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TRIBUNA

En defensa de Polonia

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 15 de octubre de 2021, 20:23h

A lo mejor ahora a la Unión Europea, el IVº Reich, y al nuevo Imperio Ruso de Putin se les ocurre “de nuevo” depredar a Polonia, y repartirse sus pecios preciosos, como ya lo hicieran los nazis y los comunistas, Hitler y Stalin, a través del pacto que firmasen Ribbentrop y Molotov. En realidad, Polonia, encajonada entre luteranos y ortodoxos, entre totalitarios negros y totalitarios rojos ha sido la gran mosca cojonera que ha blandido siempre las banderas de la libertad y la dignidad nacional. Ursula von der Leyen hace muy bien el papel de Ribbentrop, y el de Molotov lo hace a la perfección el inteligente ministro Serguéi Lavrov, que le da cien vueltas a la Osita. Cualquier día amanecemos con otra masacre como la de las fosas de Katyn, que nunca se sabe lo que da la amistad germano-soviética. De todas las respuestas a la pregunta de qué hacer con la Polonia rebelde a las directrices inapelables de los eurócratas, la escrita por el duque de Broglie es la que más está de acuerdo con las intenciones de Ursula von der Leyen: “Convendría al gabinete francés sacrificar a Polonia; pero habría que sacrificar a ese desgraciado país – ya que no puede ser defendido – sin hacer ruido; y, por decirlo así, sin dejar que llore”.

Polonia, nación por la que estalló la Segunda Guerra Mundial, tuvo que ceder 180.000 kilómetros cuadrados a Rusia al final de la guerra. Víctima siempre indefensa de las visiones y designios de los otros, Polonia fue esclava de Alemania casi cinco años, luego fue durante más de cuarenta años esclava del comunismo, y ahora lo vuelve a ser del nuevo Reich por atreverse a disentir un poquitillo del tratamiento de la sexualidad, defendiendo más la naturaleza primera del hombre, que las segundas o terceras naturalezas.

En la cúpula de la UE, mejor que el mejor alambique gallego, se destila el más sublime aguardiente de la doctrina superferolítica de lo políticamente correcto que se obliga a beber a todo ciudadano europeo como digestivo para poder comer a continuación. Pero he aquí que los polacos, uno de los pueblos más heroicos en la lucha por la libertad en Europa, se niegan a beberlo por obligación, como se han negado otras veces a beber pócimas ajenas por obligación, como se negaron a beber por obligación el aguardiente leninista, y su gran Pilsudski supo romper en la testa del propio Lenin la botella de aguardiente rojo, como se negaron a beber el mismo aguardiente rojo no votando en 1946 al Partido Comunista Polaco, marioneta de Stalin, y votaron, sin embargo, masivamente, al valiente líder del Partido Popular Mikolayczyk, que tuvo que escapar de Polonia por haber ganado las elecciones con un 71% de los votos. “Nunca creí que salieras vivo de Polonia”, le dijo a este gran liberal su amigo Churchill al llegar a Inglaterra. La verdad es que los polacos son muy cabezotas y muy renuentes a todo tipo de obligación, desde aceptar la Línea Curzon a dar su aquiescencia a la sexualización del género gramatical, máxime cuando el polaco es una lengua eslava que se sigue aprendiendo en el cielo por su dificultad. Ya lo era Chopin. Muy cabezotas.

Cuando Churchill le pedía a Stalin que no conculcase los derechos de los polacos católicos, “el Tío Pepe” – como llamaban a Stalin los aliados – escupió las siguientes palabras que le quemaban la boca: “¿Cuántas divisiones tiene el Estado Vaticano?”. Y es que Stalin respetaba las naciones en función sólo de las divisiones que tenía. Sin duda, Ursula von der Leyen hubiera sido una buena alumna de Yósif Stalin, quien siempre se propuso convertir a Polonia en una avanzada cosaca de Rusia.

La hostilidad entre polacos y rusos es muy antigua, y ha llenado de prejuicios las mentes de los dos pueblos. El propio Dostoyévski, uno de los escritores más humanos, saca muy mal a los polacos en sus novelas inmortales. Así, en Los hermanos Karamásovi aparecen dos polacos que van de altaneros señores ( “pan” o “pasnstwo” ), e incluso nobles ( “szlachcie” ) y que en realidad son unos tahúres que jugaban con Mitia con naipes amañados. En toda esta aventura ( Cap. VII, del Libro VIII de la Parte III ) el término polaco “pane”, esto es, “señor”, se va declinando y cambiando de forma a lo largo del frenético capítulo, pan, pani, panénki, panis, panovie, etc., con clara intención satírica y mordaz contra la nacionalidad polaca. Más aún, habiendo invitado Mitia a los dos tramposos polacos a brindar con su champán por Polonia, los impertinentes polacos, muy antipáticos, se niegan después a brindar por Rusia en las siguientes rondas. En realidad, Dostoyevski sufría los mismos viejos prejuicios contra Polonia que sus compatriotas. Y, en realidad, la presunta altanería que creía ver Fiodor en los polacos no era altanería, sino sentido de la dignidad ante un vecino muy poderoso y desaprensivo.

He tenido tres breves estancias en Polonia, he visitado uno de sus “campos de la muerte” – la nación europea con mayor número de ese tipo de campos – y me ha impresionado, sin embrago, la inmensa alegría que respira su pueblo, su generosidad, su sensibilidad cultural y su elegancia. Polonia es uno de esos países por los que uno amará siempre a Europa, la princesa raptada, como la propia Polonia.

Una vez estuve en Cracovia, otra en Przemysl, cruce de las tres más grandes civilizaciones europeas, y otra en Gdansk, la antigua Danzig alemana, y la impresión que me traje es que Polonia respira Europa en todos sus lados; no sólo es profundamente europea, sino que representa, además, todas las razones por las que amamos Europa.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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