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TRIBUNA

El final del Juicio de Núremberg (octubre de 1946)

Alejandro San Francisco
lunes 18 de octubre de 2021, 20:09h

El juicio de Núremberg se convirtió una fórmula novedosa –de profundo contenido político e histórico– para clausurar la Segunda Guerra Mundial y para perseguir jurídicamente a los principales responsables del conflicto bélico y de los genocidios.

El juicio se extendió por poco menos de un año, desde el 20 de noviembre de 1945 al 1 de octubre de 1946, día en que se pronunciaron las sentencias. Hace exactamente 75 años, el mundo había logrado informarse de algunos de los aspectos más espeluznantes del régimen nazi, así como de la fidelidad que sus principales jerarcas prestaban a su líder, Adolf Hitler. Como se sabe, este último no fue juzgado en esa ocasión, ya que decidió suicidarse antes de que las tropas del Ejército Rojo llegaran a su búnker en Berlín. Sí lo fueron algunos de sus fieles camaradas, algunos de los cuales fueron ejecutados el 16 de octubre.

Los interrogatorios, la resolución y las condenas aparecen bien narrados en el libro de James Owen, Nuremberg. El mayor juicio de la historia (Barcelona, Crítica, 2007). Se trata de una obra interesante, y que permite reconstruir parcialmente el juicio y su ambiente de aquellos meses, para finalmente anunciar las sentencias. En este plano, hubo varias penas de muerte: contra Hermann Goering, Joachim von Ribbentrop, Wilhelm Keitel, Alfred Rosenberg, Arthur Seyss-Inquart, Fritz Sauckel, Frank Ernst Kaltenbrunner, Wilhelm Frick, Juliuis Streicher y Alfred Jodl. La misma pena sufrió Martin Borman, quien fue condenado en ausencia. Por otra parte, Erich Raeder, Walter Funk y Rudolf Hess fueron condenados a cadena perpetua, que este último cumplió como único habitante de la prisión de Spandau hasta su muerte en 1987. Albert Speer y Baldur von Schirach fueron condenados a veinte años de prisión, en tanto Constantin von Neurath y Karl Doenitz recibieron quince y diez años respectivamente.

Speer –arquitecteo del Führer– aprovechó la prisión para escribir sus Memorias (hay versión en castellano, Barcelona, Acantilado, 2006 [Quinta reimpresión]). Ahí expresa con claridad, refiriéndose al juicio: “Aquellos nueve meses nos marcaron profundamente”. Refiriéndose a la “depravación humana” y al poder usado “contra la humanidad” por el régimen nazi, aseguraba que personalmente “yo trataba no solo de admitir aquellos hechos, sino también de comprender lo que había sucedido”. Cuando le comunicaron los veinte años de condena, recordaría después, “renuncié a formular una petición de clemencia a las cuatro potencias. Cualquier pena resultaba insignificante comparada con la catástrofe que habíamos provocado en el mundo”.

No todos tuvieron la misma actitud ni realizaron un análisis similar. Un caso paradigmático fue Rudolf Hess, quien había acompañado a Hitler en la cárcel cuando recién comenzaba el camino del nacionalsocialismo. Durante su alegato final, expresó sin ambigüedades: “Durante muchos años de mi vida, pude trabajar junto al hijo más importante que ha engendrado mi pueblo en sus mil años de historia. Aunque pudiera, no borraría aquel periodo de mi vida. Me enorgullece saber que he cumplido mi deber para con mi gente, con mi deber de alemán, de nacionalsocialista y de seguidor leal del Führer. No me arrepiento de nada”.

Había otras declaraciones que contenían reclamos con ciertas dosis de justicia, aunque no parecía el minuto de plantearlas ni quienes eran juzgados gozaban de autoridad moral para repartir culpas. Así se desprende de las notas de von Ribbentrop, quien sostenía que existía falta de convicción legal de parte del juicio: primero, porque solo las potencias victoriosas estaban representadas en el tribunal; luego, porque se había juzgado con un estatuto dictado ex post facto; además el juicio de supuesta conspiración era falsa. El tema más de fondo era muy potente: “Algo más se había probado. Si se acepta que la acción de Alemania contra Polonia es ‘guerra de agresión’, entonces la Unión Soviética fue cómplice”. En esto, como es evidente, había pruebas suficientes, y el pacto nazi-comunista de agosto de 1939 había sido el punto de partida de la Segunda Guerra Mundial: de los antiguos aliados, ahora unos eran jueces –la dictadura comunista– y los otros acusados, los líderes de la dictadura nazi.

Por otra parte, hubo un suceso inesperado entre la lectura de las sentencias y la aplicación de las penas de muerte: fue el suicidio de Hermann Goering. Fundador del Partido Nacional Socialista, a la llegada de Hitler al poder se había convertido en uno de los líderes más poderosos del Reich. Fue uno de los hombres más importantes juzgados en Núremberg y, como vimos, fue condenado a la pena de muerte. Sin embargo, quedaba una última sorpresa: pese a la vigilancia permanente a la que estaba sometido, en un momento “había cogido algo de la taza o de su ano y se lo había llevado a la boca. En la mejilla guardaba ahora un minúsculo vial de cristal. En cuanto lo mordiera y el cianuro fluyera por su boca, moriría”. Así ocurrió efectivamente, para sorpresa y enojo de sus carceleros, que pasarían a investigar cómo se había producido esta delicada situación.

Finalmente, el 16 de octubre de 1946 se produjo la ejecución de las sanciones más duras y los culpables fueron enviados a la horca. Ante la muerte previa de Goering, correspondió a von Ribbentrop ser el primero en dirigirse a la horca; dos horas después correspondió su turno al último de ellos, Arthur Seyss-Inquart. Entremedio, se dirigieron al patíbulo Keitel, Kaltenbrunner, Rosenberg, Frank, Frick, Sauckel, Jodl y Streicher. Este último había sido el odioso director del periódico Der Stürmer, una verdadera máquina de distribución de odios contra los judíos.

Un testigo de los hechos, Kingsbury Smith –citado en el libro de Owen–, relató el camino a la muerte de los jerarcas nazis: “De camino al patíbulo, la mayoría intentaron aparentar coraje… Todos salvo Rosenberg pronunciaron unas últimas palabras en el cadalso. Pero el único que hizo referencia a Hitler o a la ideología nazi en sus últimos momentos fue Juliuis Streicher”. Más adelante, el testigo afirma que Hans Frank “fue el único de los condenados que entró en la cámara con una sonrisa en el rostro”. Poco antes se había convertido al catolicismo, tras ser arrestado. Así terminaban su vida los jerarcas y también culminaba el juicio de Núremberg, con lo cual se ponía fin a una de las etapas más desastrosas de la historia de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial y genocidio nacionalsocialista contra los judíos.

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