El sábado 11 de septiembre se cumplieron veinte años de los ataques a las Torres Gemelas y al Pentágono. Con este aniversario ha comenzado el recuerdo de los atentados de Al-Qaeda que nos traerán a la memoria el 11 de marzo de 2004 en Madrid, el 7 de julio de 2005 en Londres, y otros muchos como los de Nairobi, Dar es Salaam, Yakarta, etc…
El mundo cambió tras el 11-S demostrándonos que la globalización tenía una cara siniestra insospechada, y que la guerra y el terrorismo global podían llegar a la puerta de casa. Para muchos, estos ataques confirmaban la profecía de Samuel Huntington en su ensayo de 1993 “El choque de civilizaciones” en el que pronosticaba que las religiones y las culturas estaban condenadas a enfrentarse.
La caída del Muro de Berlín en 1989 produjo un vacío de identidad que ha sido llenado en estos años con los fundamentalismos religiosos y étnicos. La falta de identidad produce siempre el aislamiento, pero, sobre todo, la sospecha hacia el otro, de modo especial si es de una cultura o religión diferente. Las guerras actuales ya no se libran para conquistar territorios, sino que son disputas entre fundamentalismos no sólo de origen religioso.
A los 10 años del 11-S, en 2011, el psicólogo y lingüista norteamericano Steven Pinker publicó un controvertido libro titulado “The better angels of our nature, why violence has declined” (Los mejores ángeles de nuestra naturaleza, por qué la violencia se ha reducido) en el que argumentaba que en este momento disfrutamos de la mayor paz conocida en la historia de la humanidad. Pinker utilizó como argumentación datos cuantitativos con el número de fallecidos a causa de las guerras frente a décadas precedentes. Sin embargo, y con las recientes imágenes de Afganistán en la retina, creo que no se pueden cuantificar las consecuencias de la violencia de este modo, pues las guerras actuales ya no se libran entre ejércitos tradicionales y, además, una de sus graves consecuencias son los efectos colaterales de carácter psicológico en la población civil.
Ortega y Gasset dijo: “La guerra no es un instinto, sino una invención”. Hace unos años el cantautor Luis Guitarra compuso la canción “Desaprender la guerra”, que recomiendo escuchar con detenimiento. Ahora toca “desinventar” la guerra y acabar con los fundamentalismos propios que excluyen las ideas de los demás.