La retirada de Afganistán ha sido una operación de evidentes dificultades logísticas. La organización de los vuelos, la evacuación del personal de las embajadas y, en algunos casos, de los colaboradores afganos y sus familias se ha hecho en circunstancias muy adversas. No se trataba sólo del hundimiento del ejército nacional y de la presencia de los talibanes, sino de que atentados como el del 26 de agosto pudieran repetirse.
Sin duda, una retirada puede ser la ocasión de demostrar capacidad de organización y de mando. Un ejército que huye en desbandada siempre es peor que uno que abandona el campo ordenadamente. La caída de Francia y la retirada de Dunkerque podría haber sido muchísimo peor de lo que fue, pero fue terrible de todos modos. Como recordó el propio Churchill en el Parlamento, “las guerras no se ganan con evacuaciones”.
En estos días, se ha dicho que la retirada de Afganistán ha sido “la evacuación más compleja desde la crisis de Berlín de 1948”. El símil es equívoco. Aquella crisis -el llamado Bloqueo de Berlín (1948-1949)- fue el intento de la Unión Soviética de expulsar a los aliados de Berlín occidental para evitar las reformas que transformarían la República Federal en una potencia europea. El Plan Marshall tenía un triple objetivo: ayudar a la reconstrucción de los países democráticos de Europa, impulsar las inversiones estadounidenses estratégicas en el extranjero y evitar que la influencia soviética se extendiese, a través de los partidos comunistas, a Europa Occidental. Berlín fue la prueba de que se podía plantar cara al comunismo y derrotarlo.
Mientras la zona oriental seguía en ruinas, los aliados occidentales -Estados Unidos, el Reino Unido y Francia- reconstruyeron el sector occidental de la ciudad. En 1948, decidieron unificar las zonas de Alemania que ocupaban e iniciaron una reforma monetaria para sustituir el viejo marco del Reich por el marco alemán para ordenar la economía de la zona occidental. Berlín iba a convertirse en el escaparate del mundo libre ante la mirada del mundo comunista: en el corazón de la Alemania ocupada por la URSS. Los soviéticos reaccionaron imponiendo una moneda, el Ostmark, que pretendieron aplicar a todas las zonas de Berlín; incluso a aquellas que no ocupaban. Para forzarlo, cortaron el transporte por carretera, el ferroviario y el fluvial. Interrumpieron el suministro de energía eléctrica. Se trataba de obligar a los estadounidenses, los británicos y los franceses a abandonar el sector occidental de la ciudad.
Los aliados decidieron resistir.
Con todas las vías de transporte terrestre cortadas y con el tráfico fluvial interrumpido, a Berlín occidental sólo le quedaba el aeropuerto de Tempelhof. Liderados por los Estados Unidos, los aliados organizaron un puente aéreo que abasteció a la ciudad de alimentos, combustible y otros productos entre junio de 1948 y mayo de 1949. Participaron efectivos de las aviaciones estadounidense, británica, canadiense, australiana, neozelandesa, sudafricana y francesa. Se realizaron más de doscientos mil vuelos. Se llevaron a la ciudad unas 4700 toneladas de carga al día, aunque hubo días que se llegó a las 9000 toneladas. Con ocasión del Domingo de Resurrección de 1949 llegaron a Berlín 13000 toneladas de bienes en unas 48 horas. Los berlineses, que apenas cuatro años antes habían combatido calle a calle defendiendo la capital del Reich, vieron que los aliados occidentales no iban a ceder ante los comunistas. Berlín demostró las diferencias entre los dos bloques que se enfrentaban en la Guerra Fría.
La retirada de Afganistán ha sido todo lo contrario. No ha sido una prueba de determinación y firmeza frente a una tiranía -el régimen de los talibanes- sino un signo de debilidad de los aliados. Berlín sirvió para mostrar al mundo que se podía resistir al comunismo. Kabul ha servido para que el mundo vea cómo se retiran las democracias. En Berlín, los Estados Unidos demostraron que no abandonarían a su suerte a los alemanes occidentales. En Kabul, hemos presenciado la muerte de una pobre gente desesperada por huir de un país que los aliados han dejado caer.
Desde hace veinte años vivimos una guerra que no es sólo militar, sino también cultural. Occidente no sólo se ha retirado de Irak y de Afganistán, sino que ha bajado los brazos en la defensa de los valores que lo fundaron: la dignidad intrínseca del ser humano, la libertad, la razón, el poder limitado, el imperio de la ley; en suma, el legado de Grecia, de Roma y de Jerusalén. La civilización que dio esperanza a millones de seres humanos que sufrían la opresión de las tiranías comunistas se desgarra hoy entre políticas identitarias, sentimentalismo y complejos de culpa. Hoy defenderían defendido una retirada de Berlín para evitar conflictos y en aras de la paz y de la tolerancia. So pretexto de negarse a la guerra, optarían por una rendición incondicional.
Y dejarían abandonados a los berlineses occidentales como han hecho ahora con tantos afganos.