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Ensayo

David Mota Zurdo: En manos del Tío Sam

domingo 14 de noviembre de 2021, 20:55h
David Mota Zurdo: En manos del Tío Sam

Comares. Granada, 2021. 238 páginas. 23 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En la obra En manos del Tío Sam. ETA y Estados Unidos, David Mota Zurdo nos ofrece un trabajo científicamente sobresaliente que permitirá al lector conocer aspectos novedosos relativos a la trayectoria de la mencionada banda terrorista. En efecto, a través de una rigurosa investigación, ha analizado más de 1600 documentos desclasificados por las autoridades norteamericanas que abarcan el periodo comprendido entre la década de los 50 y 1987.

En este sentido, conviene tener presente la recomendación efectuada por el autor en el apartado de conclusiones, donde subraya que aún permanecen abiertas determinadas líneas de investigación. Al respecto, alude, por ejemplo, a la importancia de conocer el punto de vista de Washington sobre momentos en los que ETA incrementó su letalidad, como fue el caso de los años 90 cuando puso en marcha la campaña de “socialización del terror”.

Mota Zurdo combina con precisión aritmética varios escenarios complementarios. Por un lado, el relativo a la postura de Estados Unidos, recordando que la España franquista desde la época de la Administración Eisenhower era aliado de la Casa Blanca, lo que suscitó la irrupción de un antiamericanismo tangible entre amplios sectores del nacionalismo vasco, sobresaliendo la figura de Juan Ajuariaguerra. Por otro lado, el propio desarrollo de la dictadura hasta la llegada de la democracia y la consolidación de esta última. Entre ambos planos, nos explica el protagonismo en aumento de ETA y su justificación de la violencia con intencionalidad política, incrementando aquella a partir de 1975 cuando concentró sus esfuerzos en desestabilizar la democracia realizando acciones contra la policía y los militares en un intento de ejercer presión al Gobierno y hacer peligrar el consenso constitucional” (p.124).

Con todo ello, una tesis permea por toda la obra: el interés de Estados Unidos por ETA fue limitado y siempre estuvo subordinado a la protección de sus objetivos (comerciales y geopolíticos) en nuestro país. Así, cuando comenzó la Transición, e incluso antes, el deseo norteamericano de que transcurriera de manera pacífica y ordenada acentuó el espacio concedido a ETA: ¿se trataba de un fenómeno propio del País Vasco o contaba con apoyos a lo largo y ancho de la geografía nacional? Además, Washington entendía que el PNV debía desempeñar un rol de relevancia a la hora de finiquitar el terrorismo etno-nacionalista, considerando por ello que el gobierno español debía dar respuesta urgente a determinadas aspiraciones de la formación jeltzale (en particular, las relacionadas con la autonomía política y administrativa).

Igualmente, Estados Unidos siempre fue consciente de la necesidad de una mayor implicación por parte de Francia a la hora de combatir a ETA. Nos hallamos ante una exigencia habitual de las autoridades españolas frente a la que el país vecino, como refleja el profesor Mota, optó por “nadar y guardar la ropa”, lo que se tradujo en la ausencia de apoyo hasta bien entrados los años 80. En efecto, los sucesivos gobiernos del Elíseo temían que una mayor colaboración generara un incremento de los atentados perpetrados por ETA en su territorio, sin olvidar que la imagen de la mencionada banda terrorista como organización anti-franquista aún contaba con innumerables adeptos fuera de nuestras fronteras: Desde que ETA empezó a utilizar su estrategia violenta y cometió sus primeros atentados mortales, el Gobierno de Francia y su opinión pública interpretaron que la organización nacionalista vasca se limitaba a la lucha por los derechos del pueblo vasco” (p. 47).

España pidió ayuda a Estados Unidos para hacer frente a ETA en un momento en que diversos terrorismos locales golpeaban con contundencia a numerosas democracias europeas. Sin embargo, “los norteamericanos fueron reticentes a esta solicitud […] se señaló de manera reiterada que ETA no tenía vínculos internacionales” (p.141). Dicho con otras palabras, Washington la situaba, en lo que a peligrosidad se refiere, uno o varios escalones por debajo de la RAF o de la Brigadas Rojas que sí habían atentado contra sus intereses en el viejo continente. Un limitado cambio de postura se produjo en 1982 aunque “las fuentes a las que se ha tenido acceso no permiten profundizar en qué consistió esta ayuda a España, ni en qué fechas se produjo, en caso de que así fuera” (p.161).

Lo que sí es cierto es que los analistas de Estados Unidos detectaron la verdadera naturaleza de ETA, una organización de fanáticos que no dudaba en recurrir a métodos propios de la criminalidad organizada para financiarse, frente a la cual solo servirían “medidas policiales contundentes acompañadas de negociaciones de fuerza inexpugnable” (p. 168). En íntima relación con esta idea, rechazó la creación los GAL porque desacreditaban a la democracia española, enfatizando que la solución descansaba en la cooperación de Madrid con el gobierno vasco y en la coordinación con Francia.

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