Los resultados de las elecciones al Bundestag en Alemania son definitivos, pero los pronósticos son todos provisionales. Parece claro que, a corto plazo, pocas cosas van a cambiar respecto del tiempo de Angela Merkel (2005-2021). En efecto, los dos partidos mayoritarios coinciden, fundamentalmente, en el modelo de sociedad. Hay, desde luego, diferencias, pero todos comparten los consensos básicos de la socialdemocracia alemana que Angela Merkel llevó a la otrora demócrata cristiana CDU y, con ciertos matices, a su aliada la CSU bávara.
Los resultados dejan abiertos varios escenarios para coaliciones que irían desde el centro derecha hasta el centro izquierda según graviten sobre el Partido Socialista (SPD), que ha obtenido 206 escaños, o sobre la CDU, que ha sacado 196. Ambos comparten, no obstante, consensos en materia ambiental y climática -la gran cuestión en la política alemana-, inmigración y extranjería, economía… Las discrepancias más profundas surgen por partidos que han tenido menos votos: AfD (Alternativa por Alemania), con 83 escaños, y Die Linke, con 39, es decir, los dos partidos de derecha y de izquierda respectivamente. Es previsible que Los Verdes, que han obtenido 118 escaños, y los neoliberales del FDP, con 92, puedan tener acomodo casi en cualquier coalición o incluso que resulten decisivos. Sin embargo, en lo fundamental, no cabe esperar cambios muy profundos.
En efecto, el legado de Merkel es una Alemania que ha asumido los postulados de la socialdemocracia y los presupuestos culturales de la izquierda. Desde el multilateralismo hasta el compromiso contra el cambio climático, la Alemania de Merkel abrazó la Agenda 2030 y, con estos resultados, no va a soltarla. La guerra cultural que se libra en torno a la identidad y que comprende desde el lenguaje políticamente correcto hasta la memoria histórica seguirá en manos de AfD y de Die Linke.
Tal vez sea precisamente en esa guerra cultural donde vayan a dirimirse los desafíos del futuro; en primer término, la cuestión de la identidad en un país donde toda referencia a la nación corre el riesgo de resultar sospechosa. Debates como la islamización de Europa, la integración de los inmigrantes y los refugiados, la relación con Rusia y con los Estados Unidos y otros similares parecen menores, pero pueden estallar si lo hace la economía. En realidad, los últimos años -digamos desde 2015 y la crisis de los refugiados- han ido acrecentando la preocupación sobre el modelo de sociedad de la Alemania del futuro. La corrección política y el temor al rechazo de la inmigración terminaron provocando escándalos como la ocultación de las agresiones sexuales en la Nochevieja de 2015.
A medio y largo plazo, pues, será difícil soslayar esas cuestiones a medida que la sociedad se vaya envejeciendo y que no haya relevo generacional. También Alemania está sufriendo ya el invierno demográfico, aunque sea el cambio climático el que acapara mayor atención. En 2020, la tasa de natalidad (nº de nacimientos por cada mil habitantes en un año) fue del 9,3 ‰ y el índice de fecundidad (nº de hijos por mujer) del 1,54. No está todavía en las alarmantes cifras de España (7,5 ‰y 1,26respectivamente) pero es para empezar a preocuparse. Hay que advertir, además, del impacto que la inmigración y los refugiados tienen en esas cifras.
Alemania se está transformando y Merkel desempeño un papel crucial en ese proceso. Es improbable que, a corto plazo, Alemania se aparte de la senda que la excanciller marcó. Sin embargo, dentro de algunos años, quizás no le quede otro remedio… si está a tiempo.