Democracia y riqueza
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 19 de septiembre de 2008, 21:59h
Los atenienses del siglo de Pericles consideraban que aunque la democracia no borra las diferencias sociales y económicas, sin embrago, las absorbía en la esfera política. Hoy en España, por el contrario, es en gran parte la esfera política la que decide enriquecer a unos y empobrecer a otros. Muchas de nuestras diferencias sociales y económicas ya no tienen nada que ver con una vieja raigambre del patrimonio familiar o el esfuerzo y la inteligencia y suerte particulares, sino que son el resultado de la distancia que tienen los distintos ciudadanos con el gran aparato del Estado, el gran dispensador de prebendas, privilegios, contratos u olvidos. Es una democracia patas arriba. Nuestra suerte socioeconómica depende ya exclusivamente de que tengamos la gracia o no del Estado, del mismo modo que el destino de los antiguos vasallos dependía por entero de tener o no la gracia y favor de su Rey. Y con los mismos medios con que se alcanzaba la gracia del Rey entonces, se consigue ahora la gracia del Estado. Al Rey, además de ofrecerle nuestro amor a la patria en valerosas hazañas bélicas, se le regalaba desde dinero y joyas, hasta las hijas o la mujer de uno para alcanzar su gracia. Hoy a los partidos que gestionan el Estado y que son la imagen misma del Estado, Estado y Partidos in unitate neque substantiam separantes, se les presta vasallaje con la cuota del 3% y una inconmovible fe lacayuna en lo ideológicamente correcto. A cambio el Estado te premiará y te cobijará con su gracia prevaricadora.
En la sociedad civil ya no se ventila el destino social de cada uno, característica de las sociedades libres, sino en el campo político. Las virtudes del hombre – aquellas “cardinales” que ya enumerase Aristóteles y algunas otras que la Historia de la Humanidad ha ido prefigurando – ya no explican los triunfos sociales y económicos del individuo, sino el grado de abyección y envilecimiento que el ciudadano puede alcanzar a mayor gloria de esta partitocracia zapateril coronada. De la conducta reglada por el catecismo religioso a la que lo está por el catecismo político. Una vez más, el hombre sin catecismo no tiene futuro. Y si me obligan a elegir entre el viejo y el nuevo, el viejo era infinitamente menos dañino, y posiblemente beneficioso.
Estoy seguro que este análisis es extremado y estará trufado de pesimismo, que muchos ricos influyentes sostienen con el poder político una relación de educación y dignidad, sin corromper ni corromperse, pero es también un hecho la gran cantidad de riquezas que algunos han atesorado gracias a su cercanía al poder político y a sus cambalaches con los partidos. Y esto ya parece una tendencia y un comportamiento creciente que puede mostrar el camino a otro. No vivimos la libertad política más que aproximadamente (“praeter propter” ).
Por otro lado, en una crisis como la que ya estamos viviendo – “una crisis del copón”, como ha sentenciado un admirado alcalde socialista –, la existencia de un Estado sectario, clasificador de la sociedad civil en “los nuestros” y “los otros”, no es la mejor posición institucional ni la mejor situación social para afrontarla; una situación que debería ser de unidad, de unicidad democrática, de todos a una para arrimar el hombro. De patriotismo también. De huída de la inútil mediocridad, por incensadora y flabelífera que sea del Poder Político.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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