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TRIBUNA

Ley, Memoria e Historia

Antonio Domínguez Rey
lunes 09 de agosto de 2021, 20:25h

Legislar la Memoria es un atrevimiento filosófico y político de envergadura. Dice Platón por boca de Sócrates, en el Banquete, que si los conocimientos pierden el enlace que los une, el conocimiento resulta imposible. El hombre perdería el vínculo que lo sostiene. Sería otro animal de la existencia sin el atributo lógico que lo singulariza. Debe haber, por tanto, algún fundamento que lo mueve a indagar en la experiencia para convertir a la memoria en monumento suyo. Es el ansia de encontrar un sentido a la vida. Se basa este en los recuerdos, que son vivencias acumuladas. El cúmulo del tiempo apiñado individual o colectivamente, en un período corto o largo de vida y en un espacio también circuido o sin fronteras. La extensión e intensidad del recuerdo nos abisma en la profundidad de la Historia. Tocamos el horizonte inmemorial de la existencia y lo recortamos apilando vestigios, indagando principios de la naturaleza y del cosmos. Una vez determinados estos, los elevamos a categoría de leyes, sometidas siempre a variación posible según avancen la investigación realizada y los instrumentos que la favorecen. Las leyes de la naturaleza universal son regulaciones invariables observadas en los fenómenos, no prescripciones de actuación o comportamiento. La ciencia positiva se atreve a prescribir partiendo de lo experimentado, mientras no varíen las condiciones y resultados obtenidos. Las leyes del hombre difieren, sin embargo, y a pesar de ser parte privilegiada de la naturaleza. Su fundamento es la libertad de actuación. Puede negarse y abolirse a sí mismo. De su libertad depende en gran parte el destino de la naturaleza.

Dictar leyes a la Memoria fuera de su regulación físico-psíquica, para sobrevivir, resulta absurdo, pues siempre habrá un acto libre, o en apariencia azaroso, que las desdiga y desvincule. Su ley tiene otro rango, el moral, basado precisamente en la responsabilidad del sentido que el hombre obtiene como fundamento de su vida y del entorno que la sustenta. Aun así, no hay ley que explique ni coarte la Historia fuera de la libertad humana. El único ser que se otorga regulación de actuaciones como principio vital es el hombre. En esto se basa su autonomía.

La Historia es, no obstante, conocimiento, “The least artificial extensión of common knowledge”, dice George Santayana. Su entidad consiste en el registro de la memoria objetivamente vinculada. Los vestigios, documentos, recuerdos, testimonios, el material objetivo, no hablan por sí, sino mediante el enlace y vínculo determinado entre ellos. Y tampoco bastaría un análisis riguroso de su concatenación. Ni siquiera la película de los acontecimientos. La experiencia analítica nunca sería el hecho “en sí”, la experiencia narrada. El estudio histórico es hermenéutico. Implica interpretación, libertad fundada. Su objetividad científica depende del fundamento registrado, de las condiciones verificables del testimonio.

El subsuelo de la memoria es inmemorial, sentencia Levinas, quien somete el conocimiento histórico al subsidio extraordinario, insustituible, del Otro. Y esta dependencia introduce el argumento alterativo, la presencia suplida del Otro, cuya sustitución crea un problema más crucial. Implica sustituirme por él cuando lo invoco: ser realmente el Otro. Algo humanamente imposible y que, por ello, exige saltar la frontera del conocimiento analógico fundado en razón. Ir más allá de las bardas del Logos, proponía Antonio Machado con el suplido de los heterónimos. “Autremente qu’être ou au-delà de l’essence”, titula Levinas uno de sus libros fundamentales. No se trata ya de una asimilación del otro como alter ego o prójimo. Estamos ante “algo inexorablemente <<lejano>>”, lo “irremediablemente otro”, comenta Ortega y Gasset. Las realidades concurrentes, antigua y presente, no son las mismas, ni sus vivencias. Los hilos que trencemos entre ambas estarán siempre sujetos a predicación continua. Son perspectivas suyas. La Historia exige comentario. Su reflexión abre más conocimiento. Ante esta singularidad, cabe “hacerme el otro”, técnica cuyo “altruismo intelectual es la ciencia histórica”, resume Ortega y Gasset. De este modo puede elaborarse una Historia como sistema, título del propio Ortega, pero sus lineamientos serán siempre perspectivas.

La única ley posible de regulación histórica es el testimonio de la conciencia liberada de todo escrúpulo y condición impositiva. La verificación de la “energeia” o acto pleno de ser como principio responsable de actuación vital. Y la responsabilidad es la respuesta que el hombre se da a sí mismo como fundamento universal de posición y actuación en la existencia. Esto implica a los demás seres de la naturaleza y nos compromete ante su realidad. El grado de implicación es también sujeto histórico de conocimiento. En él se fundamentan la democracia y el diálogo o comunicación que la constituye. La democracia es predicado del sujeto Historia en la abertura del Otro que la instiga sin sistematizarla. Algunos pensadores, como Jürgen Habermas, pretenden instaurar la acción comunicativa derivada de este conocimiento, e implícita en él, como consenso fundacional de la democracia. Tal pretensión es un buen propósito alterativo. En la mesa de diálogo siempre faltará, no obstante, el inexorable, insustituible e “irremediablemente otro” evocado en abismada ausencia. El consenso democrático contribuye a la Historia, pero no la fundamenta, como tampoco funda ciencia. El ausente, insustituible, no puede comparecer ante el juicio de la Historia, sobre todo si está muerto o ni siquiera hay memoria de su nombre, argumenta Levinas.

Dados estos precedentes veloces de síntesis hermenéutica y fenomenológica, resulta absurdo concebir Leyes de Memoria Histórica o Democrática. Las implicaciones tautológicas y subsunciones conceptuales desvirtúan la intención de estos títulos, pero no necesariamente los vestigios, testimonios, documentos, vivencias, recuerdos recuperables que los sustentan. Otra cuestión es el sentido traslapado de las formulaciones, sujeto también a criterio interpretativo. Forma parte, e interesada, del tema propuesto. El argumento histórico depende de las pretensiones o exigencias cognitivas de la memoria, añade Santayana. Su conocimiento es proyección en imagen presente de algún hecho antiguo visionado. Y los presentes actual e histórico difieren, puntualiza también el filósofo abulense de raigambre norteamericana. Por eso, la remoción del pasado responde a un interés de presente, comenzando por el sentido y destino del hombre en la naturaleza.

En España vivimos esta situación al legislar el Parlamento leyes como las citadas. Su proclamación requiere un análisis de los criterios y condiciones establecidas bajo arducias de presente político. Atañen al fundamento de la convivencia y memoria constitutiva de la Nación y Estado. Exigen un debate público que sirva de preámbulo a una más que deseable consulta nacional. Y hay mucho argumento solapado con intereses partidistas en los artículos legislados. Quiere hacerse depender el fundamento y destino de España −sintetizando mucho la situación política− de la Guerra Civil vivida hace ochenta y cinco años. Y hacerlo en un contexto histórico mundial muy específico, entonces y ahora. Se retrotrae para ello el presente a las condiciones ideológicas de aquel pasado, cifradas en la polaridad Monarquía-República, los dos sistemas abolidos en los años inmediatos a la contienda bélica. Lo curioso es que se pretende solapar en el debate un hecho específico que resulta clave. Quien terminó en el año 1939 con la alternativa citada de régimen político fue un general condecorado por la República, a la que sirvió en misiones especiales nombrado por sucesivos gobiernos suyos. Las consecuencias trágicas de ahí derivadas, con la imposición de un régimen militar que duró cuarenta años, se proyectan sobre sus precedentes obviando, en gran parte, este hecho. Un general republicano se rebela contra la República y la suprime, pero tampoco restaura de inmediato la Monarquía, como esperaban muchos de quienes lo apoyaron. Cuanto aconteció en ese interregno −un estado de excepción continua−, tuvo raíz en aquel enfrentamiento inicial. Habrá que analizar, por tanto, y con objetividad máxima, el antecedente y compararlo con su consecuencia, no menos rigurosa. No había franquismo antes de Franco. Este cometido ya es asunto de historiadores y pensadores del fenómeno histórico.

Si aplicamos, por ejemplo, las conclusiones de Giorgio Agamben al fenómeno clásico de la guerra civil, la stasis, y su trascendencia actual, entre el oikos y la polis, deducimos que una guerra civil no es guerra convencional. Lo privado, hogareño −oikos, casa en griego−, la economía familiar, y lo público, la polis, en principio polarizados, se entrecruzan en la stasis como estado de excepción. Lo público subsume la familia; la politiza. Se crea un umbral de indiferencia entre lo político e impolítico, una especie de adormecimiento mutuo. Fue algo experimentado en España durante la militarización franquista y en algunos períodos de la transición democrática. Agamben resume el proceso diciendo que la política “es un campo recorrido constantemente por las corrientes de tensión de la politización y la despolitización, de la familia y de la ciudad”.

Traslademos hoy esta relación polar a la parentela socio-comunista y a las ciudades de Madrid y Barcelona. El Gobierno tensiona al máximo la política y exacerba la singularidad de la familia catalana, en un caso, y de la ciudad madrileña, en otro. Aludimos a la familia en Cataluña por haberse cifrado la pretensión soberanista en torno a la figura de Pujol y ya antes con apoyos de tipo amigable a sucesivos gobiernos de la Transición. El polo de Madrid corresponde, como ciudadanía, a la representación nacional, que se sobrepone abiertamente a la del Gobierno aliado con tendencias secesionistas y anticonstitucionales. Su enseña es la libertad opuesta a la sombra de una dictadura en ciernes.

El esquema clásico de Agamben se cumple en el empeño del Gobierno español de politizar todo lo impolítico y de repolitizar lo ya politizado. El trasfondo de la stasis se manifiesta en la recodificación de las relaciones de las familias gubernamentales y de la oposición democrática. Las tensiones de base y baronías son un reflejo. Algo semejante sucede en Cataluña y el País Vasco. La politización de los partidos se extrema. No extrañaría que de ahí surgiera una tensión civil que el Maquiavelo de turno aprovechara sagazmente.

Mientras persistan en relación tensa los polos familia y ciudad, lo privado y público, la economía y la política, “la guerra civil no podrá ser descartada de la escena política de Occidente”, concluye Agamben.

¿Será España nuevo umbral de contienda civil como fue en 1936? La experiencia histórica vivida desde entonces debiera hacernos reflexionar más allá de la esencia parlamentaria. De esa reflexión depende nuestro futuro.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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