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ORIENT EXPRESS

La magnitud del fracaso

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 22 de agosto de 2021, 19:16h

La victoria de los talibanes en Afganistán ha sido contundente. El ejército afgano y el gobierno de Ashraf Ghani se han hundido en poco más de una semana. El propio presidente está huido en los Emiratos Árabes Unidos. Sólo en el valle del Panshir queda un núcleo de resistencia del que se habla evocando la mítica figura del comandante Ahmad Shah Masud, asesinado por Al Qaeda el 9 de septiembre de 2001. Sin embargo, me temo que, a corto plazo, no hay que albergar demasiadas esperanzas de éxito. Los talibanes dominan el resto del país y disponen ahora del armamento que las tropas en retirada han dejado abandonado. Países como la República Popular China y la Federación de Rusia mantienen sus embajadas abiertas y los dos países están listos para un periodo de dominio talibán en Afganistán. Tarde o temprano, el realismo político se impondrá. Los distintos gobiernos terminarán entendiéndose con las nuevas autoridades del Emirato Islámico de Afganistán. El jefe de la diplomacia de la Unión Europea, Josep Borrell, lo dijo hace pocos días: “los talibanes han ganado, tenemos que entendernos con ellos”.

Ahora, después de dos décadas de protestas contra la presencia occidental en Afganistán, contra la guerra, contra las operaciones antiterroristas, contra los drones y contra todos los medios que se emplearon para combatir a los talibanes, muchas voces se alzan en Europa y en América lamentando la victoria de los islamistas. Las redes sociales están llenas de mensajes aterrorizados, con razón, por el terrible destino que espera a las mujeres, a las niñas, a las minorías religiosas y otros muchos grupos. Algunos países han evacuado, junto a su personal y sus tropas, a miembros de minorías sexuales en peligro. España ha dado ejemplo buscando a los afganos que trabajaron para ella y sacándolos del país. Otros países, que suelen dar lecciones en materia de derechos humanos, retiraron a su personal sin decir una palabra a sus colaboradores y empleados locales. Ahora ya se sabe quién protege a los suyos y quién no.

Se habla mucho de una posible oleada de refugiados afganos. Según datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados analizados por Statista, en 2020, ya había 148.000 refugiados afganos en Alemania, 40.000 en Austria, 32.000 en Francia y 30.000 en Suecia. De acuerdo con los datos de la agencia europea de fronteras (Frontex), entre enero y junio de 2021, más de 3.000 afganos intentaron entrar ilegalmente en la Unión Europea. La Oficina Europea de Apoyo al Asilo ha detectado un aumento del 33% en solicitudes de asilo de nacionales afganos. Turquía y Grecia han reforzado sus fronteras. Proliferan los llamamientos a acoger refugiados afganos. Luis Garicano, eurodiputado de Ciudadanos, difundía en Twitter un “llamamiento a abrir las puertas de los países occidentales a los afganos y, especialmente, afganas que quieran huir del Talibán” y añadía que “la generosidad con los refugiados es un deber de todos como seres humanos”.

Sin embargo, repetir los errores de 2015 sólo agravará la situación de 2021. La tragedia de Afganistán no se resolverá estableciendo en el continente a los afganos que logren llegar a sus fronteras. En realidad, algunas de las imágenes que se han difundido resultan algo desconcertantes porque muestran vuelos llenos de varones jóvenes en edad de combatir, no de mujeres y niñas. Algo similar sucedía -y sigue sucediendo, por cierto- con los inmigrantes que llegan de Marruecos, Argelia, etc. El perfil se repite.

Sin duda, hay personas determinadas que deben gozar del estatuto de refugiados porque sus vidas corren peligro. Creo que el ejemplo más claro es, de nuevo -sin perjuicio de otros grupos- el de los afganos que trabajaron para las tropas de la OTAN que se han retirado. En realidad, el refugio y el asilo político no nacieron como remedios jurídicos a las crisis migratorias. Pensar que Europa podrá acoger indefinidamente a lo que se denomina de forma genérica “refugiados” (en realidad, el termino se ha convertido en una categoría para designar por igual a inmigrantes, desplazados, fugitivos… y verdaderos refugiados) es una ingenuidad y algo mucho peor: es una irresponsabilidad. El asilo y el refugio no pueden ser respuestas generalizadas a crisis humanitarias. Desde luego, los talibanes dispondrán de ese poder ahora -la amenaza de una emergencia en las fronteras de la Unión con sólo dejar salir a quienes quieren huir del horror del Emirato- pero la Unión no puede responder abriendo sin más las fronteras. Las consecuencias de las decisiones equivocadas de 2015 deberían servir de lección para 2021.

Por desgracia, ahora mismo, es poco lo que se puede hacer para aliviar el sufrimiento de los afganos. Es uno de los precios que se paga por la derrota: la incapacidad de actuar, la contemplación de la devastación sin que podamos evitarlo. Hay sobradas razones para albergar los peores pronósticos para Afganistán. Por desgracia, Occidente ha sufrido un golpe formidable y carece de la determinación para responder. Nadie se ha marchado de Afganistán con las palabras de McArthur en Filipinas allá por 1942 –“volveré”- sino que se han marchado dejando tras de sí armas, equipos y una sociedad abandonada.

He aquí la magnitud del fracaso.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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