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2008-2009, ¿Curso de esperanza?

José Manuel Cuenca Toribio
martes 16 de septiembre de 2008, 21:30h
Muchos factores concurren, ciertamente, a despertar si no un clima de esperanza cuando menos de expectación en la escéptica y opacada vida universitaria del presente -¿quién pone fecha a sus orígenes…?-. En un Ministerio que puede ya quizá considerarse por entero feminizado en su cúpula decisoria –desde 1996, salvo el fugaz y nada reseñable paréntesis de la gestión de M. Rajoy, la cartera, lingüísticamente muy asendereada, ha estado ocupada por mujeres, docentes o no- el próximo año académico supondrá una fecha liminar y un banco de prueba al mismo tiempo. El estreno de título- Investigación e Innovación- y titular del Departamento prestan igualmente un valor añadido de interés y curiosidad al curso 2008-9 en un Alma Mater que se ofrece hoy altamente desorientada por el desfile incesable de programas, proyectos y planes.

Desvitalizada e incluso anémica en varias de sus parcelas –singularmente, en las humanísticas-, la corporación universitaria observa con inocultable aprehensión el arranque de las dos líneas de fuerza mediante las que sus nuevos gestores pretenden galvanizar en el futuro inmediato todas sus actividades. Según es conocido, la primera radica en la aplicación improrrogable ya de los acuerdos de Bolonia, campo en el que la libertad de iniciativa es menguada por no decir nula en la mayor parte de los casos del lado de las diferentes autoridades estatales. A su vez, la segunda estriba en la instauración de unos criterios netamente empresariales, terreno en la que la capacidad de maniobra del flamante equipo ministerial será, sin duda, mayor, pero tal vez no lo suficiente para afrontar con éxito el reto autoimpuesto por el actual gobierno de la nación de introducir en el ámbito de una de las cuatro o cinco instituciones españolas –cabría decir lo mismo del resto de los grandes estados del Viejo Continente- de historia más añeja y prosapia más antigua y seronda unas pautas de funcionamiento en verdad peraltadamente innovadoras, si no revolucionarias, y acaso refractarias a su genuina naturaleza, por mucho que se proclame lo contrario desde foros y tribunas de valor científico o simplemente intelectual no contrastado.

Así, aunque seguramente rebajados sus perfiles por el día a día de un organismo a prueba de voluntarismos y utopías, la genesíaca propuesta de los responsables de la cartera de marcar un rumbo competitivo y nítidamente empresarial a las tareas –en el lenguaje del antiguo régimen: Facultades y Escuelas Superiores- con mejor prensa en las esferas del poder y más favorecidas desde las instancias del ministerio regentado por Dª Cristina Garmendia. señalará, en efecto, según se decía más arriba y sea cuál sea su resultado final, un punto y aparte en la trayectoria plurisecular del Alma Mater hispana.

Proyectada en tal horizonte su labor, tanto la señora ministra como sus principales colaboradores –algunos de entre ellos, de vocación y competencia probadas- merecen, por descontado, un plazo de confianza antes de juzgar su trabajo al frente de una de las carteras en todo tiempo más difíciles del Poder Ejecutivo. Quizás un exceso de optimismo en pronunciamientos oficiales y en declaraciones a los medios por parte de los dirigentes de un ministerio que semeja haber nacido más a impulso de técnicas de marketing que en el surco de una tradición bien acendrada, haya despertado cierto recelo en una opinión muy escéptica sobre el comportamiento y eficacia del sistema educativo de nuestro país. Aún así, ha de extenderse un cheque en blanco por un tiempo prudencial a la actuación de la Sra. Garmendia y su gabinete y -¿porqué no?- hacer votos para que la esperanza presida el curso que ahora se inicia en una España muy necesitada de ella.
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