www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Una visión rigurosa de la historia de la Iglesia

Juan José Laborda
x
1718lamartingmailcom/12/12/18
domingo 19 de septiembre de 2021, 17:53h

José Ángel García de Cortázar y Ruiz de Aguirre (Bilbao, 1939), el acreditado medievalista, acaba de publicar un libro importante, titulado La Iglesia en el reino de Castilla en la Edad Media (años 711-1475), en la editorial Marcial Pons Historia.

Es una síntesis que nos permite conocer la historia de la Iglesia católica desde su mismo origen en Hispania, pues García de Cortázar se remonta en la introducción de su relato a una de las epístolas de san Pablo (Romanos, 15, 24 y 28), en la que encontramos la primera mención de cristianos en la Hispania de los años 57 o 58 de la era actual, es decir, en la plenitud del Imperio Romano. Aunque san Pablo hizo planes para visitar España pasando por Roma, esto no sucedió nunca, pero su comentario viene a indicar que la península más occidental del Imperio era un territorio que estaba presente en las intenciones cristianizadoras de quien hizo de la predicación de Jesús, un judío con discípulos y creyentes judíos, una religión universal, con ciudadanos romanos o de cualquier procedencia y naturaleza.

Durante tiempo se pensó que el cristianismo había llegado a España desde el entonces próspero y poblado norte de África (de donde procedía, por ejemplo, san Agustín (354-430), oriundo de Tagaste, una población de Argelia, hoy denominada Suq Ahras). García de Cortázar señala que hubo otras dos vías de difusión, el Mediterráneo, y las Galias, estas últimas penetrando por el Cantábrico, especialmente en sus áreas más occidentales. Como en el resto del Imperio, el cristianismo fue primero una religión de las ciudades, pues la urbanización hacía atractivo el mensaje de salvación de los pobres, en unas urbes con desigualdades y con intensos debates ideológicos.

Para cuando el emperador Constantino (272-337) autorizó a los cristianos su culto, y sobre todo cuando el emperador Teodosio (347-395) hizo que el cristianismo fuese la religión oficial del Imperio (edicto de Tesalónica, año 380), la nueva fe había dejado de ser urbana, extendiéndose por las cada vez más numerosas poblaciones rurales.

La declaración de religión oficial y única del Imperio, produjo profundos cambios. Durante toda su existencia, Roma había tenido una tolerancia con todas las creencias, mientras estas no pusiesen en peligro los fundamentos del Estado, y la aceptación de la legitimidad política y religiosa de las magistraturas públicas, en primer término, la del emperador, que oficiaba como “pontífice máximo”, una especie de sumo sacerdote, que gozaba de facultades divinas.

En Roma, lo sabemos, la religión, o mejor, las religiones, eran inmanentes a la sociedad, pero cuando el cristianismo fue declarado religión estatal, y paso a ser considerado transcendente, en otras palabras, sus fundamentos y sus fines se hallaban fuera de las realidades mundanas o materiales. En su obra más conocida, san Agustín definiría esa dualidad, la ciudad inmanente, Roma, y la ciudad transcendente, que no era otra cosa que lo que el cristiano encontraría en el más allá.

García de Cortázar demuestra que la Iglesia hispanoromana y visigoda, y una vez que se produjo la invasión de árabes y bereberes del año 711, la Iglesia del reino de Asturias, luego de León, y finalmente de Castilla y León, formó parte destacada de la Iglesia latina y romana, cuyo representante máximo era el papa, como obispo de Roma. Aunque todavía existía una cierta unidad con la Iglesia oriental, que empleaba el griego en el culto y la predicación -mucho más jerarquizada, rica y poderosa-, la Iglesia católica y romana se diferenciaba de la bizantina en aspectos muy significativos.

La Iglesia que finalmente fue la Iglesia del reino de Castilla -es decir, la parte de España, sin Portugal y sin los territorios de la corona de Aragón-, como las demás de Europa occidental y central, tuvo siempre más dificultades que la bizantina en su relación y acomodo con el poder civil de los reyes, y con los emperadores, a partir de Carlomagno (año 800).

En Occidente, el papa nunca pudo instaurar una teocracia, pues el derecho romano legitimaba el poder civil, y acabaría por someter el Altar al Trono. La distinción de san Agustín entre las ciudades de Dios y de los hombres (Alarico acababa de asaltar Roma, y eso anunciaba el fin del mundo), y la distinción evangélica de dar al César y al mismo tiempo a Dios, fue un argumento a favor del poder de los reyes y en contra del poder clerical, a pesar de las teorías de papas como Gelasio (492-496) y Gregorio VII (1073-1085), quienes sostuvieron que el papa era señor supremo del mundo, a quien debían obedecer los príncipes, reyes y el mismo emperador.

García de Cortázar se refiere en su libro a que la Iglesia, desde los visigodos hasta los Reyes Católicos, se adaptó -más que someterse- al poder de los reyes. En ese sentido, García de Cortázar sostiene que se convirtió pronto en una “Iglesia nacional”, y sus argumentos, por su importancia para a la sociedad y al Estado en España, merecerán un próximo artículo.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (12)    No(0)

+
1 comentarios