Marcelino Camacho es uno de los hombres clave de la Transición. Sindicalista insobornable, comunista de sólida...
Marcelino Camacho es uno de los hombres clave de la Transición. Sindicalista insobornable, comunista de sólida convicción, honrado hasta la médula, fue hombre moderado y serio, robustecido por una copiosa cultura sindical y económica. Se manifestó contra la dictadura de Franco cuando el general vivía. Padeció cárcel en reiteradas ocasiones. Le visité yo en Carabanchel. Empezó escribiendo en El País al comienzo de la Transición. Luego se vino conmigo al ABC verdadero y durante largos años escribió sagaces artículos desde su punto de vista que era el que informaba a Comisiones Obreras.
“Nosotros -dijo Marcelino Camacho en el debate sobre la Ley de Amnistía- consideramos que la pieza capital de esta política de reconciliación nacional tiene que ser la amnistía. ¿Cómo podríamos reconciliarnos los que nos habíamos estado matando si no borrábamos ese pasado de una vez para siempre? Nosotros, los comunistas, que tantas heridas tenemos, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores. Estamos resueltos a marchar hacia adelante en esa vía de libertad, paz y progreso”.
El diario El Mundo, en un editorial admirable, recoge este párrafo de Marcelino Camacho. Su lectura debería enrojecer de vergüenza la cara de Pedro Sánchez que parece dispuesto a burlar la Ley de Amnistía, el gran logro de la izquierda en los años 70, para satisfacer el ansia de revanchismo de los diminutos grupúsculos que con sus escaños mantienen al presidente cómodamente sentado en la silla curul de Moncloa.
Una vergüenza histórica, en fin. Pedro Sánchez se dispone a traicionar la obra de Felipe González y a devastar la grandeza política de la Transición por el plato de lentejas de un puñado de votos en el Congreso de los Diputados.