Cada día se emiten varias horas, en los momentos acostumbrados del desayuno, la comida o la cena, pero se intercalan emisiones más breves a distintas horas del día. Se trata de alcanzar a la gran mayoría de la población. Los medios escritos adoptan titulares atronadores, las redes sociales multiplican el eco y lo reorientan contra los escépticos. Cada día hemos de someternos a la inmersión directa en un escenario aterrador.
El cambio climático ha cobrado un ritmo inesperado, su aceleración constante anuncia un apocalipsis climático al que sólo podemos oponer recomendaciones ridículas. El colapso civilizatorio se agrava a enorme velocidad: multitudes de inmigrantes golpean las puertas de Europa, efecto de su responsabilidad colonial y de su destructivo sistema productivo. La potencia menguante de occidente se retira de todos los frentes que abrió irresponsablemente en los últimos treinta años. Se extiende una voluntad de expiación que sólo encontrará redención en la propia destrucción.
En diversos puntos de un planeta exhausto se señalan terremotos que masacran muchedumbres, lluvias que arrasan poblaciones o fuegos legendarios que calcinan el mundo, les siguen actos de mutua depredación y de una oscura bestialidad. Se nos informa de la alta probabilidad – 50% – de que el sol arroje sobre la tierra una enorme masa coronal, pero no es la única catástrofe insólita que nos amenaza. Los más precavidos reclaman una preparación para el desastre más inesperado. Por lo demás, vivimos desde hace ya dos años en un estado de pandemia insuperable que exige una transformación extrema de nuestros hábitos: un mayor aislamiento, un distanciamiento desolador. No serán cambios temporales, sino nuevos modos de vida, lo llaman la “nueva normalidad”.
También los índices económicos pronostican catástrofes: tasas de paro, deuda pública, un crecimiento falsificado que anuncia calamidades a medio plazo. La competencia mundial entre las potencias continentales de oriente y occidente, se desata estratégicamente: de Afganistán a Perú, de Nigeria a Tailandia. Le siguen señales de descomposición en los restos de nuestra vida personal: trastornos psicológicos, índice de suicidios, adicciones, conductas destructivas. Concluye una contracción demográfica que se saluda como un signo de cínica desesperación. Se predica no traer individuos a un mundo condenado.
La verdad fue la primera baja. Nadie puede creer en este delirio de desconfianza. La paranoia es el estado normal del conocimiento y la credibilidad se reduce ya a una cuestión de imagen. El mundo humano, la vida cotidiana, se asfixia en esta atmósfera de negación y desequilibrio. Hollywood avanzó hace tiempo este escenario de final de los tiempos y de ruina terminal. Ya no hay otra cosa en las pantallas.
Y en mitad de este cataclismo televisado, se difunde – sin paradoja – una neurosis masiva de felicidad a toda costa. Es una risa forzada que resulta una mueca ridícula. No se trata de que, tras la hecatombe, se nos ofrezcan banalidades pueriles: juegos, concursos infantiles sin inocencia, astracanadas, majaderías etc.
Se trata de que millones de sujetos niegan el escenario que contemplan y se presentan autónomos, dominadores y proactivos ejecutores de felicidad a ultranza. Una ola de pensamiento positivo afirma que somos los dueños de una realidad que define nuestra voluntad. La conclusión es evidente: somos responsables de ese escenario de catástrofe que podríamos cambiar por la vía rápida de cambiarnos a nosotros mismos. Nadie quiere cargar con semejante responsabilidad. Conclusión: todo el mundo afirma vivir en un estado de gracia al que no parece afectar el apocalipsis cotidiano. En la escombrera del presente, en este paisaje en bancarrota si te declaras desesperanzado o melancólico serás odiado como agente del mal que nos azota. Si no eres feliz, eres culpable.
No es fácil precisar en qué punto la prudencia dio paso a un miedo neurótico, en qué momento el temor al dolor y la muerte se convirtió en un estado de sobrecogimiento infinito. Fue sin duda ese mismo punto en el que, subyugados por el miedo, se manifestó una emotividad indeterminada cuya raíz es un acongojado apego al presente, un lamentable afán de preservar indefinidamente la vida en su desnuda actualidad.
Hemos olvidado que únicamente sobre la base de la verdad es posible una felicidad que no se reduzca a un estado de panfilismo ciego, de anodino bienestar, de pavor entretenido por el juego o la estúpida banalidad. Comprender la vida con su intrínseca limitación, con su dolor inexorable, con su grave responsabilidad es condición para ver – más allá de las tinieblas televisadas – la intacta maravilla del mundo.