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TRIBUNA

La razón de la sinrazón que a mi razón se hace

viernes 29 de octubre de 2021, 20:07h

Hubo un tiempo en que el derecho servía a la preservación y salvaguarda de las costumbres y usos propios de un pueblo, el derecho tenía su origen y razón de ser en la costumbre, era lo que suele llamarse consuetudinario.

Un pueblo, he dicho, o una comunidad humana organizada, que se había dotado de prácticas y costumbres en el ejercicio histórico de su existencia antropológica. Estas costumbres acreditadas por el tiempo constituían el firme, contrastado por la tradición, sobre el que asentaba la vida diaria de las personas. Su valor derivaba de su función de arquitectura de la vida común y de brújula biográfica que permitía a las personas singulares avanzar por los años con la seguridad de quien cuenta con un mapa exhaustivo del territorio y dispone de los recursos para afrontar la incertidumbre y la mudanza. El derecho, que configuraba el carácter, era el orden de la casa y la defensa del sentido del mundo.

Pero la armadura de obligaciones y derechos que mantenía erguida la comunidad sería percibida como una carga, un esqueleto artificioso que entorpecía el paso y limitaba la libertad de elección. La comunidad fracturada se deshizo del yugo de la tradición y se buscó fundar un nuevo orden sobre la base de una fascinante racionalidad, que aparecía dotada de infinita capacidad productiva. Esa racionalidad sería fuente de un nuevo derecho cuyo fin no sería preservar o defender costumbre alguna, sino fundar un mundo nuevo iluminado exclusivamente por la luz sin sombra de la razón.

El nuevo derecho asumió una función constituyente o generativa, no había que proteger sino producir las normas reguladoras de la actividad común y los principios de una vida esclarecida en el seno del Estado. Un derecho sin arraigo en un mundo sin historia, porque la historia es todavía el lugar de la superstición y el prejuicio. Un derecho que emanaría de la nueva sociedad, fundada en la razón (cuyo referente real fueron siempre las ciencias), y nos conduciría por el camino interminable del orden y el progreso. La base del nuevo derecho no se hallaba en el fondo sin fondo de un cimiento histórico que se hundía convertido en sima, sino en la conciencia libre y la voluntad, racionalmente depurada, de una ciudadanía emancipada del grave lastre de la superstición. Había que destruir la tradición y desbaratar las viejas costumbres para reconstruir de nueva planta el orden del mundo, la sociedad y la historia.

Y así nos encontramos con el producto revolucionario de los grandes razonadores, con el derecho ajustado a las coordenadas de una constitución que la sociedad se daría a sí misma, como una suerte de causa sui apoteósica y definitiva. La población – que ya no el pueblo – educada en una escuela tecnocientífica o racional cumple, y cancela en el mismo acto, el sentido de la historia al definir y decidir su propia constitución.

Y aquí estamos, viviendo en la tierra prometida del paraíso ilustrado, en las costas idílicas del sueño utilitario, en la abundancia interminable del liberalismo abstracto, entre las delicias de la gran liberación. Es cierto que todavía hemos de atender algunas desviaciones, algo parece no ajustarse a las magníficas profecías de la ultramodernidad. El gran aparato jurídico no deja de mudar, se modifica una y otra vez en tiempos cada vez más breves. Todo fluye en la nueva sociedad y se desvanece en el aire. El derecho se convierte en herramienta adaptada a circunstancias cambiantes, se acomoda a condiciones inciertas y pierde – en nombre de la libertad – el valor de norte. Algo no se ajusta en esta tierra al paraíso prometido por los grandes razonadores: florecen vagas supersticiones, se diversifican fetiches y aprensiones, se busca sentido en la forma de las nubes o en los posos del café y, por fin, se anuncia la gran catástrofe.

Destruidas las costumbres se demanda al derecho una función que no puede cumplir, es un momento de la misma demanda ineficaz que hacemos a la razón. Vamos descubriendo que la razón no es la vida, que la vida era más amplia y más profunda, más real y más intensa que esta mezquina razón, incapaz de respirar en la atmósfera artificial que ha producido. Empezamos a creer a los que nos advirtieron de que la razón pura es simplemente la locura.

Lo vamos entendiendo a medida que la maraña de educadores y juristas, políticos y pensadores, ciudadanos y ciudadanas, nos señalan como locos, mientras nos asfixiamos todos en el caldo artificial de su libertad y racionalidad.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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