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DESDE ULTRAMAR

Bicentenario de las repúblicas centroamericanas

Marcos Marín Amezcua
jueves 16 de septiembre de 2021, 20:16h

Las cercanas repúblicas centroamericanas han conmemorado el 15 de septiembre de 2021 su bicentenario de vida independiente. El proceso independentista hispanoamericano –otro episodio que merece tanto reflector como los viajes colombinos y es asignatura pendiente– no fue ni sencillo ni gestionado de la misma forma en todas partes. El ejemplo de Centroamérica es pues, uno de tantos en la manera en que se desmembró el Imperio español. Cinco repúblicas resultantes de la antigua Capitanía General de Guatemala a lo largo del istmo centroamericano comparten la fecha de partida en ese camino independiente unidas al 15 de septiembre: en orden descendente Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica.

En esa región aludida la independencia fue más tranquila, si bien no exenta de algún balazo. Hago patente que no se incluye en el sarao de 2021 ni a la monarquía de Belice –es como un limbo que no acaba de encajar en Centroamérica y cumplirá 40 años de vida independiente el 22 de septiembre– y Panamá, que solo en lustros recientes apenas se la cita y es incorporada como parte de la zona, pero cuya evolución formativa como parte de la Nueva Granada siguió derroteros distintos al que nos ocupa en este entrega.

Según la realidad de cada una de las cinco naciones aludidas en este bicentenario, han rememorado los sucesos que las independizaron de España –en un proceso bastante pacífico a diferencia de otras regiones, reitérese– pasando enseguida brevemente a anexionarse al naciente y pronto disuelto Imperio Mexicano, secundando el Plan de Iguala que celebró sus primeros doscientos años el 24 de febrero de 2021; y cuyas festividades han visto su culmen este 15 de septiembre remarcándolo de manera muy variopinta y no exentas de polémica.

Los consabidos logotipos alusivos, las rutas de la Independencia con una antorcha recorriendo la geografía patria, discursos, inauguraciones, desfiles, reflexiones, muchas, demasiadas acerca de sus pros y contras, logros y lastres, han significado los meses y años previos a la renombrada fecha, coronándola. El común denominador es ese sentimiento bien arraigado en América de celebrar una vida independiente y los ahíncos por construir naciones renovadas. América en estas conmemoraciones refrenda la ilusión de su vida aparte. Nada que no impida reflexionar profundamente.

Con el enorme gusto de leerla, dejo a ustedes las orientadoras palabras de mi amiga guatemalteca Gloria Murga, quien nos describe la situación de su país, intitulando su intervención con este encabezado: “‘Bicentenario de la Independencia, celebración de pocos, no la de un pueblo con hambre y miedo’. Hablar del Bicentenario de la Independencia de las provincias de la Capitanía General de Guatemala nos lleva a pensar lo poco que hemos avanzado durante todos estos 200 años y que no podemos obviar. Desde su inicio en la declaratoria de la primera Acta de Independencia se menciona “que siendo la independencia del gobierno español la voluntad general del pueblo de Guatemala… el Sr. Jefe político la mande publicar para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”. Desde ese momento ya quedaron establecidas dos palabras: “temibles” y “pueblo” en una asociación de miedo y desvalorización que al momento siguen vigentes. La historia muestra que nuestra independencia respondió a intereses económicos y políticos de quiénes querían continuar sosteniendo el orden colonial.

De origen se le negó al pueblo declarar su libertad y a 200 años poco o nada ha cambiado. Actualmente, hay una élite que quiere seguir sosteniendo sus privilegios, su status quo y los hilos del poder. La voz del pueblo guatemalteco sigue siendo nula, muy temida y aunque ahora con métodos distintos, se sigue callando. La realidad es la lucha por sobrevivir, la pobreza, la discriminación, la desigualdad y la muerte. Los actores, si bien distintos por cada época, en ambos casos carecen del valor moral para representarnos como pueblo y como nación.

Ya hemos aprendido que las esperanzas no se renuevan cada 4 años, que la caída por el abismo es larga y dolorosa. Mientras los cambios no sean sustanciales y sigamos con el mismo concepto de nación excluyente, racista, clasista, discriminatoria y elitista, todo será un espejismo. Hemos sido el patio trasero de la gran potencia y seguimos serviles ante los temas como la migración. La pregunta es ¿Hasta cuándo? Si bien como dice el Himno Nacional, “antes muerto que esclavo será”, aquí hemos pasado por esclavos y muertos y nada parece suceder. Los guatemaltecos, los ciudadanos de a pie, tendremos que plantear el Bicentenario como un desafío, porque el “Nuevo Rumbo de Nación” que planteó el Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras CACIF carece de un análisis histórico y de un humanismo, y es esta ausencia perenne lo que nos ha llevado a donde nos encontramos ahora y que de ser tomados en cuenta podrían ayudarnos a salir de la crisis social, económica, política y migratoria que estamos viviendo actualmente. Lo peor aquí, es que si nos quedamos de brazos cruzados, esta nueva declaratoria”.

Agradeciendo su anuencia a compartirnos unas valiosas palabras, mi amigo salvadoreño Carlos Abrego, apunta: “Los números redondos nos imponen el rito de las conmemoraciones: doscientos años. El dilema es siempre el mismo, ¿volver la vista atrás o tratar de avizorar un incierto futuro? Pero vayamos mejor directo al evento, muy controversial en mi país, aquella jornada que marca el fin y el inicio de procesos. Buscar la independencia era al mismo tiempo tomar consciencia de una identidad y sobre todo asumirla, una identidad inicial, que aún no lo es del todo y el proceso que surge es violento. Hay una lucha que se siente entonces de alguna manera como interna, entre sí mismos. Este proceso se acelera con la lucha misma y aparece con fuerza el otro que no llega nunca a ser completamente ajeno.

No obstante las batallas culminan en un acto absolutamente pacífico, con una simple declaración de Independencia. Esta aparente paradoja se explica si uno toma en cuenta todo el contexto continental y de la propia España, que también acababa de llevar a buen término su lucha independentista contra el tirano corso. España ha sido derrotada en toda Sudamérica y está exangüe. Digámoslo con palabras de hoy, la correlación de fuerzas era favorable para una simple declaración, para dar el “grito” final. Se marca un hito, desde entonces se van sucediendo generaciones que buscan y construyen la nueva identidad, que poco a poco se van dando los medios para ser una nación que ya venía en germen, desde los iniciales actos de rebeldía anticolonial.

El ahora, pues algo hay que decir, no es muy reluciente, nuevas dictaduras, éxodos masivos y nuevas dependencias. Por similares que sean los cinco países, cada cual tiene su historia, la famosa unión es apenas de encantación, mera retórica. Los valores que asumieron los próceres vuelven a ser urgentes, ojalá, como hace doscientos años, podamos encarnarlos pacíficamente”.

Así pues, los retos no menguan, la conciencia en su existencia es un valor añadido a la consecución de sus alcances. La unión centroamericana es lejana aún, más puede trabajarse en ello. Por lo pronto, sus pueblos han sido estoicos y no han bajado la guardia reclamando sus derechos, como apuntan sentida y atinadamente nuestros invitados. Mi felicitación a sus países y mis mejores deseos.

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