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La Argentina política en el trapecio

martes 16 de septiembre de 2008, 21:24h
Escribe Arthur Koestler en su notable autobiografía, publicada en 1953:
Dentro de un universo cerrado, cuyos héroes quedan
Periódicamente desenmascarados y considerados traidores,
Y cuya política sigue una línea zigzagueante de cambios de
Frente, todo depende de que uno se muestre fiel a una
Determinada persona y apoye una orientación política
Determinada, exactamente en el momento oportuno. El destino
De los políticos del Comintern es como el de los acróbatas
Del trapecio, cuyas vidas dependen de que se lancen de un
Columpio a otro con la precisión de una fracción de segundo.
En el movimiento comunista una anticipación de pocos meses
Bastaba para ser crucificado...


La política argentina contemporánea evoca la metáfora del trapecio. Metáfora que denuncia una serie de cedazos o filtros a través de los cuales debían pasar los burócratas o los aspirantes al poder. En Inglaterra Koestler halló una cierta probidad que inspiraba confianza en el político. En los Estados Unidos alguna cualidad popular que conmovía la imaginación del pueblo. En los países latinos el don oratorio y cierto histrionismo. En el mundo comunista las cualidades del trapecista en el momento decisivo. Su fracaso, decía Koestler, como comunista no se debió a ningún azar desdichado, sino al tipo de su personalidad, inadecuado para pasar a través del primer filtro de la serie...

El político argentino parece desde hace tiempo atrapado por la serie de los cedazos. Enfrenta una sociedad necesitada de una cultura política apropiada a una empresa democrática constitucional pendiente, y no tiene calidad, o disposición, o interés por transitar hacia ella. No se trata de una sociedad sin demostraciones interesantes, cuando no excepcionales, de cultura en las letras, en la ciencia, en el arte...pero la cuestión abierta es que la cultura política tiene su especificidad, porque desde los tiempos de Aristóteles se tiene por averiguado que cada régimen tiene su cultura apropiada. En esa clave la Argentina está a la zaga no ya de exponentes internacionales que con sus más y sus menos han logrado llegar al nivel de la legitimidad democrática, sino a la zaga de sus vecinos latinoamericanos en esa clave ejemplares (Chile, Uruguay, Brasil), aunque en esos vecinos se discuta cuán sólida es la meta alcanzada. Examinando el derrotero del comunismo soviético la notable analista francesa Helene Carrère d’Encausse comprobó que en los años finales del imperio—que fue pionera en anunciar—“nadie sabía quién era, verdaderamente, comunista, dado que el prometido ‘hombre soviético’ no había fraguado después de siete décadas (pero) si se quería disputar el poder había que hacerlo invocando la fidelidad comunista...”

No quiero estimular analogías como perezas del pensamiento, pero el derrotero de fenómenos de larga duración contiene tiempos de agonía en los que viejas fidelidades originarias se invocan no ya como actitudes con vigencia auténtica, sino como instrumentos de dominación.

En estos tiempos se hace más patente para los argentinos el precio pagado por no cultivar una cultura política apropiada a una democracia constitucional con aceptable nivel de legitimidad. Como denunciaba Juan Bautista Alberdi en el siglo XIX, hay propensión a las “revoluciones gráficas” y nula disposición para adecuar los comportamientos (dirigentes) a lo que se pregona. Raymond Aron nos dijo cierta vez que sabía de un argentino que en el pasado expresó aquella inclinación por lo pronto frívola, y que él, Aron, llamaba política literaria.

El derrotero apropiado a una buena explicación política pasa por la lectura de la historia, de la sociedad, de las instituciones y de la ética pública.

Los hechos demuestran que no hemos sabido –hasta ahora—elaborar una estrategia de “transición a la democracia” como ejemplos contemporáneos razonablemente exitosos expresaron España y Chile, entre otros. No hemos encarado una lectura de la historia que superase ideologizaciones frívolas. No hemos comprendido los cambios que evocaría una adecuada lectura de la sociedad por servidumbre a los sucesos de la Casa Rosada. No hemos cultivado una lectura de las instituciones que interpretase las razones y prácticas que impiden hacer de la república federal democrática con un sistema de partidos competitivo como evoca la Constitución y predica la política literaria de los líderes, una realidad razonablemente digna que se adecue, en fin, a la lectura de una ética pública responsable.

A principios de los años 90 Robert Putnam, de la Universidad de Princeton, produjo un libro relevante con sus investigaciones en Italia titulado Making Democracy Work. Mientras el norte italiano con sus legados cívicos de la Italia medieval exhibe desarrollo y potencia, el sur evoca el subdesarrollo y la debilidad de una cultura política notablemente interpretada en El Gatopardo de Lampedusa.

Aunque fuera por amor a la patria, como diría el genial Maquiavelo, los argentinos debemos sortear la “psicología del autoengaño” que tienta a los príncipes a costa de los principios...
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