Las democracias occidentales se tambalean por la irrupción de los partidos radicales. La extrema izquierda y la extrema derecha arrollan a la socialdemocracia y al liberalismo, las ideologías que han gobernado hasta hace poco y que más han sufrido los embates de la crisis económica, de la pandemia y, también, de las torpezas de sus dirigentes, lo que ha provocado la irrupción de los radicales que han atraído y desquiciado a muchos ciudadanos.
En Estados Unidos, en el país más poderoso del mundo, la Casa Blanca ha pasado de manos de un ultra peligroso y analfabeto a las de un alelado. En el norte y centro de Europa, los neofascistas campan a sus anchas y en Iberoamérica, los comunistas más totalitarios extienden su poder para oprimir y reprimir a los ciudadanos. Tenía razón Vargas Llosa cuando declaró que “hay que votar bien”.
En España, los populistas han reventado el bipartidismo, esa alternancia del PP y el PSOE en el poder que a tantos irritaba, a pesar de la estabilidad política que logró nuestra nación después de la proeza de la transición. Los dos grandes partidos buscaban situarse en el centro político como la mejor estrategia para ganar las elecciones. Y así era por entonces. Los españoles valoraban la moderación, la estabilidad política y el sentido común de los partidos políticos.
Pero la irrupción de Podemos y de Vox rompió la ecuación. La corrupción de algunos dirigentes, los muchos errores de sendos Gobiernos y las crisis económicas descuartizaron la preeminencia de los dos grandes partidos. Y desde entonces, el Parlamento se ha convertido en una corrala donde los diputados se amenazan e insultan en lugar de debatir y legislar con inteligencia. A veces, España parece ser ingobernable.
Los comunistas amoratados, con un mesiánico Pablo Iglesias al frente, se erigieron en el referente moral de la izquierda. Todavía resulta difícil de entender que sedujeran a millones de españoles con sus oxidados y antidemocráticos lemas marxistas. En especial los votantes más jóvenes, creyeron en una revolución tan utópica como retrógrada y destructiva. Como si los populistas de extrema izquierda fueran a lograr la igualdad, la justicia social y demás eslóganes falsos. Pero la brutal propaganda y la hábil retórica del entonces líder del partido fueron capaces de convencer a esos millones de ilusos que creían en el paraíso terrenal. Y el PSOE se quedó en los huesos.
También el PP sufrió en sus carnes la llegada de Ciudadanos y de Vox. La meliflua actitud de Mariano Rajoy ante el desafío secesionista catalán dio alas al partido de Albert Rivera, primero, y al de Santiago Abascal, después.
Los votantes que huyeron a Vox fueron deslumbrados por el espejismo de sus abruptos eslóganes. Estaban convencidos de que Santiago Abascal, montado en su hermoso caballo, galoparía por Las Ramblas para derrotar a los enemigos de España que allí gobiernan desde siempre.
También Albert Rivera, al frente de Ciudadanos, descosió las estructuras del PP. Se posicionó en ese centro político tan inexistente hoy como añorado por algunos despistados. Pero su gran victoria se produjo en Cataluña con el duro y valiente discurso de Inés Arrimadas que atacó sin piedad a los separatistas por su totalitarismo, por arruinar su región y por la violenta polarización de los ciudadanos. Pero la candidata del partido naranja obtuvo un gran triunfo desde las antípodas del centro. Con un discurso que ni Vox superaría en crudeza. Y, ahora, por sus coqueteos con el PSOE, Ciudadanos está a punto de desaparecer. Tampoco Díaz Ayuso arrolló a Sánchez en Madrid con un discurso centrista. Con el cuchillo entre los dientes, la presidenta de la Comunidad desnudó las derivas totalitarias del Gobierno social comunista y atacó sin conmiseración a los siniestros socios del presidente. Y así, reventó las urnas con las papeletas del PP.
Porque en España, el centro ya no existe. Hace bien Pablo Casado al intentar alejarse de los extremismos de Vox, pero Pedro Sánchez no quiere arriesgarse a perder el poder, lo que se produciría si perdiera los apoyos de los comunistas de Podemos, de los que intentaron dar un golpe de Estado en Cataluña y de los proetarras. Y si al presidente del Gobierno se le ocurre hacer políticas socialdemócratas, como ha asegurado en el Congreso Federal de este fin de semana, se queda en la calle. Hay que tener desfachatez, hay que ser tramposo para reivindicar el socialismo moderado que lideró el PSOE hasta que apareció Zapatero y que Sánchez ha terminado de enterrar. El Partido Socialista ya no se distingue del comunista. Peor aún; ni es socialista, ni comunista, ni tiene principios. El único objetivo del presidente del Gobierno es amarrar el poder.
Los escaños de Podemos y Vox han obligado al PSOE y al PP a pactar con los radicales para gobernar en La Moncloa o en las Comunidades Autónomas. Y Ciudadanos está a punto de esfumarse del mapa político por situarse en ese centro sicodélico. Según las encuestas, también Podemos y Vox están en declive. Solo falta que Pedro Sánchez se jubile y que el bipartidismo socialdemócrata y liberal vuelva a gobernar España. Habrá que tener mucha, mucha paciencia. Y votar bien.