El pasado 29 de septiembre se cumplieron los 82 años de vida de uno de los libros de naturaleza religiosa que más se ha leído en el siglo XX, Camino, de San Josemaría Escrivá de Balaguer, con una tirada total que se acerca ya los seis millones de ejemplares en prácticamente todos los idiomas del mundo con más de un millón de hablantes. El género literario y la intención catequética de Camino tiene su insoslayable precedente en las Consideraciones Espirituales, primer libro escrito por este santo españolísimo y publicado en Cuenca el 3 de julio de 1934, con el Nihil obstat del censor Dr. Sebastián Cirac, y bajo el sello del Obispo de Cuenca, Don Cruz La Plana Laguna. Se tiró una edición de 500 ejemplares y el coste fue de 310 pesetas. La censura, pilotada por el propio obispo, exigió para que viera la luz el cambio de algunas acuñaciones puramente literarias, como poner “santa audacia”, en vez de “santa desvergüenza”, que era lo que había escrito San Josemaría, y es que nos encontramos con un santo que, además de santo, era un escritor de raza, y le salían de su alma de escritor numerosas “callidae iuncturae”, que diría Horacio, que no entendía la prosa plana a la que estaba habituado el Sr. Obispo La Plana. El libro contiene 438 “consideraciones”. Pero en realidad son 435, pues, al ordenar las fichas y preparar el manuscrito para la imprenta conquense, el autor – o los mecanógrafos – introdujeron tres consideraciones repetidas. Previamente, y a última hora, San Josemaría decidió prescindir de siete consideraciones, tres de las cuales eran frases tomadas del libro “Decenario al Espíritu Santo”, de Francisca Javiera del Valle, que había leído y anotado fervorosamente en 1932. Percibimos en la lectura de estas Consideraciones cómo se va recogiendo la sabiduría espiritual que Dios le va otorgando. Cada “consideración” es una reflexión, una sentencia o tesis concisa, que se remontaba a lo que el santo aragonés llamaba “catalinas” en honor de Santa Catalina, y cada una de ellas recordaba al santo un suceso, un hecho o a una persona. Existe en alguna de estas consideraciones un aire de intimidad psicológica y espiritual que recuerdan el Diario íntimo de Henri-Frédéric Amiel.
Camino se redacta en un momento de terror y sangre, durante nuestra última Guerra Civil, entre los meses de abril y agosto de 1937, mientras Don Josemaría estaba refugiado en la legación de Honduras, y fuera de ella, en las calles de Madrid, se seguían matando curas por ser curas o monjas por ser monjas. Isidoro Zorzano visitaba al santo regularmente, y de él iba recibiendo las sucesivas “catalinas” en fichas u octavillas que completarían los 999 parágrafos o “gaiticas” que componen Camino. Es por ello que, además de muchas más cosas, Camino es testimonio del sufrimiento interior que embargó el alma de San Josemaría en aquellos meses de horror, tortura y sangre en el Madrid rojo, una auténtica noche oscura del alma, que, según los testigos, externamente apenas se traslucía. Pero San Josemaría no fue el único intelectual que protegida su vida por el protocolo diplomático escribió una gran obra encerrado en una embajada. Así, durante el año que pasó en la embajada de Chile, Rafael Sánchez Mazas, por entretener el ocio de sus compañeros de cautiverio, escribió la magnífica novela Rosa Krüger, que se editó cincuenta años después, muerto ya su autor, espléndida, aunque inacabada novela, homenaje a Extremadura, el Pirineo y el corazón de Europa, con páginas memorables. También José María Alfaro, tras lograr pasar las líneas al final de la guerra, se llevó consigo la novela que también había escrito en la embajada de Chile, Leoncio Pancorbo. Y podríamos seguir con otros muchos grandes escritores de derechas y liberales que salvaron su vida en el Madrid rojo tras buscar santo asilo en las embajadas, como el también eximio escritor Samuel Ros.
Si la personal e íntima experiencia de todos nos enseña que la escuela del dolor es parte de las resoluciones más nobles y de las ideas más levantadas, ¿ha de extrañarnos que la incomodidad, la estrechez de las cárceles o de los nada inexpugnables refugios y el miedo a morir en cualquier saca alumbren pensamientos generosos? Tres nombres de nuestras Letras – Cervantes, fray Luis de León y Quevedo – bastarían para recordarnos cuánta gratitud debe el espíritu a la transitoria sujeción del cuerpo, y cómo el alma se enciende, purifica y robustece en la fragua del sufrimiento y en la cercanía del asesinato inicuo.
El domingo, 22 de enero de 1939, en Burgos, capital de la España nacional en guerra, en la calle Concepción 9, fue el día en que el Fundador del Opus Dei, tras haber escapado de la España roja un mes antes, terminó la redacción de Camino, o más exactamente, completó sus 999 puntos o gaiticas, como el propio San Josemaría las llamaba.
Camino, no sólo es un excelente libro de espiritualidad religiosa, sino que también de él se desprende una profunda sabiduría psicológica sobre el hombre – sabiduría impropia en un sacerdote joven – y un gracejo literario que sitúa a San Josemaría como un consumado escritor a lo Gracián, paisano suyo. Los 999 puntos o gaiticas que lo componen son un modo de concebir y designar, más que un género literario, un “estlio” de la proposición de la verdad cristiana, que es esencialmente dialógico. El propio autor definía así sus gaiticas: “Yo, a todos los pensamientos que están en
Camino, y a otros muchos, que hay montones, cuando tenía treinta años, los llamaba “gaiticas”, mis “gaiticas”. ¿Por qué les llamaba así? Porque como no soplen, no pitan. Cada uno las puede hacer pitar según su arte(…) No basta tener un chuflo en la mano: hay que soplar. Vosotros tenéis todas las “chuflainas” que os dé la gana – en aragonés os hablo -, pero hay que hacer el esfuerzo de soplar”. La brevedad en las “gaiticas”, su sublime “brevitas”, se enmarca en la sentenciosidad literaria propia de los grandes escritores aragoneses, que arranca con los breves arpones, llenos de gracejo y “acetum” del divino Marco Valerio Marcial, sus inmortales
Epigramas. Había un simbolismo espiritual del número 999. El amor a la Trinidad.