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TRIBUNA

Somos la estela de la nave

miércoles 13 de octubre de 2021, 20:30h

De tanto andar “por las calles de la vida”, he terminado aprendiendo de quienes saben más, no solo en las aulas formales del sistema educativo sino también en las diferentes aulas del vivir, que están a cielo abierto y a la intemperie, en la Universidad de la Vida…

De esos diversos aprendizajes, se nutrió mi naturaleza al cabo de los años, más allá de que ella se manifestara, desde temprana edad, orientándome a negar los finales, los epílogos, ya sea cuando escribo o en los actos simples del devenir cotidiano.

No obstante, debo admitir que utilicé el epílogo, ese recurso circunstancial de cierre, durante mucho tiempo aplicándolo a mi producción escrita, hasta que me llegó el momento de rechazarlo y de no admitirlo más…

Y lo hago, justamente, por haber aprendido a no creer en las ideas ni en los juicios absolutos, sino a valorar y respetar el concepto de que no hay fines, de que no existen las obras acabadas del hombre, porque en esencia todas son etapas que se van cumpliendo como aquellas similares a una carrera de largo aliento, que implican cambios de por sí, que me ratifican que soy una transformación constante, en la que se da la compleja mezcla de propósitos y circunstancias, de etapas, de puntos de llegadas y pausas, en las que uno se prepara para iniciar con determinación, la conquista de nuevos intentos…

Tal convicción me ha conducido hacia la corriente de pensamiento que más se amolda a mi naturaleza combativa, para que golpe a golpe, todo mi universo interior se siga forjando, colmándome de un humanismo solidario, sencillo y simple, sin lugar para la soberbia y con la plena certeza con la que se siembran semillas constructivas con rebeldías transgresoras, para cosechas de elevación y libertad…

Libertad, sin la cual no le es posible a los seres humanos abrirse paso hacia la dignidad que les corresponde por derecho natural, pero que se legitima con el sacrificio de conquistarla…

Para ello es imprescindible que permitamos que nos iluminen los resplandores de quienes saben más, y uno de esos faros de mi existencia, fue (y lo seguirá siendo porque nunca morirá por mis olvidos) José Enrique Rodó, filósofo, político, docente y escritor uruguayo, que con su profundo ideario ha rodado como bola luminosa para las generaciones que convivieron con él y le sucedieron, entre las que soy fiel y aplicado seguidor…

Él y tantos otros, me han marcado, me han enseñado un camino, han contribuido a definir mi personalidad, y cuanto más me sumerjo en los contenidos que he bebido ante la inapagable sed de saber cada día más, más rechazo a los totalitarios, vengan de donde vengan y a los populistas del color y pelo que tengan y a los soberbios que tienen la osadía de negar los surcos que otros han abierto y regado para la posteridad…

No dudo ni exagero cuando afirmo que me he podido cultivar en la fuente inagotable del saber de José Enrique Rodó, apreciando el singular concepto de que nunca se llega en esta vida a una meta final, sino que apenas es posible avanzar paso a paso aproximándose a ella y así, al destino soñado…

Pobres de aquellos que se mienten pensando que ya lo saben todo, que saben conjugar muy bien los verbos “tener” y “poder”, que son propensos a magisterios que nadie les pide, engañándose al creer que han alcanzado un cenit, llegando a sobrevalorarse con insensata soberbia, subestimando incluso a sus semejantes desde el falso pedestal que se construyen, para sentirse en un nivel superior, “mirándonos desde arriba”, pero sin ninguna legitimidad…

Están confundidos por las mentiras que se mienten para luego mentir, no llegan a entender ni a aproximarse a la sabiduría de aceptar que siempre el hombre es, y siempre lo seremos, aplicados alumnos, aprendices en la compleja y dura tarea del cotidiano vivir…

Los diversos temas tratados por Rodó en su “Motivos de Proteo”, son en mi opinión un mosaico invalorable de certezas, y de profunda vastedad, del que me permito seleccionar el que extraigo a continuación, a propósito de todo lo que he señalado anteriormente:

“… No hay idea ni acto que no constituyan a determinar, aun cuando sea en proporción infinitesimal, el rumbo de una vida, el sentido sintético de tus movimientos, la forma fisionómica de tu personalidad. El dientecillo oculto que roe en lo hondo de tu alma; la gota de agua que cae a compás en sus antros oscuros; el gusano de seda que teje allí hebras sutilísimas, no se dan tregua ni reposo; y sus operaciones concordes, a cada instante te matan, te rehacen, te destruyen, te crean…

Muertes cuya suma es la muerte; resurrecciones cuya persistencia es la vida. ¿Quién ha expresado esta inestabilidad mejor que Séneca, cuando dijo, considerando lo fugaz y precario de las cosas: “yo mismo en el momento de decir que todo cambia, ya he cambiado”?

Perseveremos sólo en la continuidad de nuestras modificaciones: en el orden, más o menos regular que las rige; en la fuerza que nos lleva adelante hasta arribar a la transformación más misteriosa y trascendente de todas…

Somos la estela de la nave, cuya entidad material no permanece la misma en dos momentos sucesivos, porque sin cesar muere y renace de entre las ondas: la estela que es, no una persistente realidad, sino una forma andante, una sucesión de impulsos rítmicos, que obran sobre un objeto constantemente renovado”.

Y destaco también especialmente aquí, el pensamiento del escritor referido al dolor de una vocación defraudada, quizás por ser este un tema experimentado también con inmenso dolor en mi propia existencia:

“El desengaño respecto a una vocación a la que convergieron durante largo tiempo, nuestras energías y esperanzas, es, sin duda, una de las más crueles formas del dolor humano.

La vida pierde su objeto; el alma, el polo de identidad que la imantaba; y en el electuario amarguísimo de esa pena hay, a un tiempo, algo en lo de aquel a quien la muerte roba su amor, y la de aquel otro que queda sin los bienes que ganó con el afán de muchos años, y también de aquel que se ve expulsado y proscripto de la comunión de los suyos, manteniéndose en vela y atento a los llamados que puedan venir del seno de las cosas, que excita, con redentora eficacia, tales capacidades ocultas, hasta sustituir, la aptitud cuya pérdida se deplora como irrefrenable infortunio”.

La lectura y serena reflexión de las páginas escritas por Rodó, se convirtieron para mí en firmes columnas sobre roca, pilares en los que se apoyaron mis intentos.

Y por ello, la razón esencial, circunstancias que han influido en mi caminar, hasta convertirse en la estela de la nave para cuanto se me ha permitido “ser y hacer”, desde la sencillez en la que se fue construyendo como he podido, todo mi universo interior…

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