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TRIBUNA

El periodismo de Luis María Anson

martes 07 de septiembre de 2021, 20:33h

Despuntamos como especie creadora y competitiva, aunque ese afán nuestro de competición no sale del cuadrilátero endémico. Me habría gustado saber si la competición con otra especie inteligente nos habría hecho más honestos. Vamos… que rivalizamos entre nosotros mismos —muertos los titanes hace tanto—, con lo cual hay mucha usurpación, tal es nuestro vicio, y no solo en la música popular como advirtiese Diego Manrique al hilo de Led Zeppelin. Sólo de esta forma parece progresar la especie, creando unos y usurpando otros. O, tal vez, usurpando todos, no siempre con clara conciencia de ello. Hay, a pesar de todo, casos excepcionales.

La competición creativa es fruto de una necesidad legitima de supervivencia, pero lo más perjudicial del hecho competitivo radica en la falta de un resultado consensuado sobre la excelencia. Esto pasa por una falta de rigor a la hora de jerarquizar la calidad y originalidad de las creaciones a tenor de razones subjetivas e incluso innobles. Este es uno de los grandes chascos que he sufrido desde siempre al mirar el panorama que me rodea. He visto cómo los mismos creadores niegan lo evidente. No hay axiomas respecto de la creatividad y la calidad de los creadores mientras no determina la historia su escalera al cielo. A partir de ahora le será más difcil incluso determinarla.

La desfachatez llega hasta el punto que muchos creadores contemporáneos se niegan a mirar de frente la obra de creadores sublimes que deberían ser indiscutibles en admiración y orgullo de especie. Hasta críticos profesionales comenten estos delitos, auténticos crímenes execrables contra la cultura pero, sobre todo, contra la verdad. En cambio, reparten laureles como pelotas de nivea sobre las playas. Hay esnobismo y caprichosidad y en casos concretos mala leche.

Yo he disfrutado mucho leyendo a los grandes columnistas del periodismo. Y al mismo nivel he gozado con los grandes artistas o los grandes escritores y poetas. Y he sacado un rédito muy beneficioso para mí. Negarlo es un acto miserable.

El columnismo es un arte muy difícil. No se nace con vocación columnista como se nace escritor o compositor. Se hace uno después de descubrir el método de glosar los acontecimientos que uno vive o explicárselos uno mismo.

Hay artículos que valen como un tratado, o un gran viaje; otros, ni como columnas. Aquí la mecha mental no prende en las manos como ocurre con el ceramista o el guitarrista sino en un ingenio mejor o peor traído.

Luis María Anson es un articulista excepcional; ya traía encendidas las neuronas como un ramo de cañahejas desde la cuna. Es un prometeo con artes de fénix a quien nadie ha podido poner grilletes en los tobillos de la palabra. Franco lo mando al exilio, pero de eso no le quedó tara. Ha venido a este mundo para echar a volar nuestra paloma interior sobre los haces de luz de la cultura y para defender la razón —la suya— las veces que haga falta… Y ya van dos.

Anson es un tutor influencer de la escuela eterna de la juventud, a la que quisiera legar el mejor de los futuros y a la que ha mandado a viajar por el ancho mundo como consejero mayor. Su perfil político no quita ni pone a su carisma literario aunque ha definido su área de influencia; lo político es un factor de índole ciudadana y sociológica, no creativa. Una cierta ranciedad estética de origen, propia del entorno y la época, se le ha universalizado y su escuela, no siempre confesa, debe titilar en el bagaje de las nuevas generaciones de periodistas a poco que lo hayan leído; la ingrata y osada juventud siempre fue hija de Tántalo pero él tiene su recua de incondicionales entre los que me incluyo.

Muchos profesamos el rito iniciático de leer a Luis María en canal. Emociona encontrarse con la prosopopeya brillando trémula al fondo de una carcasa de palabras crudas que contienen la respiración para no dejar de ser lo que deben ser: información crujiente, vísceras y cueros vivos. Porque a Anson la literatura le nacería siempre con una querencia lírica si no la metiera en cintura periodística. Es un articulista alfa capaz de recorrer hasta la omega sin perder resuello plástico.

Anson extrajo de Lavoisier que las lenguas son “métodos analíticos con cuyo auxilio procedemos de lo conocido a lo desconocido”. Pero bien sabe que lo propio del periodismo es darle una media verónica a este razonamiento —una y las que hagan falta—, para acercar a la luz del entendimiento general lo que yace corrompido.

En realidad, la luz periodística suele atravesar el prisma de la relatividad con la misma alegría que Pedro cruzaba el Tiberiades y aunque la búsqueda concienzuda de la verdad debería llenar las redes, en el espectro expuesto resulta cada vez más difícil desgajar la opinión más ajustada a certeza.

De Anson siempre he sacado una medida de ética, aun cuando me haya posicionado lejos de aquello que por momentos defendía.

Su periodismo es estatuario, en más de una acepción: primeramente, es hito monumental, “columna de duro mármol” según una definición metafórica suya de la vocación periodística; en otro sentido es base para la creación de un bello perfil (literario); por último, piedra mineral de naturaleza exquisita (mármol Statuario).

Durante su paso por el famoso Colegio del Pilar dejó sentadas las mejores bases de su futuro y boquiabierto al profesorado. Es un hombre valioso no solo por mochila hereditaria, que la llevará, como buen hijo de vecino, ahíta de cachivaches éticos y estéticos. Su Lógica de Sujeto, sus reglas, su método de conocimiento y su equilibración, de los que Piaget habló al mundo, ponen el resto al hombre inteligentísimo que es.

Su admiración por la pintura y su honesta sensibilidad le han llevado a invitar a los creadores de aquélla al podio intelectual porque sabe, con Leonardo da Vinci, que la pintura —incluida la abstracta, recalcó Anson— es una cosa mental, “un pensamiento que se ve y no se oye”. Y resulta que esto no es baladí. Se suele creer que el arte es un juego de encantamiento, una habilidad de los sentidos. No obstante dijera el poeta que el arte es un mero juego, Picasso fue una de las mentes más peculiares de su siglo.

Y abundando en la pintura, Anson dijo haberse prendado de la quintaesencia artística del pensamiento de Fernando Zóbel, el gañafón primigenio de su raciocinio —óleo negro sobre lienzo blanco— en ausencia total de polvo y paja. El don de articular el gesto artístico puede ser tan necesario como el gesto mismo y ese don lo tiene Anson. Comparto absolutamente con él una pasión por el pintor de los ornitópteros y las brumosas orillas del Júcar.

Si Zóbel fue un prisma de ojos mentales, una suerte de invento surreal fabricado por la vida para aquilatar la belleza, Anson es un poliedro racional que no sabe por qué cara alumbrarnos hoy. Sí lo sabe, pero querría irradiar por todas a la vez pues tiene muchas glosas que colgar en las páginas sobre todo aquello por cuanto el hombre se afana. Su periodismo parece luz intelectual derramada alla prima, como esa citada pintura de primer gesto sobre la que no es necesario insistir (Zóbel o Twombly) o como el poema epifánico (La tierra baldía o Poeta en Nueva York). Pero detrás siempre hay mucho trabajo invertido.

Para él, el alumbramiento intelectual es el cauce donde las cosas devienen duraderas y las palabras no son sino cosas olvidables antes de sufrir la alquimia del estilo. Como vino a razonar Ezra Pound, la literatura es la noticia que permanece siempre noticia.

Lo que yo daría por tener una dinamo ansoniana en mis alas otoñales. Sí, ciertamente me considero un ser amarillento. Pero hay seres, como él, que han venido a quemar los motores del nervio; espíritus en combustión perpetua: ¡Más madera! ¡Más poesía! ¡Qué no daría yo por empezar —constantemente— de nuevo, como cantaba la Jurado! Y conseguir hacer lo que Anson a sus ochenta y pico años, sin solución de continuidad. ¡Don’t stop me now!, exigía Freddie Mercury; ¡Jamás anclar!, se juraba Gregorio Marañón.

Esta somatización de la vanguardia en juventud sempiterna lo hará una leyenda. La cultura le debe un pulso vibrante: ha amplificado los timbres de la occidental y el grito de la oriental. Hablador incansable de la Ciencia, que a la mayoría se atraganta, conviene que es “la cultura más profunda” y ha leído siempre a los científicos, desde Sánchez Ron a Maxwell, con la misma devoción con que ha leído estos difíciles meses últimos a su admirada Angélica Liddell.

Hace pocas semanas se me quebró una rama de la angustia ante un atisbo de flaqueza vital en su columna. Sonó a pronta escapada. Ya había ensayado ese gesto en 2019, cuando se marchó Carmen Jodra, hastiada del agraz de la existencia. Pero estos últimos meses fueron opacos como fosas marinas; la Covid volaba muy bajo; la esperanza seguía desmoronándose. En ese tiempo cobraban un sentido desgraciado las palabras que un día Luis María tejiera en El Cultural para la consagración de Julián Aragoneses: “Frente al esplendor del muro, cabe la gloria de los escombros”.

Ahora las portadas le muestran felizmente reconstruido, dispuesto a subvertir el orden de la desesperanza.

Es gran virtud de Anson la capacidad de asumir indistintamente las otras vidas que están en ésta. Cuando escribe sobre política ejerce la legítima vigilancia del periodista, que se sabe celador público y contrapoder; allá cada cuál con sus opiniones... Cuando aborda la poesía, circunda las columnas de su atrio con rimas de emoción. Para tratar otra de sus grandes pasiones, el teatro, maquilla sus palabras de plástica escénica logrando revivir el escalofrío del escenario.

Como gracieta genial, cuando no ha podido llevar flores a las actrices, se las manda por escrito desde su Primera palabra, caballero siempre; para los políticos también tiene ramitos, de frescas rosas o de aquellos que no valen un real.

Democracia y cultura son andamiajes modernos a los que ha arrimado el hombro. Su ideal del Estado democrático fue artefacto de futuro que pudo estallarle en las manos, pero el tiempo parece estar deseando darle la razón definitiva. Por otra parte, su razón cultural no puede existir sino en democracia, donde las instituciones amparan las leyes de la libertad y el progreso, único medio donde germinan las obras más novedosas e insólitas, tanto que pueden llegar a derrengar, como vivió en carnes propias.

Para mí la vanguardia si no es anarquista es pastichera, pero Anson vive sin vivir en él esperando siempre que se consagre lo más novísimo de la creación en los mismísimos hangares del sistema, y así sueña con el advenimiento de los hiperdramatic, tal es su interés por la performatividad y la tecnoescena, ojo avizor a la quinta vanguardia.

Luis María Anson es un periodista único, cultísimo, enamorado, elegante, coñón, desprovisto de todo lugar común y dueño de una plástica muy lírica y distintiva. Es magistral, hable de lo que hable. Todos esos trabajos y premios que atesora fulgen en las enciclopedias pero para mí, quizá, lo más grande de suyo propio —único — sea ese mágico talento para trenzar lianas de conocimiento y lirismo con un estilo impecable, alpaca literaria que cae a plomo en planos perfectos y luce un satinado de gran prestancia.

Fue Paco Umbral quien alertó de los peligros que acechan al estilo, entre la planicie y el sobrenjoyamiento. Y digo yo: el estilo... Ese pastor afgano que sabe mover, como Salomé, los flecos de su pelaje sin perder la vertical de su cabeza desnuda.

Umbral insistía en los peligros de quedarse sin papeles perdiendo el estilo. Anson no los pierde ni en medio de desbarajustes clínicos. ¡Ha sido milagroso! Y aquí está para mucho tiempo. Su periodismo es ya estatuario eterno.
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