vello de punta. Allí, en aquella terraza que literalmente parecía flotar a la deriva, comencé mi poemario Zanona, canto y quebranto que publiqué en Las manos manantiales.

Entre poema y poema, manoseaba yo el piano color caoba y recorría las grandes y modernas estancias de la casa en cuyas paredes, tapizadas de arpillera fina, colgaban magnificas obras de arte. Bernardo tenía su criterio, que no se libraba de su perenne sentido del humor. Decía que Marta Sonnabend había querido venderle en Nueva York uno de esos fontana “pasados a cuchillo” de mediados del siglo pasado. Adoraba el arte contemporáneo. Tenía obras de Bengt Lindström, Keith Haring, Wallasse Ting, Fernando Botero, Karel Appel —dedicada a Bernardo de puño y letra—, Leonor Fini, Niki de Saint Phalle, George Segal, Enrico Baj, Rik Wouters, Paul Delvaux… Unos retratos formidables de Van Lissum...

Cuando años después, Juan Abelló planteó a Bernardo la compra de Zanona, propuso que la operación incluyese también la colección de pinturas y esculturas. “Mira —me dijo Bernardo: ¿te das cuenta, Diego? En el lote iría también tu retrato de Rosa colgado sobre la chimenea... ¿Qué tienes que decir…?” Pues que se lo vendas, Bernardo —le contesté. Te pintaré otro; no sé que harán los demás.

No vendió su colección, estuvo colgada durante muchos años en el Hotel Fairplay. En el Golf & Country Club colgó una colección de cuadros míos entre los cuales estaba aquel retrato de Rosa, y algún que otro paisaje subastado mucho después en Amberes. En aquel restaurante reinaba Koert Wyns, gran Chef y amigo, que tuvo que abandonarlo cuando la crisis financiera de 2008 apretó las tuercas a Bernardo con mala idea. Un día, Koert me dijo que echaba mucho de menos mis cuadros colgados en el comedor; le pinté una versión del que más le gustaba para que la colgara en su casa. Él fue quien me dió la funesta noticia de la muerte de Bernardo hace pocos días.

En nuestros muchos encuentros, Bernardo me hizo preguntas y expresó pareceres nunca del todo inocentes. Buscaba en mí una información sencillamente humana que yo nunca logré darle… No la tenía. Sobre el raro designio de la vocación artística que últimamente parecía proliferar como las ratas… El extrañamiento del ser artista en medio de un mundo prosaico… Sobre todo del ser que no vive ni pinta sólo para la riqueza. Queria saberlo, él, que no debió sentirse nunca pobre, ni siquiera cuando se declaró arruinado... “Mientras tengas ese coche que llevas desde hace tantos años tengo la esperanza de poder comprarte cuadros” —bromeaba. Aún lo llevo.

“¿Qué busca una mujer en un hombre?: ¿...Una forma de vida original?; ¿...Sólo una buena vida?; ¿...Verdadero amor?; ¿...Un padre para sus hijos?” —Me lanzaba una andanada de interrogantes curiosos. Reconozco que lo de la “forma de vida original” me dejó a cuadritos. Acto seguido, de repente, con su eterna copa de espumoso —extra cuvée— en la mano temblona, hilvanaba cinco chistes de “penis” —forma sui generis de referirse al miembro masculino— y otras veleidades eróticas, con un brillo adolescente en la mirada. Entonces, le salía de las tripas el bernardo jocoso. En ese terreno era efímeramente feliz, por eso lo practicaba tan recurrentemente, aunque disponía de otros “ascensores” más fiables hacia la felicidad: su familia siempre fue su mejor aventura.

Desde el primer momento, atisbé en él el deseo de establecer una continuidad con los otros como rito necesario. Conmigo, como con otros amigos de la profesión, tenía un nexo extravinculante: el Arte, que le venía de familia; creció entre cuadros de Van Dyck y Rembrandt en aquel castillo paterno, en su Bélgica natal.

También yo estaba deseoso de establecer una especie más perfecta de continuidad con él. Aun así, no lo hicimos mal. Pero temía cansarle, distraerle, ponerle en algún aprieto… Cargarme algo de forma irreversible, pues empezaba a tener serios problemas, según me confiaba. Y así he actuado hasta el final sin olvidarme, eso sí, de agradecerle muchas veces todo cuanto hizo por nosotros ni de felicitarlo cada cumpleaños hasta el último de su vida, el 24 de septiembre de 2020, cuando cumplió 75, pues sabía que gustaba de celebrar cada nuevo año como si fuese el primero; ritual que nunca he practicado conmigo mismo.

Tengo su voz grabada, entre tantas otras queridas —algunas ya no existen—, en un casete del viejo contestador automático, cuando llamaba desde Australia, Tánger o Nueva York para brindar, con palabras espumosas, por la amistad y el arte. Era un bernardo muy distinto al que se mostraba de forma cotidiana; como si liberara de pronto una espiritualidad cautiva, algo muy propio de artistas, y siempre con un comportamiento exquisito.

No era pijo, a pesar de su posición; él, que podría haber sido tan frívolo como el guión que su destino le hubiese querido imponer, arrojándole a las aguas de la banalidad como aquellos navegantes del Rhin que se ahogaban tras los cantos de Loreley, la sirena despampanante que los hipnotizaba. No creo que se engañara sino lo justo para poder seguir. Él quiso crear un mundo bello para su descendencia, pero las tormentas de ceniza lo cubrieron todo de ofuscación. El infortunio estaba esperándole embozado y siniestro. ¡Qué injusto!

Le quise; le quiero. Fue mi patrón, aunque nunca pretendió mandar en mi trabajo más que un marinero. Y fue un gran amigo, al que me negué ver en los momentos peores para poder recordarlo siempre piruletón, espumoso, espiritual, extra cuvée… Ruego a Dios que le otorgue una paz bordada.

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