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TRIBUNA

El complejo industrial-pedagógico

domingo 14 de noviembre de 2021, 19:56h

En algunos momentos de raro optimismo me parece ver que se extiende una conciencia imprecisa del estado de emergencia terminal en que nos encontramos. Antes del clímax todavía puede producirse, sin embargo, un grado más de agotamiento, un nuevo paso en una descomposición que ya antes había juzgado definitiva. Me angustia pensar que el proceso pudiera no conocer límite, como un abismo que se hunde siempre sin alcanzar la roca madre sobre la que reconstruir los elementos de la civilización. Ha de acabar este hastío, ha de haber un orden bajo la densa pasta antropológica en que se ha convertido nuestra convivencia.

Cuesta escuchar en boca de los administradores la apelación a la “ley y al sentido común”, como si no fueran antagónicos, como si no sucediera que la ley suplanta y sustituye – siempre sucedáneamente – al sentido común. Es preciso legislar al detalle cada aspecto de la convivencia porque, justamente, ha desparecido el sentido común. Como si no se hubiera extinguido hace tiempo cualquier vestigio de comunidad, como si no fuéramos ya un gentío, una muchedumbre, una peligrosa suma de conciencias diminutas pero soberbias: ególatras disminuidos, autócratas llevados del dogal de su atención cautiva, de su percepción servil. Entre esa multitud es peligroso corregir la dirección de la mirada. Siempre fue así, desde la vieja leyenda platónica de un fugitivo del submundo que, tras haber visto la luz conservó todavía la piedad necesaria para luchar por la libertad de los cautivos. Esa piedad, signo de su libertad, le costó la vida. Es difícil habitar en medio de la manada global, es peligroso habitar lo inhabitable y tratar de atender realmente más allá del horizonte virtual que se nos diseña.

En el complejo industrial-pedagógico por el que pasa la muchedumbre de egos diminutos la legislación es exhaustiva. Se han extendido masivamente los servicios jurídicos, las sanciones se dirimen como disquisiciones expertas, el detalle de una simple amonestación escolar exige la vana precisión de la escolástica alejandrina. Una consecuencia ineludible es el incremento exponencial del aparato burocrático: modelos, instancias, formularios de todo tipo median cualquier relación, estandarizan cualquier encuentro. La vigilancia alcanza una minuciosidad tendencialmente perfecta: grabación telefónica, certificados digitales, información detallada y certificada.

En esta atmósfera la comunicación es sustituida por la transmisión de datos y, por su parte, la conversación no formalizada se embrutece, espita que deja escapar la presión, residuo no apresado por el aparato formador. El trato mutuo adquiere el estilo del serrallo, del burdel o de la banda. En el programa formador se conservan los viejos nombres sin que parezca advertirse la estridencia: humanidades, filosofía, lenguas clásicas, religión... las ciencias estrictas se han visto algo menos afectadas, pero – sobre todo – prosperan las pseudociencias: pedagogía, mindfulness, técnicas de convivencia...

Decía que pudiera estar apareciendo una cierta conciencia del estado de ruina de la educación, pero me angustia pensar que hay todavía margen para la descomposición. Es especialmente el caso de la educación estatal o pública, pero no es muy distinta la situación de la educación de pago o privada. Es mucho más que la escuela lo que se viene abajo, estamos en una sociedad agónica, acaso decidida a desconocer su estado y de ahí el enorme riesgo en que nos hallamos.

El problema tiene, para los más viejos, una dimensión biográfica ¿Cómo es que un hijo de campesinos analfabetos pudo consumir su vida en una dedicación sostenida y sistemática a la lectura o al estudio de unos saberes hoy socialmente desacreditados? ¿Qué vuelco en la estimativa dominante orienta hoy a tantos a actividades no sólo distintas, sino radicalmente contrarias al ejercicio de las humanidades en general y, en especial, de la filosofía?

En los últimos cincuenta años ha desaparecido una, acaso ingenua, veneración hacia ciertas figuras culturales investidas de autoridad. Desparecieron los nombres grandes de la literatura o de las ciencias. El escritor decayó en redactor o en tertuliano, la inteligencia científica se ha constituido en red o se ha plasmado en equipos de investigación, el filósofo o el sabio es hoy gurú de la autoayuda o gestor de recursos humanos. Ha desaparecido la clerecía y también se han ido los fieles de la doctrina, les sustituye una población descreída que ha perdido la ingenuidad (o nunca la tuvo) y que, lejos de sufrir por una privación o una carencia, ostenta la plena disponibilidad o el libre acceso a bibliotecas infinitas y músicas inagotables, a recursos sin término que no requieren ser frecuentados. Se confunde así la lenta nutrición y el crecimiento orgánico con la disponibilidad indeterminada. Como si esos bienes fueran valores abstractos, magnitudes contables, y no la tierra elemental sobre la que prosperamos.

La población sometida al sistema pedagógico-industrial expresa un desprecio creciente hacia el docente, contrafigura del maestro. Un desprecio que toca la ofensa y se manifiesta en formas –menores, pero cotidianas – de agresión. Por mi parte, creo que ese vuelco en la estimativa consiste en la ruina de lo que llamó Orwell la decencia común: “una mezcla de honradez y sentido común, desconfianza hacia las grandes palabras y respeto a la palabra dada, apreciación realista de la realidad y de atención al prójimo”. Así caracterizaba E. Carrère esa honestidad o decencia común que Orwell juzgaba presente en el pueblo, más que en las clases superiores y sumamente rara en los intelectuales. Es la barrera – hoy demolida – que resistía, hace todavía algunas décadas, a las fuerzas de descomposición que pudieran estar tocando su límite.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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