www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El rescate del universo mudo

lunes 06 de diciembre de 2021, 19:46h

Se ha dado en llamar pintura metafísica a un movimiento artístico de principios del siglo XX, dedicado a explorar la vida interior del subconsciente respecto a los objetos cotidianos o domésticos. La realidad ilógica pero verosímil de unos sueños pintados. Fue fundado por Giorgio de Chirico. Participaron en él, entre otros, el futurista Carlo Carrà y Giorgio Morandi, uno de los artistas italianos más importantes del siglo pasado.

Pintor y grabador, Morandi buscó un camino personal y se entregó a los primores de lo vulgar, a analizar la realidad callada de espacios, volúmenes y lugares familiares, estructurándolos desde su propia perspectiva. Así llegaría a ser interpretado como ‘director artístico de naturalezas muertas’. Sus humildes bodegones, expuestos fuera de su función, revelan otra consistencia de las cosas e inspiran una extraña intensidad vital. De este modo, al acabar por reconocer lo que no merecía nuestra atención, obtienen un insólito protagonismo que deja huella, el que nos permite apreciar una belleza de ninguna manera esperada. El ojo experto que mira a un rostro y busca dar con la marca de sus sentimientos reales.

Leo que Federico Fellini le homenajeó en La Dolce Vita, con algunas de sus pinturas, pero no las tengo ahora presentes. Nada es más abstracto que el mundo visible, mientras resuena la festiva música de Nino Rota. Giorgio Morandi logró convencer a sus padres para que le dejaran estudiar en la Academia de Bellas Artes de Bolonia; tenía 19 años cuando murió su padre. Y allí llegó a ser durante un cuarto de siglo catedrático de grabado. Siempre instalado en su casa familiar de la boloñesa vía Fondazza, con sus hermanas y su madre, se afanó en captar “las cosas que nunca en su interior fueron conscientes de su ser”. Son palabras del profesor de la Universidad de Roma Luigi Magnani, quien, buen admirador y amigo suyo, escribió un libro donde reflexionó sobre su obra: ‘Mi Morandi’ (Elba).

En la Villa dei Capolavori, a pocos kilómetros de la ciudad de Parma, Magnani (coleccionista de obras de Tiziano, Tiepolo, Rubens y Van Dyck, Cézanne, Monet y Renoir, entre otros) estableció en 1977 la Fundación Magnani-Rocca, abierta al público desde 1990. De ella ha dicho Stefano Raffi que contiene: “un museo del alma y de las almas”, donde las pinturas de los grandes maestros, desde Durero hasta Goya, “dignas de los museos más importantes del mundo, junto con un mobiliario antiguo y raro, hablan de sí mismas y de la vida de quienes las reunieron y custodiaron en dialéctica formal”.

En cualquier arte el asunto es saber ver y ser conscientes de que “lo incomprensible no deja por ello de ser”. Magnani mostraba su respeto y admiración por Morandi, moderado y firme en la liberalidad, con voluntad de expresar lo inexpresable, sin turbarse ante el misterio, con la disciplina del silencio y la discreción, nada en exceso. “Rico de esa pobreza que alivia el ánimo de toda preocupación”.

Perdido en la soledad del ‘universo mudo’, Morandi tenía entre sus guías espirituales a Pascal y a Leopardi. Y seguía a Goethe en su idea de entender la geometría como órgano que hace posible hacerse con los secretos de la naturaleza.

Magnani ha recogido en este volumen las cartas que Morandi le dirigió durante veinte años, desde 1942 hasta su muerte en 1964. Nada de particular ofrecen, son parcas y estrictamente domésticas. En 1950 le hacía saber a Magnani el gran duelo que había golpeado a su familia: “La vida de nuestra madre se apagó el 18 del corriente. Puede imaginarse nuestro estado de ánimo. No le digo más, querido Magnani”. Siete años después, le comunica estar muy cansado, que no puede más, que “no aspiro a nada más que a un poco de paz necesaria, indispensable a mi trabajo”. Al año siguiente, a su habitual cortesía agrega alguna satisfacción: “No tengo palabras para expresarle la alegría de recibir la bellísima miniatura lombarda. La guardaré como oro en paño”. Pero siempre expresaba angustia. Así, en una de sus últimas cartas le confiesa: “Me siento muy muy cansado. Espero poder recuperarme en la montaña. Los años son cada vez más. Dentro de unos días serán sesenta y nueve. Pronto escalaré los setenta”.

Para Magnani, su serenidad de palabra procedía de la pureza de su mente. Lo veía libre de las cosas mundanas y aludía a la admiración que guardaba hacia san Francisco de Asís y sus Florecillas, por ser alguien que nada quería poseer de propio para poder poseerlo todo.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (7)    No(0)

+

0 comentarios