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TRIBUNA

Sin unidad y sinceramiento no hay salida posible

miércoles 08 de diciembre de 2021, 19:33h

Todo muy arduo y complicado para esta Argentina pos pandemia que como en cada rincón del planeta nos tuvo a mal traer y aún no ha pasado. En lo económico la situación es casi insostenible y la incapacidad del gobierno para desarrollar un plan parece remota, solo se dan manotazos de ahogados. Mientras tanto, altísima inflación, crédito casi imposible, tarifas que necesitan niveles más realistas, una multitud de tipos de cambio e imparable caída real del PBI; todo lo cual, da como resultado un incremento del desempleo y una preocupante decadencia de la calidad de vida.

La mayoría de los analistas coinciden en que el origen de nuestro problema no es económico, sino esencialmente político. Es probable que tengan razón. De todas maneras la economía está devastada, por no decir en ruinas. No se cumplen las reglas establecidas ni se tiene visión de futuro y esto tiene un costo muy alto desde luego. Hace décadas que venimos destruyendo las instituciones a fuerza de no respetarlas; esto incluye a los poderes de turno y a nuestra Constitución, la cual poco o nada es tenida en cuenta y, menos todavía, respetada. En gran número de casos hemos encontrado el camino para eludirla o directamente no cumplirla. Para sentar bases históricas nos podemos ubicar en el golpe de Estado de 1930, que (me acabo de enterar releyendo un libro del siempre recordado Víctor Massuh), fue declarado constitucional por la Corte Suprema a los tres días de tener lugar el cuatelazo; eso sí, teniendo en cuenta, que había ocurrido un sábado. Desde aquel momento hasta ahora, las cosas que se han hecho en nombre de la Constitución vienen superando cualquier pronóstico pesimista y asombrando al más pintado.

Podemos decir, con cierta benevolencia y sin temor a equivocarnos, que el nuestro es un problema moral –y ético, por supuesto-, pues no cumplimos ni las propias normas que nosotros mismos nos impusimos y, lo que es peor aún, con la idea de que violándolas podemos obtener una ventaja egoísta sobre el resto de nuestros oponentes, si es posible en el corto plazo; sin considerar que al fin perdemos todo en el largo plazo. Asunto que parece no interesar a los políticos de turno, que viven a los arañazos por una porción de poder. Nunca más apropiada aquella expresión de décadas pasadas, donde para mantenernos neutrales en la Segunda Gran Guerra, exclamábamos muy sueltos de cuerpo: “¡Yo, argentino!”, que es más o menos lo mismo que exclamar “¡Sálvese quien pueda!”, sin tener en cuenta en que hay niños y mujeres que tienen prioridad. Los dirigentes, los que pretenden ser paradigmas, son mucho más responsables que la ciudadanía que vive dominada y engañada por gran parte de estos oportunistas, especialistas en señalar causas falsas de los problemas reales para cubrirse ellos mismos de sus imperdonables trampas y de sus propias complicidades.

Las consecuencias para la desamparada gente, ya lo venimos comprobando, son nefastas. Hoy, sin alejarnos más, tenemos un nivel de pobreza que ronda el 40 por ciento y más del 50 por ciento de la economía manejada en negro, debido a las cargas sociales, que son tan altas que se tornan impagables para cualquier pequeño empresario. Cifras aterradoras sin tenemos en cuenta que al inicio de la democracia, allá por los años 80’, el espantoso flagelo de la pobreza se ubicaba en alrededor del 5 por ciento de la población.

¿Cuáles son las razones de este verdadero desastre? ¿Por qué ahora esto ya alcanza la indigencia y, sin eufemismos, es miseria pura en esta Argentina con capacidad para alimentar a 400 millones de seres humanos? Muy sencillo y no le demos demasiada vuelta de hoja para buscar disculpas; simplemente porque el ahorro no se ha coagulado en inversiones reproductivas y por lo tanto no están hechas las fábricas que podrían ocupar formalmente a los 5 o 10 millones de trabajadores informales y a los 2 millones y medio de desocupados que hoy registramos.

Nuestras condiciones institucionales se pueden observar con claridad si observamos el nivel del riesgo país y mostrando una simple ecuación. En 1918, los bonos soberanos argentinos a 5 años tenían, lo que se llama en los mercados de valores, una calificación “A”, que equivale a “grado inversión” (según Moody´s), similar a los de Noruega y Suiza. Ahora, en este convulsivo 2021, casi 100 años después, tenemos una calificación “grado especulativo”, similar a la de Nicaragua y El Salvador, Haití o Jamaica. Estar en este nivel quiere decir que nos hemos convertido en imprevisibles y nada confiables (y eso que salimos del pozo del 2002, que ya es remoto; aunque debiera ser aleccionador), momento en que teníamos una calificación aún peor que nos ubicaba en el llamado “default selectivo”. Sin mencionar el nivel de riesgo país que en la fecha alcanza casi los 2 mil puntos básicos, cuando nuestros vecinos los uruguayos, por citar un ejemplo, apenas superan 200 puntos, lo cual muestra la falta de calidad de las instituciones y la orfandad de competitividad profesional de nuestros dirigentes políticos. Todo, definitivamente imperdonable bajo cualquier punto de vista.

Para establecer lo que vale una Constitución y las demás instituciones de un país, es imprescindible considerar el capital natural; vale decir, el capital producido y el capital institucional o intangible. Para hacerlo comparable entre los diferentes niveles de las repúblicas, los economistas lo consideran “per cápita”; o sea, dividiendo el monto del capital de cada categoría por la población total de cada Estado. Podemos apreciar entonces que en capital natural la Argentina es un país que lo tiene todo, aunque parece no tener nada; y cuando decimos lo tiene todo, nos referimos a la energía, al agua potable, a los ríos navegables, a la cruza de razas y a los cuatro climas que nos bendicen. En lo que hace al capital producido “per cápita”, estamos por debajo del promedio internacional dado que una buena parte de nuestro ahorro lo tenemos invertido todavía -y en negro que es lo peor- en el exterior.

¿Dónde está entonces nuestra gran falla? En el olímpico desconocimiento del capital institucional o intangible que es entre 10 y 15 veces menor que el de muchos de los países, y nada menos que 7 veces menor que el promedio mundial. Esta convulsiva realidad es una consecuencia del cortoplacismo como método de gobierno y de las continuas violaciones de nuestras instituciones (de la Constitución Nacional, sobre todo, y de las Leyes establecidas por ella; al que suman la desvalorización del valor de la moneda nacional, que ha caído tan bajo que ya no tiene ni comparación y es absolutamente desconocido en el mundo), de los contratos y de la falta de cumplimiento de las sentencias judiciales. Verbigracia, aquí, entre nosotros ningún ladrón de alta gama va preso; al tiempo que puede eludir presentarse ante una corte de justicia para rendir cuentas de sus fechorías y, lo que es más grave, ser absuelto de antemano (como carnada se tira a los leones algún que otro pobre infeliz o “perejil”, como se dice en la jerga delictiva).

Recordemos en este sentido la inflación o la hiperinflación, que tiene culpables, y las que podemos agregar como maxidevaluaciones, los default de las deudas públicas, la expropiación de todos los depósitos bancarios y su reemplazo por un bono estatal a 10 años (1990 y 2002), el famosísimo y estremecedor “Rodrigazo”, la pesificación diferencial y tantas otras medidas que han dañado la confianza en el país.

La falta de cumplimiento de la Constitución afecta también el valor de todas las empresas que producen bajo este generoso y raudo cielo. Estas valen solo la mitad o menos de lo que valen, por ejemplo, en Brasil o en Chile, para un mismo nivel de facturación en dólares, con una misma cantidad de empleados y con idéntica tecnología y las correspondientes ganancia en moneda fuerte. Al día de hoy se estima que de las casi 1 millón de empresas (grandes, medianas y chicas) que tenemos en la Argentina no se superan los 3 mil millones de dólares, pero podrían valer el doble solo si estuvieran físicamente en Brasil, en Australia o en Canadá (teniendo en cuenta, además, que en el Brasil la economía no anda del todo bien; aunque, sin duda, bastante mejor que la nuestra, que trepa a una inflación del 50 por ciento anual) y el cuádruple, o sea más de 12 mil millones de dólares que si estuviera en el sudeste asiático o en cualquier rincón de los Estados Unidos.

Algo anda mal, muy mal. Es tremenda esta comprobación de la gran destrucción de valor generada por los malos (digámoslo sin eufemismos: pésimos y espantosos) gobiernos que lo único que han logrado es producir esta ridícula confrontación, que llamamos grieta y nos enfrenta como tirios contra troyanos con una corrupción mediante a la que nadie pone freno; sin duda porque son todos cómplices y culpables. Tampoco se ha visto una reacción empresarial o sindical acorde, salvo excepciones, a esta enorme pérdida económica que nos involucra y tiene a nuestro país desde hace rato al borde del precipicio.

De cara al futuro, podemos afirmar que tenemos muchas posibilidades en materia agrícola ya que la Argentina podría aumentar más de un 50 por ciento su producción, según datos del GPS (Grupo de Países del Sur). Pero es otro hábito político mantener un conflicto permanente con el campo; sobre todo con los productores, no con los agro-exportadores, que son otra cosa. Lo mismo sucede con la carne bovina, cuya demanda está creciendo explosivamente en China y en otros países asiáticos; sin mencionar a la carne vacuna, que se la mantiene estancada con límites absurdos de cara a la exportación.

Pero además de disponer de alimentos como para exportar en forma masiva, también tenemos -como ya señalamos- abundante energía. Disponemos de la segunda reserva mundial de Shale Gas y de la cuarta de shale oil, lo que nos ubica dentro de los países más prometedores para el futuro (aunque aquí, en esta esquilmada patria, podemos decir con la poeta mejicana Sor Juan Inés de la Cruz, que “el futuro es solamente para Dios”; en este caso muy lejano a los argentinos, al bienestar de los argentinos). Esta posibilidad solo es probable que se haga realidad si podemos explotar estos recursos naturales para lo cual debemos cambiar y respetar nuestros principios constitucionales y los contratos ya asumidos; esto es con deudas contraídas incluidas, que se deben pagar para no quedarnos afuera del contexto internacional.

Ahora bien, a pesar de que la deuda exterior (sin contar la interior que exhibe datos que aterran) contraída por la Argentina, que es discutible, hay que pagarle al Fondo Monetario, al Club de París y a otros deudores privados. De eso, creo que pocos tienen dudas. Salen muy caros los default; pero acaso, como sucedió en 2001, cuando cambiamos cinco presidentes en una semana) nuestros legisladores festejen con un aplauso cerrado la negación a respetar los compromisos acordados; la frivolidad es tan grande que puede alcanzar hasta lo menos imaginable. Todo esto sin tener en cuenta la distracción de una dirigencia que maneja el país y por ende el destino de los argentinos, cobrando sin inmutarse jubilaciones de privilegios que superan cómodamente los 10 mil dólares mensuales, mientras un jubilado común, que somos la mayoría, apenas llegamos a los escasos y miserables 150 dólares.

Es triste, pero no puede haber país en estas condiciones de desigualdad. Por nuestro bien, debemos erradicar estas prácticas para siempre. El complicado asunto es ¿cómo y, sobre todo, qué hacer para superar lo naturalizado? Un territorio como el nuestro, con abundancia de alimentos y de energía, que además tiene muchos recursos mineros y un gran mar continental que hasta ahora no hemos aprovechado y un grupo de pícaros aprovecha para parcelarlo y cobrar para pescar en él, es un país con muy buenas perspectivas, que podría aspirar a ser una potencia. Por supuesto, tenemos que cambiar nuestro capital institucional y evaluar lo que vale un país tocado por la mano de Dios, aunque parece gobernado por el demonio.

El futuro de la Argentina depende de nosotros mismos y en gran medida de un reemplazo de los dirigentes que envueltos en la bandera de “la defensa del pueblo”, se han apropiado del país para su propio beneficio desde hace más de 70 años. Lo han dominado y atrasado con respecto a todos los países de la tierra. Aunque tarde, es la hora de un cambio profundo en la Argentina. No es posible seguir con los cantos de sirena, con las incumplidas y falsas promesas, con las consabidas artimañas y vivezas criollas de agotados políticos (y no solo de los políticos, ya que la farra también incluye a gremialistas y empresarios). Para poder avanzar es necesario hacer un mea culpa y lograr un principio de unidad. Con grietas profundas seguiremos cayendo, quizá, como decía Borges al referirse al espacio, infinitamente. Una Argentina ordenada, más libre, más auténtica quiere resurgir. Pero no lo puede hacer sola, necesita de sus hijos. Hay que poner manos a la obra y unirnos para lograr su reconstrucción. O refundación.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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