Insumisa es quizá el adjetivo más apropiado para calificar a Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941)), quien a los galardones obtenidos hasta el momento, como el Premio Iberoamericano de las Letras José Donoso, une ahora el Cervantes, engrosando así la no muy copiosa lista de nombres femeninos -seis-, que lo obtenido hasta el momento. Recién cumplidos los ochenta años este 12 de noviembre, la escritora uruguaya, ha recibido el mejor regalo. Afincada en Barcelona desde 1972, cuando tuvo que exiliarse de su país, pasó una temporada en París, donde conoció a Julio Cortázar con el que mantuvo una gran amistad y sobre el que escribió Julio y Cris, obra de carácter autobiográfico.
Y a este género pertenece su último libro publicado en España, y titulado precisamente La insumisa. En él, Peri Rossi no realiza un recorrido por toda su trayectoria vital, sino que centra en su etapa de niñez y adolescencia. Pero lo que aquí nos cuenta resulta harto significativo para comprender los periodos que vienen después. Sin duda, su carácter indómito, su proclamada sin ambages homosexualidad se forjaron en los años iniciales de su existencia, en los que va descubriéndose a sí misma, a los otros y al mundo, pues, apunta la propia autora: “Según los biólogos, los primeros años de nuestra vida son los más inteligentes. El resto es cultura, formación, adiestramiento”.
Al contrario de lo que analizó Freud -que, por cierto, asoma por las páginas de La insumisa- en cuanto al denominado “complejo de Electra”, esa inclinación de las niñas hacia su padre, Cristina Peri Rossi está “enamorada” de su madre, como ya nos confiesa en el sorprendente arranque de la obra: “La primera vez que me declaré a mi madre tenía tres años […] Yo tenía propósitos serios: pretendía casarme con ella […] Mi madre y yo éramos una pareja perfecta. Teníamos los mismos gustos (la música clásica, los cuentos tradicionales, la poesía y la ciencia), compartíamos los juegos, las emociones y los temores”. Entre las causas de esos temores, se encuentra el padre de la escritora, con quien su madre sufrió un desgraciado matrimonio: “Mi madre era una mujer asustada, carente de toda protección que no fuera la mía, dado que su marido -mi padre- era un hombre huraño, violento, solitario y peligroso".
Tras ese primer deslumbramiento por su progenitora, Peri Rossi nos relata una segunda fascinación por una vecina, Mabel: “En cuanto nos vimos nos amamos. Yo tenía cinco años, y ella, probablemente, diecisiete […] Era dulce, cálida, seductora, amable y le gustaban los niños”. Con Mabel comienza una singular relación, en el que la una desempeña el papel de “madre adoptiva” y la otra el de “hija preferida”, y vuelve a repetir el esquema de pareja perfecta: “¿Qué hacen las parejas bien avenidas? Juegan, conversan, pasean, se acarician, se miman, se besan y no pueden vivir la una sin la otra”.
Respecto a Mabel, señala muy significativamente que vivía “en una casa de aspecto de cuento”, pues, de la infancia de Peri Rossi conocemos también su precocidad por la lectura. Aprende a leer por su cuenta, declarándose “demasiado impaciente como para esperar ir a la escuela y fascinada por todos aquellos libros que contaban historias de héroes griegos o apasionantes aventuras de animales”.
Así, empieza su pasión por los libros, incrementada cuando descubre la biblioteca de su tío Tito, culto, ateo y misógino, repleta de títulos que ambicionaba leer: “No sé con cual comencé ni con cual terminé, pero recuerdo haber leído los poemas de Amado Nervo, Don Quijote de La Mancha, el teatro de Eugene O´Neill y los relatos de William Saroyan. Nena querida fue toda una revelación para mí, y se convirtió en uno de mis preferidos”. Precisamente será este libro el que muchos años después regalará a la primera mujer de la que se enamora. Y también se inicia su vocación literaria. Cuando su tío le pregunta qué quiere ser de mayor, le responde sin vacilar: “escritora”.
En en su poema “Condición de mujer”, incluido en Otra vez Eros (1994), Peri Rossi afirma: “Soy la advenediza / la perturbadora / la desordenadora de los sexos / la transgresora. / Hablo la lengua de los conquistadores / pero digo lo opuesto de lo que ellos dicen”. Y en el acta de concesión del Cervantes, el jurado destaca: “La literatura de Cristina Peri Rossi es un ejercicio constante de exploración y crítica, sin rehuir el valor de la palabra como expresión de un compromiso con temas claves de la conversación contemporánea como la condición de la mujer y la sexualidad. Asimismo, su obra, puente entre Iberoamérica y España, ha de quedar como recordatorio perpetuo del exilio y las tragedias políticas del siglo XX”. Quizá no resulte aventurado pensar que su credo y activismo políticos, su radical feminismo y su lucha contra la discriminación sexual y la homofobia -“Yo nunca estuve en el armario”, declaró en cierta ocasión-, han inclinado la balanza para otorgarle, precisamente ahora, el Premio Cervantes.
Pero, claro está, esto no le quita mérito a la escritora uruguaya, de cuya valía en los distintos géneros que cultiva son una muestra estas memorias, surcadas también por anécdotas, a veces divertidas, como cuando le dice a su madre con gran exaltación: “Estoy embarazada, estoy embarazada. Un hombre me ha tocado la mano en la panadería empujándome al entrar”.
En un momento de estas memorias se recuerda que Cesare Pavese escribió: “Síntoma inequívoco de amor es contarle al otro nuestra infancia”. Así lo hace Cristina Peri Rossi en La insumisa.