He leído argumentos a favor de la educación pública que resultan perfectamente razonables. No es fácil entender por qué los grandes representantes de la nación, sentados en el consejo de ministros, engolan la voz en defensa de lo público, pero llevan a sus hijos a escuelas de pago. “De pago” – como quería Sánchez Ferlosio – para no ocultar la diferencia clave entre la escuela pública y la llamada escuela privada.
Estos Sres. y Sras. que ocupan los cuadros de mando del Estado, pero que no confían de hecho en su capacidad educativa, parecen incurrir en una contradicción ejecutiva. Más sorprendente sería que, por el contrario, conocieran la capacidad educativa del Estado y quisieran proteger a los suyos de su eficacia. En cualquier caso, el Estado les paga bien y, según nuestros democráticos principios, pueden gastar el dinero que reciben del Estado en lo que les plazca, en nombre de su sacrosanta capacidad de libre elección. Es el nuevo socialismo, que ni es tan nuevo, ni nada.
Pero tampoco tiene sentido – desde una posición, digamos, liberal – impugnar la decisión de estos consumidores de bienes educativos, que pueden hacer con su dinero lo que les salga del gusto. Precisamente, su socialismo puede encontrarse en la formación del gusto – algo, en principio, tan poco moderno – porque han decidido educarnos hasta las últimas consecuencias. Se trata de dar forma o educarnos hasta alcanzar la comprensión de nosotros mismos y nuestra relación con el prójimo: nuevas identidades en este hermoso pantano de libertad en que cualquier relación esporádica y fugaz queda sancionada. Identidades fluidas en “relaciones negativas”, que son una suerte de no-relaciones, efímeros contactos que preservan intacta la capacidad de elegir: follamigo, sexo casual o virtual etc. contactos orientados por un hedonismo que llaman autotélico, que quiere decir simple y llanamente egoísta.
Se trata de que cada uno sea libre de elegir lo que desee, siempre que desee elegir lo que hemos decidido que elija, mediante su educación. Nada fuerza su voluntad puesto que, bien construida por la maquinaria educativa, podrá libremente inclinarse sobre los objetos adecuados. Ahora, sin embargo, los “arquitectos de la elección” pueden prescindir del viejo aparato de las aulas y los pupitres, porque actúan con una eficacia sin precedentes a través de las pantallas, de los adminículos de menesteroso que llevamos puestos (wearable) o adheridos al cuerpo (wearable patch sensor) y que se extienden por nuestro entorno cautivando nuestra atención, para ponerla al servicio de sus fines perfectos. Las Smart Things – marca registrada de Samsung que pretende hacer inteligentes todas las cosas – invadieron hace tiempo la escuela y son hoy la verdadera fuerza educativa. No son propiamente públicas, ni verdaderamente gratuitas.
Tampoco son privadas, ni son de pago. El usuario ha de entregarles simplemente su alma, quiero decir debe prestarles su atención y conceder acceso a su identidad. Entregados enteramente a estos nuevos benefactores del género humano nos disponemos al gran Reinicio.
El sueño moderno del individuo autónomo orientado a la libre satisfacción de sus preferencias concluye en el átomo arrojado al viento electrónico que se deja conducir libremente. En el sentido más inmediato, porque los automóviles están a punto de escapar de nuestras manos, mientras las grandes tecnológicas pujan por captar nuestra atención en el interior de esos vehículos que ya no conduciremos, porque seremos llevados no solo de un lugar a otro – en el ambiente higiénico de las nuevas Smart Cities – sino de una realidad a otra, viajeros radicales de una identidad a otra según los designios inescrutables del Señor del Mundo.
El nuevo socialismo capitalista ha desbordado la distinción de lo público y lo privado, como hace tiempo que se complace en dejarnos jugar con la distinción de la izquierda y la derecha. En el estado de ruina del viejo mundo antropológico, parece comprensible que cada cual busque cobijo allí donde lo encuentre. No lo hallará en la escuela, ni en la de pago, ni en la otra. A mi juicio, quizás errado, sólo cabe encontrar defensa real junto al que es capaz no de hacer inteligentes todas las cosas, sino junto al que es capaz de hacerlas nuevas.