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TRIBUNA

Esas cosas raras que ocurren en Madrid

martes 30 de noviembre de 2021, 19:46h

En estos días cunde por el mentidero de la capital un nuevo motivo de honda preocupación. Se acaba de inaugurar a duras penas una sección de la obra de Plaza de España (una gran parte está todavía por rematar) y ya se han lanzado todos los “opinionistas” esforzados a dar su parecer. No sólo eso; esta mañana, miércoles 24 de noviembre, me he pasado para ver lo que han abierto y resulta que debían de haber concedido vacaciones a todos los madrileños, porque todos estaban allí. Se sacaban fotografías, miraban y requetemiraban, tomaban notas para sus tweets, discutían la razón de una cuesta, de un carril de bici sin pintar… El mayor congreso de urbanistas que ha visto el país. Por supuesto, desde el lunes las redes sociales reventaban en chistes, denuestos y gracejas; en todas las páginas alguien, sin poderlo resistir, incontinente sumo, se sumó al descomunal coro de psicofantes. ¡Qué madrileñada más grande!

Dos fuerzas políticas compiten por el mérito de la fechoría: la alcaldía actual por inaugurarla; Más Madrid por iniciarla con la exalcadesa Carmena al frente. De forma harto curiosa dos bandos contrarios se enorgullecen de una obra que a los madrileños parece que sólo les causa pesadumbre, aunque realmente la presunta avería fuera concebida, como muchas otras que han visto últimamente la luz y otras que la verán, por un fantasioso que se imaginó faraón de Madrid y que soñó convertir la ciudad en un paseo interminable. Alberto Ruiz Gallardón, se sigue llamando.

Los memes y los tweets no han tenido desperdicio. Nos han ofrecido uno de esos grandes momentos de bizarrismo madrileño que uno no se querría perder por nada del mundo. Unos ponían fotos del proyecto inicial que se votó (¿pero han visto alguna vez una obra que se parezca en algo al proyecto inicial, aunque sólo fuere la del baño de su casa?); otros se duelen de la pérdida de la melena selvática de la jungla que se nos avecinaba, porque a muchos les gustaría que Madrid fuera una prolongación del pueblo que dejaron, y que se pudieran pescar truchas en el Manzanares y recoger lechugas en la puerta de casa. Y es sin duda chocante que cuando llegas a los pueblos de estos nostálgicos no quede en pie ni un cardo, porque no he visto nadie que deteste tanto el verde como un ser de crudo poblachón. Otros se quejan de la falta de árboles, y de que son pequeños, porque no comprenden que los árboles recién plantados suelen ser pequeños, pero crecerán. Los problemas de haber estudiado la ESO. Algunos aducen que hay demasiado espacio de piedra (de hormigón, lo llaman, pero es piedra), porque el fascismo odia la naturaleza; si fuera al revés, si no hubiera más que parterres, sostendrían que no hay espacio para reunirse porque el fascismo odia la reunión del pueblo soberano. Una adicta al ciclismo le comentaba muy preocupada a un obrero atentísimo que no habían pintado señales en el carril-bici y que por esa razón la gente lo invadía, sin reparar mientes en la figura del obrero junto a sus compañeros, que estaban allí precisamente porque la obra no se ha terminado y no se ha pintado todavía nada. Pero a ella allí la tenías, impasible el ademán. Lo mismo hasta se lo sopla al espabilao de Errejón. Unos han criticado la ausencia del charco que dejaba la estatua de Cervantes a una distancia sideral. Muchos no entienden por qué tanto columpio para los niños, ¡con lo feos que son!, dicen, mientras vigilan a su nieto que se columpia. Otros no ven bancos, sin reparar en que los pretiles de las enormes jardineras constituyen quizás el banco más largo de la ciudad. Alguno incluso abomina del chiringuito de diseny, aunque estoy seguro de que serán los primeros que se peleen por ocupar una mesa en cuanto que se abra. En fin, una hora a la escucha y un día entero tronchándome de risa ante tamaña demostración de bobería. De madrileña bobería.

La Plaza de España era un lugar infecto. Un espacio inhabitable e intransitable. Concebida como espacio casi cerrado, como plaza enclaustrada, sólo servía para salir corriendo de allí, o para no entrar nunca. Además, la comunicación con el espacio del entorno era prácticamente nula. Nadie tomaba la plaza para ir a ningún sitio. Bordeábamos por fuera. Reacia a los niños y a los amantes (los auténticos ocupantes de las plazas) culminaba la fechoría con un pasadizo hacia la zona de oriente que se llenó de gente sin hogar y que alejó de allí cualquier rastro de gente con hogar. En definitiva, la plaza era un desastre en el purito centro de la ciudad. Lo que han dejado, por el momento, es un espacio abierto que comunica por todos los medios disponibles a pata o a rueda con el templo de Debod y el parque del West, por una parte; por otra, con Sabatini y el palacio de Oriente, la cuesta de San Vicente y el jardín del Campo del Moro, sin dificultades (se han habilitado ascensores para los que no aguanten las escaleras). En su cabecera, se abre completamente a la Gran Vía y Princesa. Además, no se ven los coches; todo el tráfico pasa por un obrón de túneles bajo el terreno, desde Ferraz hasta Mayor, y desde Gran Vía a las cuestas. Los obstáculos y las barreras que dificultaban los movimientos se han evitado creando rampas en los múltiples desniveles de un terreno que constituye terraplén ininterrumpido desde la plaza de Santo Domingo, y que siempre ha planteado un reto urbanístico. Tras la reciente apertura de los tres hotelazos que rodean la plaza, con sus señoriales restaurantes y terrazas, el espectáculo está servido. Los niños podrán ir al parque de su barrio a jugar (¡por fin!), los árboles crecerán y a su sombra los enamorados se entregarán a los arrumacos sentados muy juntitos mientras consultan Instagram. Los ciclistas pasarán por el carril con pinturas que muestren muy a las claras que ese espacio les pertenece y que por eso pueden ir atropellando gente con total impunidad, como en Ámsterdam. La plaza no habrá quedado superlativa y tendrá muchos defectos, pero estoy viendo que pasaré ratos en ella, porque al fin y al cabo me la han puesto así para mí sólo, que trabajo a dos minutos, en casi mi barrio y donde he echado una buena parte de la existencia.

Y lo mejor, lo mejor, que ha pasado, es que la ciudad está vivita y coleando, que preocupa y mueve a su población, que está muy bien que en la inauguración se hayan lanzado tantas personas a la plaza, porque el fenómeno demuestra que sienten que la ciudad es suya y que tienen derecho a verla, a pasearla y a criticarla. Y por tales razones esto que pasa en Madrid, y no en otras ciudades más muertas que Tutankamon, es asunto de albricias y parabién, y por eso hay que estar orgulloso de vivir en esta ciudad, tan cercana al cielo. Y a quien le pique, que se arrasque. O se mude a Parla.

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