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TRIBUNA

Que sea lo que Dios quiera

domingo 07 de noviembre de 2021, 18:18h

El apocalipsis que nos anuncian, no es el que habíamos imaginado. En primer lugar, porque resulta anodino y gris, como un Armagedón silencioso y sin épica, pero también porque tendrá lugar a oscuras, si es que se produce el gran apagón.

Bajo las estrellas de un cielo recuperado, en el silencio de las máquinas y las pantallas ensombrecidas, por un instante escucharemos el eco remoto de la creación. Ciudades sin luz, calles pobladas de peatones y bicicletas, apenas algún vehículo a motor. Rostros de pavor que paulatinamente recuperarán el gesto habitual, pero dotado ahora de la espesura y profundidad de su valor natural: desnudo de afeites, lavado con agua fría, circunspecto, preocupado y serio. Tardará un tiempo en perder, por fin, la marca estúpida de nuestra pánfila felicidad.

Pero ese final es ya nuestro presente. Ahí está la inquietud que excita a muchedumbres de egos diminutos y solitarios en busca de recursos de supervivencia: hornillos de gas, comida en lata, linternas y pilas, una radio, agua envasada... de nada valdrán estos recursos de náufrago. El mayor peligro acecha en las ciudades, en las que el hombre, lobo para el hombre, podría enseñar muy pronto sus colmillos. Allí donde haya subsistido la vida comunitaria, donde exista todavía el Reino, el apoyo mutuo y el amor al prójimo garantizarán la supervivencia. Allí donde domine el individuo autónomo se verán escenas de terrible desolación.

Sin duda volverá la luz y habrá un nuevo amanecer, porque las sombras no prevalecerán. Entonces recuperaremos el sabor de los alimentos, el gusto del aire que respiramos, el valor del agua caliente y la ropa limpia, habremos aprendido a dulcificar el tiempo con la palabra viva y hablaremos realmente, sin el hedor de la desconfianza. Pero habrá que atravesar la dolorosa cortina de fuego, habrá que dar testimonio del Reino en la entrega gratuita de sí mismo, en el sacrificio en favor del prójimo, habrá que reconstruir la arquitectura arruinada de la vida común. El precio tendrá que ser altísimo, medido en llanto y sufrimiento, en heridas que quebrantarán el espíritu, pero que nos enseñarán que el mayor dolor no es nunca el propio.

Para los que hemos conocido la universidad del desastre, en términos de Paul Virilio, será una detestable confirmación. Son muchos los que han visto el rostro del mal, bajo el brillo de oropel del gran comercio global, bajo las muchedumbres de egos desvalidos y su soberbia pseudo-democrática, bajo la descomposición de los elementos ancestrales de la condición humana, bajo el desprecio de la trascendencia y el orgullo impotente de la vida animal.

Pudiera ser, sin embargo, que ese final se prolongue muchos años y nuestra agónica existencia de consumidores insatisfechos, de autócratas banales e impotentes profundice el tormento. La angustia de nuestra vida actual acaso conozca un largo tramo de existencia inercial.

En cualquier caso, la gran contracción económica mundial, el Big Crunch de la historia, no parece que signifique forma alguna de restauración. Deberíamos saber que sólo un Dios puede salvarnos, pero no hemos oído crujir la armadura del mundo, ensordecidos por el fragor tecnoeconómico de la poderosa maquinaria global. Algunos podrían sospechar que se difunde intencionalmente ese estado de schock, que paradójicamente despierta en otros una cálida esperanza.

No sería mal final sucumbir habiendo visto caer la pesada herrumbre que asfixia nuestros pasos sobre la tierra, el vano escenario de una existencia impostada. Habiendo visto la huella de la desesperación bajo el gesto infame del que siempre adoró el pensamiento positivo. Pero no es probable que nos esté reservado ese final. Sería peor prolongar el mismo infierno de bienestar, aunque no se vea cómo eludir un decrecimiento más o menos doloroso. Pudiera ser que el espectáculo del fin del mundo escapara de la mano de sus guionistas y rompiera los programas de los señores de la historia, pudiera ser verdaderamente el final de esta era de simulación y mentira. No sería mal final, sucumbir en presencia de la bellísima luz de la verdad. No es fatalismo, es desapego: que sea como Dios quiera.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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