La tauromaquia ha pasado por varias etapas: de las justas entre los caballeros a la fiesta de pueblo, de un ejercicio libre de destreza a una fiesta reglada hasta los últimos detalles que disfrutamos hoy. Muchos cambios forjaron esta fiesta internacional y más cambios llegarán para moldearla en el futuro. Actualmente se siente un movimiento telúrico en el fondo de la tauromaquia. Algo se mueve debajo de la apariencia de la vistosa fiesta. A pesar de los ataques de los indocumentados, de los prejuicios antitaurinos de los ecologistas de despacho y de los problemas económicos del sector, si le tomamos el pulso a la realidad taurina, podemos percibir una fuerza que late en ella y que permite entrever el brillante futuro que pueda gozar.
El toreo a pie vive su gran momento: Morante de la Puebla, Antonio Ferrera, José María Manzanares, El Juli, Ginés Marín, Emilio Justo… la lista de grandes y esforzados diestros no se acaba aquí. Más bien, nos quedamos cortos porque son muchos los maestros que muestran su arte en las plazas grandes y pequeñas. En cada festejo los matadores dejan una profunda huella. Es toreo actual para la posteridad. Tanto el capote como la muleta son manejados con tal arte que dejan al público maravillado. La sana competencia entre los (sic) actuales figuras agudiza su estilo, ellos hacen arte al pisar el albero de cualquier plaza. No nos olvidemos de los rejoneadores, verbi gratia, Diego Ventura y Leonardo Hernández, que a base de disciplina y trabajo diario mantuvieron sus cuadrillas y magníficos caballos, salieron del parón más sabios y artistas que nunca.
La parte menos visible de estos triunfos son los profesionales como Nuño Ferreira, preparador físico y entrenador de diestros, que señala con mucho tino que aparte de ser atletas de alto rendimiento, los toreros son artistas que tienen que darle al público lo efímero de la belleza. Esta belleza, claro, es del todo imposible sin el toro, el gran protagonista de la fiesta. Asunto harto difícil de controlar y predecir. Los toros de lidia, sus castas y encastes, unas especies únicas, son el eslabón imprescindible para mantener la dehesa, un perfecto ecosistema. Sin embargo, parece no la dehesa y el toro sólo tuviesen trascendencia para los propios ganaderos de reces bravas, porque ellos no reciben ayudas de ningún tipo, ni siquiera pueden proteger sus reces bravas de los lobos. El toro de lidia, único por su genotipo y por su morfología, no es un asunto que preocupe a las autoridades, sino sólo a los ganaderos que pasan las veinticuatro horas del día en mantenerlos, la mayoría de las veces, sin esperanza de conseguir una recompensa económica.
En fin, toreros, ganaderos, novilleros, cuadrillas y empresarios están unidos por su resistencia, vitalidad y buen hacer. Son grandes profesionales. Es un sector que muestra lo mejor de sí mismo después de la pandemia. La pandemia los ha hecho más fuertes moralmente. No se han desmayado, al contrario han parado, han templado y, ahora, empiezan a mandar. Olé.