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PÁLIDA CONDENA

Nunca se sabe

Miguel Ángel Gómez
lunes 15 de noviembre de 2021, 20:11h

El aforismo como ojo cósmico que mira el espacio profundo. El aforismo no se apoya en expertos ni menciona las fuentes. La maniobra del mejor aforista es impecable y se siente contento de haber retomado el contacto con la forma más cercana del mundo exterior. Que hay aforismos que tienen vistosos envoltorios. La aparente facilidad del aforismo nos engaña, quizá sonriente, sonriendo y probablemente no sonriendo. Limítate a mirar. José Luis Trullo, que tanto ha dado al aforismo con pausada precisión en el polvo moteado del pie de la literatura, se ocupa ahora en un nutrido libro de aforismos lleno de aciertos, Nunca se sabe, de rescatar reflexiones con su voz áspera, salvaje, utilizando la escalera lírica. Muchos de ellos se adelantaron en volúmenes colectivos (Aforismos a contrapié) o en la revista digital Culturamas. Es como si leyera la novela Doctor Jekyll y Mister Hyde por primera vez ante la amenaza del tiempo avanzado. Estoy inmóvil, con la cabeza ladeada, leyendo. Lo leo con ojos insomnes como quien coge una calabaza de una rama de sauce y bebe y bebe. “Toda afirmación es dudosa, salvo esta”, leemos a sabiendas de que se trata de algo serio en la primera de las secciones, “Breviario de escepticismo”.

Consciente de que sin aforismos dormiría un sueño muy pesado y no miraría por una ventana lo que da al frente, no necesita José Luis Trullo centrarse en una única temática. Leo: “¿Y si la duda no fuese un castigo, sino el supremo galardón de una búsqueda milenaria?”. Una pregunta que se pone en marcha inmediatamente trazando las líneas de fuerza.

Nacido en Barcelona en 1967, publicó Metas volantes, en 2015. Ahora, seis años después, tras Líneas de flotación (2018), La lección de Pulgarcito (2019), y el más reciente, Y de pronto amanece (2020) juega a traer la aflicción de este mundo. La aflicción: conocemos su nombre de pila casi tanto como el nuestro. Sabe contar y decir levantando la vista. Es maestro en el arte aforístico que lleva aquí mucho tiempo. La segunda de las secciones, “Dejar de pensar” evoca las ideologías: “Ideología: pienso para los que no piensan”; “La ideología interpone una cortina entre nuestra visión y la realidad, y luego otra, y otra, y otra”. Sabe escoger sus aforismos sin que varíe el estilo. El punto de partida de este libro es la autenticidad que repite su deseo de enseñarnos a conducir el coche literario.

Enumero algunos aforismos que demuestran que es cuestión de técnica, y que los mejores transpiran inmediatamente: “La imaginación no se opone a la razón, antes bien: la lleva más lejos, más alto, más adentro”; “No dar nada por sentado: esa angélica inconcreción, ¿podréis, humanos, soportarla?”. Mención aparte merece lo que afirmó Jack Kerouac alguna vez y que rescato ahora: “Hay que mirar nuestra propia película, que somos nosotros”. José Luis Trullo se mira a sí mismo, sabe que el aforismo es la modalidad donde hay mucha leña que cortar. Nos cuenta la vida y es una grata sorpresa. La sección “Esa lumbre sagrada. Sobre la dignidad” nos dice: “La dignidad tiene una boca curiosa: carente de labios, pero atestada de incisivos y colmillos afilados”. Que Bob Dylan lo cantó: “Viento frío afilado como una cuchilla de afeitar / casa en llamas, deudas impagadas, / voy a pararme en la ventana, voy a preguntarle a la criada ¿has visto a la dignidad?”. En el mundo que nos rodea todo se sabe, pero nunca se sabe. La lectura que camina nos convierte en otra persona. No se lee de igual modo a los novelistas que a los aforistas.

Explica Enrique García-Máiquez en el prólogo: “Empecemos por el autor, que son dos, aunque, siendo uno el homónimo y otro su seudónimo, o, mejor dicho, el ortónimo (José Luis Trullo) y el heterónimo (Felix Trull), allá donde se funden, surge un tercero, el hombre de una pieza”. El desdoblamiento nos intercepta, nos cuela en una sala donde la cosa funciona. Los aforismos aquí reunidos juegan con una estructura con velocidad de insecto. Cada vez van haciéndose más reales: “Para un mundo que sólo admite como real lo que puede verse y tocarse, no hay nada más trágico que morir por algo que no se puede ver ni tocar”. Su aforística no escapa del lenguaje coloquial (“Contagio, luego existo”; “Dudo, luego existes”; “Pienso, luego desisto”). Los aforismos echan después una mirada al cuentakilómetros de las circunstancias (“Las circunstancias son un folio en blanco, ya sea liso o arrugado”; “Sin circunstancias, nada; con circunstancias, todo”), las variaciones (“Variar: crear no de la nada”) o inclusive la resurrección (“Soy como el árbol que sólo crece, florece y fructifica para poder volver a nacer”; “Hay que imaginarse, como Camus, a Sísifo contento… y a Lot, reconcomiéndose por dentro”). Y se hacen cada vez más explícitos: “Los solitarios caminan con su interior a cuestas, a modo de exoesqueleto”.

José Luis Trullo es un aforista de ideas, como lo es Felix Trull. Ambos crecen libro a libro para la satisfacción de muchos lectores entre los que me encuentro, son como grandes trozos de vela goteando en la mesa de la literatura. No abandonan sus peculiaridades estilísticas encerrados en su oficio. La naturalidad se consigue dejando de lado la indecisión.

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