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TRIBUNA

La objeción contra el presente

domingo 19 de septiembre de 2021, 17:50h

La dura filosofía estoica envolvió en una aureola sombría el acto de quitarse la vida: “la vida nunca es insoportable porque ofrece siempre una puerta de salida”; Nietzsche prolonga ese estilo de apariencia poderosa: “el pensamiento del suicidio me ayuda a soportar más de una mala noche”.

Pese a tales antecedentes no veo nada heroico en el suicidio, porque no hay nada heroico en la huida. Ésta puede ser racional, fruto de un cálculo ponderado que concluye en función de su conocimiento de las circunstancias: exactamente lo contrario de la pasión heroica. No hay una épica del suicidio, aunque resulte asombrosa la racionalidad cortante del que toma la vía de escape ante una situación que parece no ofrecer otra salida.

Entre los filósofos se encuentran también los que han vuelto una y otra vez sobre la idea del suicidio, pero paradójicamente por un exceso de gozo por la vida. Los que rumian su pasado y tienen una conciencia sensible del curso del tiempo, los que ven la muerte como un tránsito inadmisible que les privará del placer del llanto por la fugacidad de los días. Entre estos se encuentra Cioran, inclinado a una santidad siempre negada. El más cristiano de los anticristianos.

Frente a este suicidio del filósofo, terriblemente racional o entregado a una fruición de vida sensible, la mayoría de los suicidas se ejecutan bajo una tormenta de angustia que no les permite forma alguna de consideración racional de las circunstancias y hace de la vida un tormento atroz. En su gesto de desesperación sólo puede verse el agónico impulso a detener el sufrimiento, a suprimir un dolor que ya no es soportable. Y aquí se delata la miseria de nuestra sociedad espectral, incapaz de aportar los medios que hicieran admisible la vida de los que no huyen de la vida, sino del miedo, del dolor o de la angustia.

El constante incremento de la tasa de suicidios tiene una precisa cronología. Indudablemente, el fenómeno no es nuevo, pero lo es su magnitud. Es ese crecimiento exponencial el que llama la atención de los primeros sociólogos, ya en la primera mitad del siglo XIX. Es esa curva, a la larga constantemente creciente, la que resulta a la vez sugestiva e inquietante. Personalmente inquietante, teóricamente sugestiva. Sin olvidar la densa masa de sufrimiento que esconden las cifras, sólo podemos atender hipnóticamente al problema que representan.

Y, sin embargo, no es un problema de índole teórica o abstracta que pudiéramos abordar como un ejercicio de cálculo y resolver mediante un programa de ingeniería social. La causa primera de ese acto que pone fin a una vida es el más extremo desamparo. Una indigencia anterior a la miseria económica, una absoluta orfandad, una vida solitaria. Tras el gesto terminal está el olvido colectivo de nuestra condición profundamente comunitaria, el eclipse del principio elemental que nos recuerda que nos debemos unos a otros.

Por eso el acto del suicidio nos acusa a todos y nos imprime la herida de una culpa que está tras nuestro afán por ocultar la desoladora realidad del acto elemental y su magnitud creciente. Mientras el gesto de autonegación nos avergüence y nos escandalice la extrema soledad del prójimo cabe albergar alguna esperanza. Nada peor que tratar el suicidio como un fenómeno parcial, que derivaría de alguna suerte de disfunción que las ciencias sociales y sus tecnologías asociadas podrían corregir mañana.

“No es que el suicidio sea un pecado, sino que es el pecado. Es el mal definitivo y absoluto, la negativa a interesarse por la existencia y a pronunciar el juramento de fidelidad a la vida. Quien mata a un hombre, mata a un hombre. Quien comete suicidio, mata a todos los hombres...” (G.K.C) y son todos los hombres, añadiría, los que le matan. El mal definitivo y absoluto, cumplido por el suicida, deja un eco interminable en cada uno de sus semejantes. Es un signo inclemente escrito en el umbral de nuestra sociedad.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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