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Novela

Daniel Gascón: La muerte del hipster

domingo 17 de octubre de 2021, 20:29h
Daniel Gascón: La muerte del hipster

Literatura Randon House. Barcelona, 2021. 176 páginas. 16,90 €. Libro electrónico: 7,99 €.

Por Francisco Estévez

En cuanto a periodismo literario conviene apuntar la figura de Daniel Gascón, editor a su vez de la revista Letras Libres en España y famoso por algunas de sus columnas políticas; una de ellas fue la semilla de la que surgió su conocido ensayo sobre el independentismo catalán El golpe posmoderno (2018). El autor maño ha tenido el acierto de apostar por una vía más creativa a la hora de continuar la reflexión de otros males que zarandean nuestra contemporaneidad con la novela por entregas Un hipster en la España vacía (2020), cuyo capítulo inicial publicado en Letras libres regalaba ya una saludable comicidad. Un público hastiado de ideas contumaces, alambicados análisis y ávido de historias le premió con la lectura y un razonable éxito editorial.

Un año después vuelve su protagonista, Enrique Notivol, en La muerte del hipster. Demuestra así el tino de lo creativo frente a la tozudez de la tesis en los ensayos del periodismo cultural sobre el sintagma “España vacía”, lo que tradicionalmente se había entendido sin mayor problema como el despoblamiento rural, pero visto ahora de manera opuesta a ese gran momento de deseo de vertebración nacional que supuso el fin de siglo para los escritores de la mal llamada Generación del 98. La fórmula narrativa propuesta por Gascón permite rebajar la solemnidad y recuperar cierto sarcasmo, que diluya al menos la pomposidad de las afirmaciones y sacuda nuestro interior al reflejarnos en alguna de las miserias caricaturizadas en la novela. Otros textos y escritores han congelado sus ideas en un suspenso tono agrio de tanto fruncir el ceño, mientras aquí la ligereza del tono y la forma narrativa ayudan a captar mejor la poliédrica realidad. Y, de tal manera, es decir en su justa categoría, conviene valorar estos apuntes narrativos.

Esclarecida la génesis y esencia de este divertimento entendemos como por vía del humor dialoga con menor dogmatismo y acaso más comprensión sobre las ideologías que nos carcomen a unos y otros. En esta segunda parte el confinamiento pandémico en el pueblo, anunciado por la significativa falta de canto del heteropatriarcal gallo Saputo, da comienzo al libro que se cerrará circular y escépticamente con el canto de su polluelo, todavía más fuerte que el de su padre. La llegada de la Covid a La Cañada de Azcón revela a sus habitantes el ridículo de ciertas medidas políticas: “La COVID 19 nos ha devuelto a la Edad Media y en eso en Teruel jugamos con ventaja” o como dice alguien: “Ahora todo el mundo vive como nosotros hemos vivido siempre”. En definitiva, la ausencia de sentido común a la hora de interpretar leyes y medidas de un comité científico que se reúne en el puticlub, de exótico nombre (como bien procede), del pueblo.

La autenticidad pero también extravagancia de lo rural frente al trampantojo del idealismo posmoderno del urbanita puede resumirse en la anécdota: “Veía el huerto y él me citó a Chesterton”. Las distintas vicisitudes del protagonista irán recordando los temas centrales del tablero político, ya se sabe, feminismo, digitalización, ecología, independentismo, sin pasar de soslayo por otros verdaderamente apremiantes. Por ejemplo, hay una acerada crítica al concepto de “refugiado” que manejan los amigos urbanitas de Enrique. Estos abandonan la ciudad en medio de la pandemia buscando el refugio del pueblo, donde el protagonista les acusará de irresponsables e insolidarios sin ver el personaje, a su vez, su propio error de antaño. Y aquí queda resumido el meollo de ambas novelas: todos somos víctimas de algo, ofendidos por alguien, y paralelamente no vemos cómo ofendemos al resto.

El episodio del uso de los fondos europeos deja en su justo desbarre las artimañas de siempre y los abusos terminológicos actuales aquí escenificados en el Punto del Poliamor, la Casa Emancipación, y otros chistes. Hay un eficaz uso del lenguaje con ingeniosos neologismos (catatombe, de catástrofe y hecatombe, ipsofactamente), estupendas caracterizaciones de raigambre galdosiana a través de giros idiomáticos y tics, tendentes a la cursilería, en el hipster frente al contrapunto de los pueblerinos con sus acertados nombres: Lourdes (la dueña del bar de la carretera) o Domingo será el apellido de la gerente del puticlub. El humor se presenta a veces mordaz, otras más sutil, socarrón casi siempre, así la inclusión de jotas resignificadas que se comunican entre ventanas o aquel remedo de la cueva de Montesinos. La jocosidad trabada en referencias culturales consabidas es constante en la obra creativa de Gascón.

Solo hace falta recordar los inicios narrativos del autor: La edad del pavo (2001) o El fumador pasivo (2005). Si en la anterior novela del hipster asistíamos al delirante episodio del rescate de Greta Thunder, aquí un lote de vacunas con efectos secundarios literarios tiene como único tratamiento eficaz responder con frases del mismo autor ( Gracián, Leonard Cohen o Thomas Pynchon, entre otros). Hay además cierta simbología entroncada en lo más acendrado de la cultura española: “Mal se le pone el ojo a la vaca”. Asimismo, en esta segunda parte, como en aquella de El Quijote, el protagonista tiene conciencia de que anda por ahí un libro que cuenta su vida (Un hipster en la España vacía) donde él mismo aparece y es visto de la siguiente guisa por una lectora: “Te imaginaba ahí con esa cara que tienes. Esos ojillos de despiste que todo el mundo pensaba que estabas siempre emporrado”.

La pugna entre realidad e idealismo, por no decir, ideología, peor aún, al engalanarse esta con los harapos de la dichosa posverdad en la novela, permite, con un punto de gustosa exageración, calificar al protagonista de Quijote posmoderno por su desvirtuadora idealización. Como al buen hidalgo, el paso del tiempo cambia al protagonista (“normaliza su alteridad”, afirmará irónico nuestro tierno hipster). Pero aquí parece ser un cambio superficial y vano pues apenas le sirve para distinguir entre distintas plantas.

Se apunta así un sostenido pesimismo como parábola de nuestros tiempos, simbolizado en el derrotismo de Enrique, quien se empecina todavía en alterar la organización política de las abejas. El personaje llegara al paroxismo cuando se encuentra con un imitador y consiguiente bronca que pone genial broche circular que conviene no revelar. Como sea, el desconcierto asumido por la colisión constante con la realidad es el hilo rojo que vertebra esta novela y nuestra realidad, resulta curioso que sea la literatura quien mejor nos lo recuerde.

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