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DESDE ULTRAMAR

¡Lunes! palabras que me gustan del idioma español

Marcos Marín Amezcua
jueves 25 de noviembre de 2021, 20:51h

A mis lectores que son contacto en redes sociales, resultará familiar el encabezado que en esta ocasión intitula mi entrega semanal, leída en ambos hemisferios.

El solaz pasatiempo de recabar palabras difundiéndolas los lunes, ya es parte consustancial de mi incursión en el Feis. Conforma una sorprendentemente esperadísima sección en toda regla y este quehacer semanario cumple diez años de su asidua y puntual aparición. Esa recopilación lingüística compláceme que sirva, tal cual, para motivarnos a enriquecer nuestro léxico, siendo su principal finalidad. La enunciación de vocablos no es una simple chaladura hija de la ociosidad; mas, de serlo, sería una impregnada de cierto cariz academicista y cultural, un acopio paciente, acucioso y móvil que visibiliza expresiones afiligranadas para adoptarlas.

Tal proceder es producto de una eunoia (un pensamiento bello) materializada en una eupatía (poseer buenos sentimientos) que consiguen una eudaimonía (alcanzar la felicidad [descubriendo términos]), abroquelándolos para que, así cobijados en nuestra cotidianeidad y memoria, los utilicemos resguardando su viveza y valía.

¿En qué consiste exactamente esta práctica? Se trata de enlistar cada ocho días brujuleándola, a diez voces de la lengua española que me provoquen –primera que es entre las romances por hablantes y de tales, la más usada en Internet–, atendiendo a muy diversos criterios: novedad, rareza, utilidad, extrañeza, antigüedad, precisión, encuentro, atesoramiento o a su peculiar morfología, también. Obedece al legítimo interés por mantenerlas imperantes, que es una forma extraordinaria de no perderlas como las hay, lastimosamente, empleándolas al reactivarlas en nuestro decir habitual, por merecer su permanencia, rescate, inclusión y reavivamiento. Y dejando a la curiosidad de los lectores a que, de no saberlo, investiguen el significado de las propuestas en cada registro. De obtener quedarnos al menos con una palabra de tales, será ganancia. Después de todo, somos el idioma mismo y es alible a nuestro ser como para que dejáramos que se nos esfume, empolvándolo. Y lo abarca todo, generándome todo ello una profunda satisfacción cuando alguien me alerta y dice: ¡mira, una para la lista de los lunes!! Me resulta invaluable esa sinergia, esa complicidad y ese comedimiento colectivo.

Pues bien, tan innato y metódico enlistado semanal lo inicié como una simple ocurrencia, fue un pronto por subir un conjunto de locuciones que me agradaban de nuestro idioma y que, con su desconocido número justo de expresiones –pues entre variables y giros, se torna cuasi infinito e imposible saberlo– incita y concita a repasarlo. Invariablemente, escogida la decena, las pregono y no obstante que a veces me permito la posibilidad de sumarle algún pilón. Si se cruza una época señalada en el calendario, aspiro consecuente a aludirla. De ser posible, que no sean repetitivas. Y así se fueron dos lustros y sigo en ello, cada lunes, infaltable. Desde luego que se trata, además de un entretenimiento, de una mixtura de disciplina y manía sofrita de curioseo. Una argamasa lustrosa, palabrario de rutinario escarceo que después de merodear y cribar escritos o conversaciones de diversa índole y raíz, repasando áreas del conocimiento o realidades que tributan su codiciado y bien recibido tesoro, es inalterablemente provocadora y satisfactoria de los objetivos perseguidos. Es recurrente la desazón constatando lo olvidada que se halla esta o aquella voz revelada al surcar nuestra lengua y, por consiguiente, apelo a divulgarla sin dilación ni miramiento, urgiendo a propalarla, esparciéndola al resto cual si fuera yo una suerte de humilde heraldo con trompeta y jubón abuñolado.

Las referidas brotan semanariamente en mi muro cada lunes a manera de arregosto, de piscolabis, de obsequio, de recordatorio y con un ánimo puntual por atraerlas con el indubitable clamor por su existencia. Úsense, incorpórense al habla cotidiana, recupérense, conózcanse, actualícense, retómense. Estoy cierto de que muchas palabras no las utilizamos por simple desconocimiento o porque las extraviamos, empero no nos resultan ajenas ni extrañas. Identificarlas puede ser una casualidad y un grato hallazgo; retenerlas, todo un reto. Un plus. Ergo, acopiarlas, repescarlas es tarea sencilla y aprovecharlas es un deleite recreando el esparcimiento que nutre una loable afición en pro de servirse de una inagotable veta proveedora de un regaliz fecundo, inacabable por inabarcable. Y como el idioma está vivo, promete aportes, tanto como edifica pronunciar la expresión idónea para el caso específico requerido, acostumbrándose uno a exigírselo y a reclamarlo de los demás, demandándolo sea cual fuere la vía o circunstancia por la cual las conociéramos y la oportunidad de replicarlas. Y eso es un arponeo apto, sano, provechoso para todos. Cabal. Va uno aquilatando expresiones de su alforja.

En semejante infatigable labor recopiladora a lo largo de un decenio, acaso habré repetido alguna dicción, inopinadamente. Es probable que haya sucedido el despiste, si bien intento que no pase. Para ello, procuro añadir vocablos nuevos que se me van presentando y que ameritan cundirse, que se aprecien y se propaguen distribuyéndose entre los hablantes. Prima la premura de noticiarlos y la premisa de que sean conocidos cuanto antes. Es un modo certero a guisa de alcanzar que ampliemos nuestro repertorio, rebuscando entre los entresijos de la lengua, mientras nos concienciamos acerca de cuánto hemos dejado perderse por apatía, inadvertencia o reprobable negligencia. El lenguaje no es evanescente, inasible, sino una vigorosa y rebosante fuente brotante de matices para abrevar en ella.

Y ¿sabe? algo he ganado al causar desencadenarse una curiosísima cascada de acciones centrífugas sumamente elocuentes y dignas de relatarse. Amén de la espera por su aparición, al transcurrir la semana el citado apartado se vigoriza con sugerencias, alertas y contribuciones de seguidores. Por tan feliz asistencia, gustoso considero las reputadas al lunes más próximo. A veces las leo, anotándolas, o para retenerlas patrocinándolas en la subsiguiente enumeración y que se vulgaricen. También ha generado consultas respecto al uso correcto de tal o cual, sugiriendo un determinado empleo adecuado. La respuesta extendida pretende modestamente ser acertiva y pertinente. No ceja el ánimo descubridor, el agrado de saberlas, por las inesperadas acepciones o modismos insospechados que, a granel o a cuentagotas, aguardan develarse, recordándonos que a veces son dianas movibles, siendo la lengua un ente vivo, cambiante. Tal recolección estimula el sentimiento aliñado de cierto embeleso, gozoso, advirtiendo que no hay palabras domingueras. Hay palabras y punto. Las que salpimientan nuestro desconocimiento.

Cuando un vocablo se manifiesta, no debe perderse ni escapársenos. El que caiga en nuestras manos, que se quede y que se use. Es la mejor alternativa para que perdure su vigencia y de contribuir al enriquecimiento de nuestro acervo. Y con esta perseverante relatoría también abono a despertar dudas, a propiciar indagatorias y aunque se abunde en determinadas palabras, en la misma tesitura detecto que además de volcarse en los diccionarios para atestiguar o compenetrarse de cierta enunciada entendiendo su sentido, la gente responde aderezando su alcance con mensajes enriquecedores. No ha faltado quien adiciona mudables ignotas u otras posibilidades al vocablo remitido. Agregaré que tal ejercicio septenario predispone que contactos no hispanohablantes descubran y acrecienten voces nuevas. Cual si esto fuera una clase de silabario, reburujan en su lengua el equivalente o la distinta, anunciándolo. ¿No es sensacional? ¡Por supuesto que sí! Ajuara el esfuerzo y lo agradezco. Todos podemos contribuir a diseminar las bondades y mercedes de la lengua común. Tantas voces nombran a tanto y tantas aún faltan por ser o adoptarse. Es fascinante y jamás resulta estólido. Únase a esta empresa.

Por eso, desestimo el desafortunado dicho de Javier Marías al significarse recién con atropello, denunciando al español de América, acusándolo de alardear alguna vez de que era mejor que el de España y que, de serlo, no lo es más. Jamás he oído algo así en América. Me sorprende su dicho. A diferencia de, yo no delego ni exalto desde América, sí denuncio torceduras del idioma de todos (por si los anglicismos le preocupan) y de todas partes y ¡ojo! de todas partes; y me apunto a ocuparme en vez de preocuparme y más, evitando el desatino que él sí evidenció.

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