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TRIBUNA

El azar no existe en la naturaleza

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
viernes 17 de septiembre de 2021, 20:23h

Las palabras azar, caos, casualidad, aleatorio, fortuito, etc. no denotan alguna entidad que tenga actualidad o existencia real en la naturaleza. Lo que designan es el vacío de nuestro conocimiento, nuestra ignorancia, las limitaciones de la ciencia humana. Las frases A se produce por azar y no se sabe cómo se produce A son intercambiables. Si acaso, el azar podría estar en la conducta humana. Cualquiera puede hacer mañana todo lo contrario de lo que siempre ha hecho hasta hoy.

Pongamos un ejemplo bien claro. Dos reflexiones especulares seguidas se cancelan. No hay paridad en dos dimensiones. Por eso, en un plano es posible trazar una espiral a partir de un punto arbitrario, que va cubriendo todos los puntos del plano sin saltarse ninguno.

En un mundo de cuatro dimensiones tiene que ocurrir lo mismo. En teoría tiene que haber una curva tipo espiral que vaya contando todos los puntos del espacio tetradimensional sin saltarse ninguno.

La dificultad insalvable está en que no tenemos acceso empírico a ese mundo. Sabemos que esa espiral existe. Pero no sabemos cómo es. No podemos trazarla en la práctica. Queda claro que la inteligencia humana tropieza con un muro que nunca podrá saltar. Es una inteligencia finita, como suele decirse. La peor de nuestras ignorancias consiste en el exagerado respeto que solemos tener por la pomposamente llamada Ciencia, con mayúscula. Pensamos ingenuamente que todos los enigmas de hoy necesariamente serán resueltos en el futuro.

Digamos de paso que en nuestro mundo de tres dimensiones hay paridad. Tres reflexiones especulares seguidas dejan intacta la primera. Para pasar por todos los puntos de nuestro espacio hacen falta dos curvas, una para los pares y otra para los impares. Véase la fotografía de la maqueta de esas dos curvas en mi artículo en El Imparcial de 22 mayo 2020, titulado Patrañas de Cantor y Gödel.

Las polémicas sobre el azar o la indeterminación se han hecho famosas en dos temas muy concretos, la física cuántica y la evolución darwiniana.

En física cuántica es fundamental el principio de incertidumbre de Heisenberg, enunciado en 1927. No podemos medir, con precisión suficiente y a la vez, la posición y el momento -masa por velocidad- de una partícula cuántica. Si aumenta la precisión al medir una de las dos variables, disminuye en la otra.

Nada menos que dos gigantes de la física, Bohr y Einstein, discutieron agria y largamente sobre el azar en el mundo cuántico.

Bohr pensaba que el azar era una realidad intrínseca de la materia. Einstein rechazó el azar como algo existente. Lo interpretó correctamente como ausencia de conocimiento. Dios no juega a los dados, solía decir. Pero erró al pensar que ese vacío se llenaría en el futuro, cuando necesariamente descubriésemos las variables ocultas que de momento nos impiden ver toda la realidad cuántica. Se suele decir que Bohr venció en la famosa disputa. En efecto, el principio de Heisenberg sigue en pie y marca un límite insalvable a nuestra capacidad de conocer.

Pero entre los físicos aún domina el llamado espíritu de Copenhague. Las cosas son como las vemos. Si nos parece que hay azar, es que existe de hecho. Sed trata de una
reliquia de la filosofía idealista que dominó en el siglo XIX. Las cosas son como las vemos. Esse est percipi, decía Berkeley.

Por otra parte, las variables ocultas continúan sin aparecer. Y jamás aparecerán. Einstein tendría que haber reconocido que la mitación impuesta a la física cuántica es para siempre.

Con todo, lo más importante para nosotros es darse cuenta que el azar es sólo un vacío de conocimiento, y que a partir de ese vacío no cabe sacar conclusiones. Pues a partir de la nada es posible extraer cualquier conclusión y su contraria. Puede deducirse todo. Y por lo mismo no se deduce nada. Ex contradictione quodlibet, decían los medievales.

Desde el punto de vista lógico, ninguno de los dos fue un genio. Los dos estaban equivocados. Bohr creía que la indeterminación cuántica era algo existente de hecho. Y Einstein aceptaba provisionalmente una ausencia de conocimiento, pero estaba convencido de que la Ciencia necesariamente acabaría superándola.

El segundo ejemplo de disputa estéril lo encontramos en las controversias sobre el carácter aleatorio de la evolución introducida por Darwin. La situación se parece algo a la indicada antes sobre la paridad y el número de dimensiones de un espacio. Nadie pone en duda el hecho de que las especies animales más complejas proceden de las más simples. La acumulación de evidencias fósiles ha convencido a todos. Pero nadie sabe cómo, o de qué manera, se produce esa evolución.

Ordinariamente es muy lenta. Pero de pronto surgen enormes saltos, inesperados e inexplicables, como la explosión cámbrica. No se descubre una meta a la que tienda, o un criterio que la guie. El azar parece estar metido en la entraña misma de la evolución.

Cuando se descubrieron los ácidos nucleicos muchos pensaron que se encendía una luz semejante a las variables ocultas por las que suspiraba Einstein. Una mutación en el ADN puede explicar a la larga el salto de una especie animal a otra. Pero, cuando se investigó en detalle cómo tenían lugar esas mutaciones, volvió de nuevo el azar, lo aleatorio y lo fortuito. Y en ésas estamos. Los biólogos, como antes los físicos, chocan contra un muro insalvable, que pone bien de relieve las limitacione de su ciencia, por muy brillante que haya sido la proeza de haber descifrado el código genético humano.

Las disputas entre los físicos fueron más bien académicas. En cambio, las polémicas en torno a la evolución de las especies desbordaron el ámbito científico y tuvieron consecuencias más amplias de carácter filosófico y hasta religioso. Hubo quienes a partir del admitido azar en la evolución dedujeron que el cosmos entero carecía de finalidad, y hasta que Dios no existe. Nada menos que eso. Es el caso del biólogo Dawkins, que se hizo famoso con su gen egoísta, o del ateísmo agresivo del filósofo Dennett.

Pero siempre volvemos a lo mismo. Se discute sobre flatus vocis. Se razona tomando como premisas palabras como azar o casualidad, que no tienen correlato real. Y a partir de lo inexistente se puede probar todo. Por tanto no se prueba nada.

Por supuesto, yo simpatizo con la buena intención de los que buscan argumentos eficaces contra la osadía intelectual de ateos o agnósticos como Dawkins y Dennett. Pero les reprocho que estén convencidos, al igual que éstos dos autores, de que el azar es algo que existe de hecho en la naturaleza. Es el caso, por ejemplo, de Javier Pérez Castells (La ciencia contra Dios. Digital Reasons 2020). Escribe: es indudable que la teoría evolutiva era incómoda para muchos católicos y lo sigue siendo a día de hoy (Pag. 134).

Este autor podría haberse ahorrado su encomiable esfuerzo por encontrar razones contra las exageradas extrapolaciones de Dawkins, Dennett y compañía. Bastaba tener en cuenta que sus argumentos siempre parten de la ausencia de conocimiento, de la nada, de lo inexistente. En buena lógica son sólo humo, elucubraciones con palabras sin correlato real. No pueden ser incómodas para nadie.

Ni siquiera son argumentos.

Para confirmarlo, vayamos al inicio mismo del pensar, a la triple correspondencia entre los tres tipos de fórmulas lógicas y los tres modi del ser.

Válido....................................................Necesario
Consistente............................................Posible
Contradictorio........................................Imposible

No queda resquicio alguno para que exista algo carente de racionalidad, de correlato lógico. Cualquier ente contingente de nuestro mundo ha sido antes posible.

Y frente esa posibilidad está una determinada consistencia lógica. Lo mismo cabe afirmar del entero cosmos. Antes del Big Bang existía la posibilidad de que existiese.

Y frente a ella está la descomunal consistencia lógica, que suelo llamar CsCOSMOS.

Se excluye que algo pueda ocurrir por azar o sin correlato lógico. Otra cosa es que nuestra orgullosa Ciencia sólo tenga acceso a un ínfimo fragmento de esa colosal fórmula lógica.

Digamos lo mismo de otra manera. Si yo dejo caer una moneda al suelo, no sé si saldrá cara o cruz. Supongamos que cae cara. Sin embargo, una inteligencia superior a la humana podría tener información suficiente sobre los choques de la moneda contra las moléculas de oxígeno, dióxido de carbono, etc, que encuentre en el aire. Lo mismo sobre las motas del polvo con que tropiece en su camino, sobre la influencia del viento, etc, etc. Con esos datos podría probar que la moneda tenía que caer cara. Lo que a nosotros nos parece aleatorio y azaroso, para esa inteligencia sobrehumana sería un algoritmo perfectamente regular y determinístico. (Teorema de Chaitin 1975).

En conclusión, palabras como azar, casualidad, caos, etc. no designan más que el vacío o ausencia de nuestro conocimiento. Pero todavía hoy día muchos siguen abriendo la boca admirativamente frente a meras palabras sin correlato real.

Molière hace notar lo cómico de la gente de su tiempo que reverenciaba respetuosamente al médico que se sacaba de la manga un latinajo, para salir del paso y tapar la vergüenza de su ignorancia, Lo mismo ocurre ahora cuando la gente escucha o lee a Dawkins, Dennett y compañía cuando pontifican sobre lo fortuito de la evolución.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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