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TRIBUNA

Thiago de Melo, Vinicius de Moraes y la Bossa Nova

sábado 18 de septiembre de 2021, 18:23h

¡Aleluya! He leído por ahí que el poeta brasileño Amadeu Thiago de Mello ha cumplido 95 años. Es una lástima que lo haya perdido de vista. Me hubiera encantado enviarle mi renovado abrazo; llegar a esa altura de la vida no es poca cosa sin duda. Lo conocí en Isla Negra, en casa de Pablo Neruda y la última vez nos encontramos en Buenos Aires hace ya bastante tiempo. Es un devoto de Borges y fue invitado a un homenaje que la Biblioteca Nacional le hizo al autor de Ficciones. Thiago es un ser humano maravilloso, un verdadero prodigio. Uno de los grandes poetas de Brasil. Después del golpe que los militares dieron en su país en 1964, llegó a Chile exiliado y de inmediatamente se encontró con su amigo Neruda al que había conocido en París. Se alojó en La Chascona, la casa del poeta en Santiago, ubicada en la ladera del Cerro Santa Lucía. La generosidad de Pablo hizo que yo también me alojara en esa casa que hoy es un museo. Fue toda una experiencia para mí convivir durante casi dos meses con un maestro como Thiago. Cultísimo, alegre, elocuente, muy noble amigo, que pertenecía a esa raza de los únicos irrepetibles e irremplazables.

En la década del ’70 Thiago viajó por Europa, conociendo diversos países y acercándose a la labor literaria de numerosos autores. Cuando finalmente la democracia retornó a su tierra, regresó a su pueblo, de donde no volvió a marcharse. Si lo tuviera que definir como poeta, diría que es una de las voces líricas más esenciales de la lengua portuguesa contemporánea. Entre sus obras más destacadas se encuentran Silencio y palabra, La leyenda de la rosa, Está oscuro pero canto, Horóscopo para los que estamos vivos y Los estatutos del hombre, un valiente y auténtico canto a la vida, del que reproduzco algunas estrofas:

ARTICULO I
Queda decretado que ahora vale la verdad,
que ahora vale la vida,
y que, tomándonos las manos,
todos trabajaremos por la vida verdadera.

ARTÍCULO II.
Queda decretado que todos los días de la semana,
incluso los martes más cenicientos,
tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo.

ARTÍCULO III.
Queda decretado que, a partir de este momento,
habrá girasoles en todas las ventanas,
que los girasoles tendrán derecho
a abrirse dentro de la sombra,
y que las ventanas deberán permanecer, todo el día,
abiertas hacia el verde donde crece la esperanza…

Por aquellos años ‘60 puso pie en Chile otro gran poeta brasileño, Vinicius de Moraes, el artífice de la “Bossa Nova”; muy cercano a Pablo Neruda y a Thiago de Melo, otro ser encantador. Yo no imaginé nunca que los sutiles tonos de voz bien carioca de estos dos amigos, que hoy apenas resuena en mis oídos, me serían familiares ahora que entreveo sus caras, siempre rebosantes de afectuosas sonrisas.

Con Vinicius, que después se convirtió en un habitual visitante de Buenos Aires nos empezamos a encontrar muy seguido, y en un viaje que hice a Brasil fue mi generoso anfitrión. La portentosa ciudad, de la mano de uno de sus hijos más dilectos, era deslumbrante, casi mágica. Quién no conocía en Río de Janeiro a Marcus Vinicius da Cruz de Melo Morais, al famoso Vinicius de Moraes, todos lo amaban y le demostraban su cariño. Había nacido en uno de sus barrios populares en 1913 y era una de las referencias centrales de la vida cultural brasileña.

Sus vínculos con la Argentina fueron esenciales para su actividad de poeta y cantautor. En Buenos Aires, donde pasaba largas temporadas, se sentía como en su propia casa; aquí tocó, compuso, amó y se rodeó de amigos. Aquí se casó con Marta Rodríguez Santamaría, que fue su compañera por años. Aquí, en el cálido café concert La Fusa, junto a la cantante bahiana Maria Creuza, Dorival Caymmi, Joao Gilberto, Baden Powell y el Cuarteto Emcy, acompañados por el mago de la guitarra y compositor paulista Toquinho, impuso su “Bossa Nova”. Aquí confesaba haber pasado los mejores años de su vida. Aquí, con su voz de acento bien carioca, teñida por los cigarros y el alcohol, cantó como nunca. Muy seguido se encontraba con dos de sus más entrañables amigos porteños, la pintora Renata Schussheim y el enorme bandoneonista y compositor Astor Piazzolla. Recuerdo una cena con todos ellos en una cantina del barrio de La Boca.
Siempre sonriente, profundo, culto, desprendido, libre, Vinicius ofrecía su encanto en un escenario donde la melodía de sus preciosas canciones envolvía al visitante. Adoraba la Argentina y hasta confesó que era su otra patria. El editor Daniel Divinsky, artífice de Ediciones De La Flor, fue uno de los que llevaron a la imprenta sus poemarios. Tengo ante mí, con una cariñosa y divertida dedicatoria, Para una muchacha con una flor, el libro ilustrado por Renata Schussheim.

Vinicios era un compinche, un auténtico maestro que enseñaba a vivir con intensidad. Era un hombre cultísimo, con un sentido del humor asombroso, que convocaba gente y divertía a su alrededor. A Borges le había caído muy bien y le encantaba su acento brasileño. Lo acompañábamos por Buenos Aires y a veces almorzábamos en algún restaurante del barrio de San Telmo. Su poesía, entonada por la melodía de su Bossa Nova, emocionaba y contagiaba su ritmo singular. Pero Vinicius era esencialmente un poeta del amor. Con audacia y el debido respeto, un poco al correr de las palabras, me permito traducir su impecable “Soneto de la desesperación”

De repente una risa se hace llanto,
tan blanca y presurosa como bruma.
En dos bocas unidas se hace espuma
y en manos encrespadas es espanto.

De repente la calma vuelve al viento
y apaga en dulces ojos una llama.
El inmóvil momento ya es un drama.
De repente todo es presentimiento

De repente, tan solo de repente,
se vuelve olvido lo que tanto amamos,
y lejanos, perdidos nos quedamos.

Ese amigo, tan próximo es distante
y la vida se vuelve muy errante.
De repente, no más que de repente.

La Bossa Nova ya forma parte entrañable de la romántica música popular brasileña. Deriva del tradicional “Samba” y la influencia del jazz es evidente. En los inicios, el término se usó para designar una nueva manera de cantar y tocar y vino a ser, lo que podríamos llamar, una “reformulación estética” dentro de la moderna y urbana canción carioca. Basándose en una instrumentación simple y un elegante manejo de las disonancias, la “Bossa Nova” desarrolló un lenguaje propio con un íntimo lirismo.

Surgió a finales de los años cincuenta de la mano de Vinicius y de músicos como João Gilberto, Tom Jobim y otros jóvenes cantores y compositores de clase media de la zona sur de Río de Janeiro. Con el pasar de los años se convirtió en uno de los movimientos más influyentes de la historia de la música popular brasileña, llegando a alcanzar la proyección mundial que hoy la honra. “La Garota de Ipanema” (La chica de Ipanema) de Vinicius, que muchos recordamos con su ritmo contagioso puede servir para ilustrar esta reseña. Va aquí en su original y luego mi atrevida traducción al español:

Olha que coisa mais linda mais cheia de graça


É ela menina que vem que passa


Num doce balanço caminho do mar

Moça do corpo dourado do sol de Ipanema


O seu balançado é mais que um poema


É a coisa mais linda que eu já vi passar

Ah, porque estou tão sozinho


Ah, porque tudo é tão triste


Ah, a beleza que existe


A beleza que não é só minha


Que também passa sozinha

Ah, se ela soubesse


Que quando ela passa


O mundo sorrindo se enche de graça


E fica mais lindo por causa do amor

Mira que cosa tan bella y llena de gracia
es esta chica que viene y que pasa
en un dulce sendero camino del mar.

Chica con cuerpo dorado por sol de Ipanema
que va balanceando y es como un poema;
la cosa más bella que he visto pasar.

Ah, ¿por qué yo estoy solo?
Ah, ¿porque todo es triste?
Ah, si hay tanta belleza
que pasa a mi lado…

Su belleza será solo mía
y aunque ella va sola
tan llena de gracia enciende mi amor.
Ah si ella supiera
que cuando se mueve
el mundo sonríe
y se vuelve precioso gracias al amor.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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