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TRIBUNA

HISPANI-ver-DAD

lunes 11 de octubre de 2021, 19:58h

Con su lucidez habitual, Hannah Arendt distinguía en política dos tipos de mentira: El primero, habitual en el arte de la diplomacia y las relaciones entre los Gobiernos, es la mentira propia de la política tradicional, que conlleva secretismo en la estrategia internacional para confundir al enemigo exterior. Se quejaba Francisco I, rey de Francia, ante el Papa, de que Fernando II, el católico rey de España, le había engañado dos veces; “miente el rey de Francia, aseveraba el monarca español, no le engañé dos, sino cuatro veces”. La segunda mentira es la de la política moderna, que manipula hechos objetivos o que son conocidos por muchos pretendiendo engañar a todos. Entre otras, la que consiste en cancelar la historia con la artimaña de reescribirla de nuevo. A esto algunos lo denominan hoy posverdad.

Es la posverdad un campo abonado para la izquierda desde que, desorientada y desmoralizada, quedó colgando de la brocha al derribarse el muro de Berlín. El discurso tradicional del marxismo con su pacifista “lucha de clases” y con la orden poco acatada de “proletarios de todo el mundo, uníos” está hoy tan obsoleto como una máquina de escribir en una oficina. Y como Pirandello en busca de autor, el progresismo tuvo que lanzarse a buscar nuevos sujetos políticos y embaucarlos bajo la falsa protección del renovado socialismo: feministas, homosexuales, minorías raciales, activistas del indigenismo, ecologismo o animalismo... Acuñando el concepto de la interseccionalidad, ese perejil en todas las salsas del odio y del revanchismo, los ideólogos progres dan luz verde desde sus laboratorios a semejante recuestionamiento teórico jactándose de vivir otros cien años a costa de una nueva utopía anticapitalista y de otros tantos millones de cándidos. Y es que parafrasenado al maestro Ruano, el tonto del siglo XXI es igual al tonto romano y el mala uva de 2021 responde a idéntica cosecha que el mala uva de la Grecia de Platón, de la época de los faraones o del medievo.

La nueva “interseccional” comunista con su “tuneado” grito de “oprimidos de todo el mundo, uníos” crea mediante colectividades de resentidos una nueva clase explotada y prevaliéndose del perverso lenguaje de la corrección ideológica impone silencios y censuras contra la libertad. Y en fechas como la de hoy, en que conmemoramos el día de la Hispanidad, los pontífices del resentimiento reinventan hechos históricos troquelados con antojadizas calumnias, exigen que nos avergoncemos y disculpemos por la hazaña del descubrimiento y la gesta de la evangelización que España protagonizó en América y jalean instintivamente a su legión de cafres para que abatan las estatuas de quienes posibilitaron aquella titánica obra. ¿Oprimidos de qué? La empresa española en América consistió en sacar de la prehistoria todo un nuevo mundo y entregarlo a la historia, redimirlo de la piedra y salvarlo en la palabra. Desde Bartolomé de las Casas a Junípero Serra, todos los ejemplares misioneros españoles no fueron a América a buscar oro, sino a llevarlo, trasplantando a las montañas, valles y planicies del Nuevo Mundo el hogar cristiano. El continente americano es el continente de Nuestra Señora y la devoción mariana fue un factor clave en la conversión de los nativos y en la mezcla fecunda de razas que siguen rezando en español. Y la equiparación entre españoles e indígenas data del mimo instante del descubrimiento y posterior evangelización.

Conviene no olvidar que sobre aquél intrépido apostolado Pío XII dijo siglos después que la más preciosa herencia que la Madre Patria ha legado a sus hijas es la incondicional fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Y conviene asimismo recordar las palabras del político mejicano Flavio Guillén Anchieta, gobernador del Estado de Chiapas a principios del siglo XX: Desde la independencia americana acá, la república democrática, liberal o conservadora, resultó para los indios más funesta aún que la dominación española. En su “Elogio de la locura”, Erasmo de Rotrerdam escribió: Si la sabiduría consiste en seguir la razón, la necedad aconseja dejarse llevar por las pasiones.

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