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Ensayo

Eneko Andueza: Jóvenes sin juventud

lunes 04 de octubre de 2021, 22:11h
Eneko Andueza: Jóvenes sin juventud

Catarata. Madrid, 2021. 208 páginas. 16,15 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En Jóvenes sin juventud, Eneko Andueza nos presenta una obra necesaria para comprender la reciente historia de Euskadi y la influencia que ejerció la violencia de ETA, condicionando conductas y comportamientos tanto de sus habitantes como de sus instituciones públicas. El autor opta de manera acertada por un relato vivencial ajeno a cualquier heroicidad, cuyo punto de partida lo constituye las calles de Eibar, su localidad natal, a comienzos de los años 80.

En este microcosmos tan concreto observamos un elemento fundamental sobre el que se vertebra el libro: la normalización de la violencia perpetrada por ETA por parte de la inmensa mayoría de la sociedad vasca, un sector de la misma por acción y otro por sumisión (el denominado “síndrome de las ventajas cerradas”). Como principal manifestación de este clima, destaca el control de todos los espacios públicos por el abertzalismo radical.

Al respecto, los ejemplos abundan en el libro, muchos de ellos producto de testimonios de compañeros del autor en las filas del PSE, lo que dota de realismo a la obra. Así, con motivo del funeral de Isaías Carrasco asesinado por ETA en 2008, Andueza nos relata: “Fue tremendo observar cómo se cerraban las persianas al paso de la comitiva fúnebre. O cómo había señoras que se asomaban tímidamente entre las cortinas de su casa para observar lo que ocurría cuando pasábamos junto a sus casas” (p. 114).

Por tanto, el lector hallará episodios contrarios a todo parámetro ético y moral, cuyo resultado fue la transformación de las víctimas en victimarios. Uno de ellos, el expuesto por Estefanía Morcillo: “Me pasé media hora de pie, con ellos al lado, insultándome y amenazándome durante el trayecto que va desde Hernani hasta San Sebastián, unos 20 minutos. El autobús no paró su trayecto en ningún momento. Nadie dijo nada, y ya, cuando llegamos a la primera parada de las universidades, conforme se iban bajando, me iban insultando, y el último de ellos me pegó un puñetazo directamente en la boca que me dejó sangrando” (págs. 75-76).

Como hemos indicado, el autor presenció este panorama en primera persona ya que formó parte de las Juventudes del PSE en un momento crucial ya que ETA, siguiendo las directrices de la ponencia Oldartzen, puso en marcha la “socialización del terror”. Como consecuencia de esta nueva estrategia, muchos concejales socialistas fueron asesinados (Priede, Elespe…), lo que provocó que Andueza y sus compañeros de generación tuvieran que dar un paso al frente y asumir responsabilidades políticas directas. Tal viraje implicó un cambio radical en sus hábitos y costumbres que también repercutió en la vida cotidiana de su entorno familiar y en su círculo de amistades.

En efecto, como consecuencia del clima de violencia contra el constitucionalismo que existía en el País Vasco, los integrantes del PP y del PSE desempeñaron sus cometidos personales y profesionales bajo la presencia atenta y permanente de escoltas, desapareciendo las rutinas de sus vidas: “Hasta ser fumador podía ser un problema porque, si no te dabas cuenta y te quedabas en casa sin tabaco, no podías bajar al bar de debajo de casa a comprarlo si previamente no habías avisado a tus escoltas” (p.155).

Finalmente, Eneko Andueza nos previene de cara al corto y largo plazo. En este sentido, rechaza determinadas premisas que ocupan un espacio notable en el relato del post-terrorismo. Por un lado, el riesgo que conlleva que a la hora de escribir la historia de ETA prime la memoria sobre la historia. Por otro lado, la inexactitud que encierra el mantra que reitera machaconamente que la sociedad vasca derrotó a la citada banda terrorista. Este último proyecta una versión excesivamente indulgente aunque con notable capacidad para anestesiar conciencias: “Me niego a generalizar que la derrota de ETA fue una victoria de la sociedad vasca. No. Fue la victoria de parte de la sociedad vasca y española que resistió ante ETA. Al resto no le corresponde victoria alguna, sino la necesidad de reflexionar por qué no estuvo dando la cara con los que resistían” (p. 199).

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