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TRIBUNA

El ‘ridículo’ del Estado español y los seis ridículos del prófugo Puigdemont

lunes 27 de septiembre de 2021, 20:28h

Establece el siempre socorrido Diccionario de la RAE lo que todo hispanohablante conoce, a saber, que es ridículo algo que “por su rareza o extravagancia mueve o puede mover a risa”, con la equivalente locución adverbial de “caer en ridículo” como “expuesto a la burla o al menosprecio de las gentes, sea o no con razón justificada.” El estudiante Puigdemont (recuérdese que nunca concluyó su licenciatura), en otra de las estaciones de su circo ambulante (la expresión es de la politóloga Marlene Wind, i.a.), declaró al ser liberado de la detención reciente en Cerdeña que “España no pierde la ocasión de hacer el ridículo”. En este artículo quiero valorar las credenciales del prófugo Puigdemont en materia de ridículo, sustanciadas en seis instancias.

Como se sabe, elemento nuclear del cuerpo doctrinal “indepe” es que España es, además de un Estado ladrón (Espanya ens roba) o un “Estado fascista,” un “Estado fallido” -cohesionado sólo por la fuerza de la imposición militar sobre sus primigenias “naciones” constituyentes. Eso y sólo eso constituye su argamasa institucional –ni su lengua mayoritaria, ni la convivencia de decenas de generaciones, ni su tradición cultural o su (ciertamente frágil) integración política. Se esfuerzan así los indepes por construir una “historia alternativa”, núcleo incipiente de una segunda “leyenda negra”, que impugna su pasado y legitimidad política. De hecho ambas leyendas negras obran un cumplido maridaje, pues a la violenta razón histórica de ser del Estado español se une una larga tradición oscurantista, absolutista y represiva –la España negra.

Desde los hechos del 1 de octubre de 2017 que –no olvidemos- empiezan con un referendum ilegal falto de toda validación democrática para conseguir una independencia unilateral y crear así un Estado catalán, quiere el mantra indepe que los “aparatos del Estado” (visibles y ocultos) son los responsables de impedir y coartar la libre expresión democrática del sufrido pueblo catalán. Así por ejemplo el proceso judicial de los cabecillas de dicho putsch –sujeto a todas las garantías del Estado de derecho, y publicitado con luz y taquígrafos, no sería más que una represiva “venganza” del Estado contra la siempre oprimida voluntad de ‘autodeterminación’ del pueblo catalán (nótese cómo el marco conceptual de la “venganza” ha hecho mella incluso en el Presidente del gobierno, que aludió a ella como causa evitandi para justificar los indultos).

Así las cosas, el ‘presidente por accidente’ (recuérdese que fue el candidato elegido gracias al voto de la CUP, en un curioso refrendo del representante de un partido de derechas de toda la vida por obra de un partido de ultraizquierda) está convencido de que el mundo entero está mirando a Cataluña- la última aldea gala de un irredento pueblo en busca de la libertad. Y ese mismo mundo es el espectador de la irrisión –el ridículo- que producen los sucesivos ‘tropiezos’ judiciales de la demanda de extradición de nuestro Tribunal Supremo en favor del prófugo y su circo ambulante.

Aunque ya ha sido glosado ad nauseam, lo primero que cabe decir es que los hechos del 1-O de 2017 constituyen un “golpe de Estado” de libro, en no menor medida que el del coronel Tejero: referendum ilegal, desafío a las autoridades y las fuerzas del orden, algaradas perfectamente organizadas, creación de un marco legal alternativo. Aquí tenemos el primer pendant del rídiculo de España glosado por el prófugo Puigdemont, el ridículo de un putsch fallido en el que –en palabras de otra prófuga, Clara Pontsatí- los indepes “jugaron de farol”, es decir sin contar con los medios y fuerzas necesarios.

El segundo ridículo concomitante con el anterior fue la brevedad del golpe de Estado, la proclamación de la independencia de Catalunya por el fugado, que retiró 8 segundos después. El ridículo Estado español, el más antiguo de Europa, desafiado por la ‘República de los ocho segundos’, para solaz del acrisolado victimismo del pueblo catalán, que “estuvo a punto” (ho tenim a tocar) de conseguir su libertad –como todo el mundo puede comprobar, el pueblo catalán vive ‘esclavizado’ por los colonos españoles.

Un tercer ridículo es el que provocan los supuestos apoyos del putsch catalán y de los que finalmente se ha hecho eco el Parlamento Europeo: diez mil soldados rusos, financiación contra la cesión del puerto de Barcelona y el reconocimiento de la anexión de Crimea por Rusia. Dime con quién andas y te diré quién eres: el prófugo Puigdemont y su causa contra el ‘Estado fascista’ habría buscado apoyos en el democrático presidente Putin, conocido amigo de la desestabilización de Occidente. Pero la causa indepe no tendría sólo el apoyo del autócrata ruso, sino el soporte activo de fuerzas como la ultraderecha flamenca (el Vlaams Blok) o la extrema derecha italiana (Salvini, Lega Nord): sin duda, buenas credenciales democráticas. Risum teneatis.

El cuarto ridículo del fugado Puigdemont –su huida en el maletero de un coche-, aunque de perfiles épicos, tiene también su tradición en el catalanismo golpista: en en el 34, el conseller Dencás -líder de las milicias parafascistas del Estat catalá- ya protagonizó una fuga similar en el anterior golpe de Estado del president Companys, si bien menos ‘limpia’ -por las alcantarillas de la ciudad. Mientras el vicepresidente Junqueras y varios otros consejeros fueron consecuentes con el desafío y purgaron varios años de carcel, el ridículo prófugo protagonizó una fuga de sainete, en la pura tradición del pícaro español, para luego vivir a cuerpo de rey en Bruselas, con cargo a los presupuestos del Estado opresor.

Recordemos ahora de dónde procede esta enorme patraña dirigida desde arriba y sufragada con fondos públicos: del intento del fundador del partido matriz de Puigdemont –Convergencia- por borrar su rastro delictivo, más de veinte años en el gobierno local y al frente de una organización criminal, con la detracción de miles de millones de dinero público y otras ‘mordidas’ –cohecho y evasión fiscal puros y simples. El prófugo que no descansó en denunciar las ‘corruptelas’ del Partido Popular tiene en su propia casa una próspera familia delincuente, la familia Pujol: quinto motivo de ridículo de nuestro ridículo personaje.

Por si los citados motivos de ridículo fueran pocos, llegamos aquí al sexo: el movimiento indepe que secunda al prófugo cuenta con una propia escuela historiográfica -pagada con fondos públicos, claro- para ‘reescribir’ la historia, desvirtuada por la historiografía hispana -si la historia no te apoya, tu apoyas a la historia con unos miles de euros. De acuerdo con este “Institut de Nova historia”, encabezado por el sinpar Victor Cucurull, Cervantes era catalán, Colón era catalán, Santa Teresa de Avila era catalana y hasta Leonardo da Vinci era catalán. Claramente, en materia de ridículo nuestro prófugo se mueve “en su elemento”, y deberíamos prestarle cabal atención.

Realmente los catalanes indepes –que según el delincuente Junqueras tienen más proximidad genética con los franceses- son la avanzadilla del progreso y las libertades, de la alta cultura y de la democracia tout court –de ahí que otro genio indepe aludiera a Cataluña como la ‘Dinamarca del sur’. Frente a toda esta patraña bien orquestada de arriba a abajo, un verdadero proyecto de ingeniería social, cabría recordar para terminar la sentencia del primer president democrático de Cataluña, Josep Tarradellas, que bien conocía a su pueblo: "en política se puede hacer todo, menos el ridículo". Puigdemont lo ha hecho por partida séxtuple, al menos.

Jorge Vigil

Administrador Principal en la UE

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